Выбрать главу

Esa idea se reforzó al ver dos limusinas negras aparcadas frente al edificio de administración. Estaban tan limpias que podía verse reflejado en ellas.

– ¿Qué está pasando? -preguntó.

– Sólo me han dicho que te llevara de inmediato esposado. -El auxiliar sacudió la cabeza-. Así que sé tanto como tú.

– Es decir, nada -concluyó Peter, y el otro asintió.

Subió tambaleante las escaleras tras Negro Grande y se apresuró por el pasillo en dirección al despacho de Gulptilil. La señorita Deliciosa estaba esperando detrás de su mesa, y Peter observó que parecía incómoda y se había cubierto la habitual blusa ceñida con una rebeca holgada.

– Date prisa -dijo-. Te están esperando.

Las cadenas tintinearon mientras avanzaba con rapidez. Negro Grande le sostuvo la puerta abierta. Peter entró arrastrando los pies.

Tomapastillas, sentado tras su escritorio, se levantó al vuelo. Había, como de costumbre, una silla vacía delante de la mesa. Y tres hombres más en la habitación. Todos llevaban traje negro con alzacuello blanco. Peter no reconoció a dos de ellos, pero el rostro del tercero era conocido para cualquier católico de Boston. El cardenal estaba sentado a un lado del despacho, en un sofá situado a lo largo de la pared. Tenía las piernas cruzadas y parecía relajado. Uno de los otros sacerdotes estaba sentado a su lado y sujetaba un portafolios de piel marrón, un bloc y un gran bolígrafo negro con el que jugueteaba nervioso. El tercer sacerdote estaba detrás de la mesa de Gulptilil, en una silla situada junto a éste. Tenía un fajo de papeles delante de él.

– Gracias, señor Moses. Por favor, quite las sujeciones a Peter, si es tan amable.

El auxiliar tardó unos instantes en hacerlo. Después, retrocedió mirando al director médico, quien le hizo un gesto.

– Espere fuera hasta que lo llamemos, señor Moses. Estoy seguro de que no será necesaria ninguna segundad adicional durante esta reunión. -Dirigió la mirada a Peter y añadió-: Todos somos caballeros, ¿no?

Peter no respondió. No se sentía como un caballero en ese momento.

Sin decir palabra, Negro Grande se marchó. Gulptilil señaló la silla.

– Siéntate, Peter -ordenó-. Estos señores quieren hacerte algunas preguntas.

Peter asintió, se sentó pesadamente pero se deslizó hacia el borde de la silla, preparado. Trató de aparentar seguridad, pero sabía que eso era difícil. Sentía emociones encontradas, desde un odio ciego hasta curiosidad, y se advirtió que debía ser breve y directo al hablar.

– Reconozco al cardenal -afirmó Peter mirando al director médico-. He visto muchas veces su fotografía. Pero me temo que no conozco a los otros dos caballeros. ¿Tienen nombre?

– El padre Callahan es el asistente personal del cardenal -indicó Gulptilil, y señaló al hombre sentado junto al prelado. Era un hombre algo calvo, de mediana edad, con unas gafas gruesas y unos dedos regordetes que sostenían el bolígrafo mientras tamborileaba sobre el bloc. Asintió hacia Peter, aunque no se levantó para estrecharle la mano-. Y el otro caballero es el padre Grozdik, que quiere hacerte algunas preguntas.

Peter asintió. El sacerdote del apellido polaco era bastante más joven, de una edad parecida a la suya. Era delgado, atlético, de más de metro ochenta. Su traje negro parecía hecho a medida para ajustarse a una cintura estrecha y tenía un aspecto lánguido, felino. Llevaba el cabello castaño largo y peinado hacia atrás, y tenía unos penetrantes ojos azules que no se habían apartado de Peter desde que había entrado en la habitación. El tampoco se levantó, ni le ofreció la mano ni lo saludó de ningún modo, pero se inclinó hacia delante como un depredador.

