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– Saldrá de aquí -aseguró Peter-. Y pronto, además. No puede haber nada serio que lo retenga en el hospital.

– Ojalá fuera así -suspiró Negro Grande-. Pajarillo tiene muchos problemas.

– ¿Francis? -preguntó Peter, incrédulo-. Pero si es inofensivo. Cualquier idiota lo sabría. Es probable que ni siquiera debiera estar aquí.

Negro Chico sacudió la cabeza, como para indicar que Peter no veía lo que ellos veían, pero no dijo nada. Peter dirigió una mirada a la entrada principal del hospital, con su alta verja de hierro forjado y su muro de ladrillo. Pensó que, en la cárcel, la reclusión era siempre una cuestión de tiempo. El delito determinaba el encierro. Podían ser uno o dos años, veinte o treinta, pero siempre era una cantidad finita, incluso para quienes cumplían cadena perpetua porque se seguía midiendo en días, semanas y meses, y al final, inevitablemente, había una vista en la que se estudiaba la concesión de la libertad condicional. Eso no era así en un hospital psiquiátrico, porque allí algo mucho más esquivo y más difícil de controlar determinaba la estancia de uno.

Negro Grande pareció leerle el pensamiento, porque dijo con tristeza:

– Aunque consiga una vista de altas, le falta mucho para que le dejen salir de aquí.

– No tiene ningún sentido -insistió Peter-. Francis es listo y no le haría daño a una mosca…

– Sí-replicó Negro Chico-, pero todavía oye voces, incluso con la medicación, y el gran jefe no consigue que entienda por qué está aquí. Y al señor del Mal no le gusta nada, aunque no comprendo por qué. Todo eso implica que tu amigo se quedará aquí y que no le solicitarán ninguna vista. No como a algunos. Y, desde luego, no como a ti.

Peter fue a contestar pero cerró la boca. Siguieron andando en silencio y dejó que el calor del día lo reconfortara de las palabras con que los dos auxiliares lo habían dejado helado.

– Estáis equivocados -dijo por fin-. Saldrá y volverá a casa. Lo sé.

– Nadie lo quiere -aseguró Negro Grande.

– No como a ti -comentó Negro Chico-. Todo el mundo quiere echarte el guante. Acabarás en algún sitio, pero no será aquí.

– Ya -corroboró Peter con amargura-. De vuelta a la cárcel. Allí debo estar. Cumpliendo entre veinte años y cadena perpetua.

Negro Chico se encogió de hombros, dando a entender que Peter había logrado comprender algo.

Siguieron hacia el edificio Williams.

– Agacha la cabeza -ordenó Negro Chico cuando se acercaban a la entrada lateral del edificio.

Peter lo hizo y bajó los ojos, de modo que observaba el camino de tierra por donde caminaban. Le resultaba difícil, porque cada rayo de sol en la espalda le recordaba estar en otro sitio y cada caricia del viento cálido le sugería tiempos mejores. Siguió adelante mientras se decía que no servía de nada recordar lo que había sido y lo que era, sólo debía pensar en lo que se convertiría. Sabía que eso era difícil porque cada vez que miraba a Lucy veía una vida que podría haber sido suya, pero que lo había eludido, y pensaba, no por primera vez, que cada paso que daba sólo lo acercaba un poco más a un precipicio aterrador, donde se tambalearía y donde sólo lograría mantener un equilibrio muy precario, sujeto por unas delgadas cuerdas que se desgastarían con gran rapidez.

El hombre les sonrió sin comprender y no dijo nada.

– ¿Recuerda a la enfermera en prácticas a la que apodaban Rubita? -preguntó Lucy por segunda vez.

El hombre se balanceó en el asiento y gimió un poco. No era un ni un no, sólo un gemido de reconocimiento. Francis describió el sonido como un gemido debido a la ausencia de una palabra mejor, porque el hombre no parecía desconcertado, ni por la pregunta, ni por la silla ni por la fiscal sentada frente a él. Era un hombre enorme, ancho de espaldas, con el cabello corto y una expresión inocente. Un hilito de baba le corría por la comisura de los labios y se balanceaba a un ritmo que sólo sonaba en sus oídos.

– ¿Responderá alguna pregunta? -le espetó Lucy Jones con una nota de frustración.

El hombre guardó silencio, sólo se oía el leve crujido de la silla meciéndose adelante y atrás. Francis observó las manos del hombre, grandes y nudosas, casi tan curtidas como las de un viejo, lo que no era nada normal porque aquel hombre silencioso no parecía mucho mayor que él. Francis pensaba a veces que en el hospital las pautas corrientes del envejecimiento estaban algo alteradas. Los jóvenes parecían ancianos. Los ancianos parecían vejestorios. Hombres y mujeres que deberían estar llenos de vitalidad arrastraban los pies como si el peso de los años les dificultara cada paso, mientras quienes estaban casi al final de la vida tenían la simplicidad y las necesidades de un niño. Se miró las manos como para comprobar que seguían siendo más o menos congruentes con su edad. Luego volvió a contemplar las del hombre. Estaban unidas a unos brazos enormes y musculosos. Cada vena que le sobresalía indicaba una fuerza apenas contenida.

– ¿Pasa algo? -preguntó Lucy.

El hombre soltó otro de los gemidos guturales que Francis se había acostumbrado a oír en la sala de estar común. Era un ruido animal que expresaba algo simple, como hambre o sed, y carecía del tono que podría haber tenido si se basara en la rabia.

Evans alargó la mano y arrebató el expediente a Lucy Jones para ojearlo.

– No creo que interrogar a este individuo vaya a dar frutos -dijo con soberbia.

– ¿Y eso por qué? -Lucy, un poco enfadada, lo miró.

– Tiene un diagnóstico de retraso profundo -aclaró Evans a la vez que señalaba una página del expediente-. ¿No lo ha visto?

– Lo que he visto es un historial de actos violentos contra mujeres -respondió Lucy con frialdad-. Incluido un incidente en que lo sorprendieron a mitad de una agresión sexual a una niña pequeña, y un segundo caso en que golpeó a alguien que tuvo que ser hospitalizado.

Evans volvió a mirar el expediente.

– Sí, sí -asintió con rapidez-. Ya lo veo. Pero, a menudo, lo que se consigna en un expediente no es una relación exacta de los hechos. En el caso de este hombre, la niña era la hija de un vecino que había jugado con él de forma provocativa y que, sin duda, tiene sus propios problemas. Su familia prefirió no presentar cargos. Y el otro caso era su propia madre, a la que empujó en una riña originada en que él se negó a efectuar una tarea doméstica. La mujer se golpeó la cabeza contra el borde de una mesa y tuvo que ir al hospital. Fue un momento en que no fue consciente de su fuerza. Creo también que carece de la clase de inteligencia criminal que usted está buscando, porque, y corríjame si me equivoco, según su teoría, el asesino es un hombre bastante astuto.

Lucy recuperó la carpeta de manos de Evans y miró a Negro Grande.

– Ya puede devolverlo a su dormitorio -le dijo-. El señor Evans tiene razón.

El auxiliar tomó por el codo al hombre para ayudarlo a levantarse.

– Muchas gracias -dijo Lucy al paciente, que no pareció entender ni una palabra, aunque saludó con una mano y esbozó una sonrisa de oreja a oreja antes de marcharse diligentemente detrás de Negro Grande. Su sonrisa no flaqueó ni un instante.

– Vamos demasiado lento -suspiró Lucy, y se recostó en su silla.

– Siempre tuve mis dudas sobre su método -replicó Evans.

Francis notó que Lucy iba a decir algo y, entonces, oyó dos o tres voces que le gritaban a la vez: ¡Díselo! ¡Adelante, díselo! Así que se inclinó hacia delante y habló por primera vez desde hacía horas:

– No pasa nada, Lucy -aseguró despacio. Y añadió-: No se trata de eso.

Evans lo miró, molesto por su intervención, como si lo hubiera interrumpido.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó Lucy.

– No se trata de lo que los pacientes dicen -aclaró Francis-. En realidad, no tienen sentido las preguntas que puedas hacerles sobre la noche del asesinato, dónde estaban, si conocían a Rubita o si tienen un pasado violento. No importa lo que les preguntes sobre esa noche, ni sobre quiénes son. Eso no es lo importante. Digan lo que digan, oigan lo que oigan, respondan lo que respondan, no son las palabras lo que deberías escuchar.