– Supongo que el padre Grozdik también tiene algún cargo -dijo Peter, que lo miró a los ojos-. Tal vez le gustaría decirme cuál.

– Trabajo en la oficina jurídica de la archidiócesis -aclaró con una insulsa voz.

– Si las preguntas son de cariz legal, ¿no debería estar presente mi abogado? -sugirió Peter. Formuló la frase como una pregunta con la esperanza de deducir algo de la respuesta del sacerdote.

– Esperamos que acceda a reunirse con nosotros de modo informal -respondió éste.

– Eso dependerá, por supuesto, de lo que deseen saber -replicó Peter-. Sobre todo, porque veo que el padre Callahan ya ha empezado a tomar notas.

El sacerdote mayor dejó de escribir a medio trazo. Alzó los ojos hacia el sacerdote más joven, que asintió en su dirección. El cardenal se mantuvo inmóvil en el sofá observando a Peter con prudencia.

– ¿Se opone? -preguntó el padre Grozdik-. Tener constancia escrita de esta reunión podría ser importante más adelante. Tanto para su protección como para la nuestra. Y, si todo esto queda en nada, bueno, siempre podemos destruir el documento. Pero si se opone…

– Todavía no. Quizá después -dijo Peter.

– Bien. Entonces, podemos empezar.

– Adelante -soltó Peter con frialdad. El padre Grozdik consultó sus papeles y tardó en continuar. Peter se percató de que el hombre había recibido formación sobre técnicas de interrogatorio. Lo supo por su actitud paciente y reposada, que ordenaba las ideas antes de preguntar. Supuso que habría estado en el ejército e imaginó una sencilla sucesión: secundaria en el Saint Ignatius, estudios universitarios en el Boston College, instrucción en el cuerpo de oficiales en la reserva, un período de servicio en el extranjero con la policía militar, una vuelta a la facultad de Derecho del Boston College y más formación jesuita, seguido de un ascenso rápido en la archidiócesis. De joven, había conocido a unos cuantos como el padre Grozdik, que en virtud de su intelecto y su ambición eran importantes para la Iglesia. Lo único que estaba fuera de lugar era el apellido polaco y no irlandés, lo que le pareció interesante. Él era de origen católico irlandés, como el cardenal y su asistente, de modo que llevar a alguien de un origen étnico distinto indicaba algo. No sabía muy bien qué ventaja daba eso a los tres sacerdotes. Pronto lo averiguaría.

– Mire, Peter… -empezó el sacerdote-, ¿puedo llamarlo Peter? Me gustaría que la sesión fuera distendida.

– Por supuesto, padre -asintió Peter. Pensó que era inteligente. Todos los demás poseían la autoridad de un adulto y un estatus. Pero él, Peter, sólo tenía un nombre de pila. Había usado el mismo enfoque al interrogar a más de un pirómano.

– Muy bien, Peter -empezó de nuevo el sacerdote-. Está en el hospital para someterse a una evaluación psicológica ordenada por un juez antes de seguir con las acusaciones en su contra, ¿cierto?

– Sí. Intentan averiguar si estoy loco. Demasiado loco para ser juzgado.

– Eso es porque muchas personas que lo conocen creen que sus acciones son… ¿podríamos llamarlas «atípicas»? ¿Le parece una buena descripción?

– Un bombero que provoca un incendio. Un buen chico católico que reduce a cenizas una iglesia. Desde luego. Atípico me parece bien.

– ¿Y está loco, Peter?

– No. Pero eso es lo que la mayoría le dirá en el hospital si lo pregunta, así que no estoy seguro de que mi opinión cuente demasiado.

– ¿A qué conclusiones cree que ha llegado el personal hasta ahora?

– Yo diría que todavía están acumulando impresiones, padre, pero han llegado más o menos a la misma conclusión que yo. Lo expresarán de un modo más clínico, claro. Dirán que estoy lleno de conflictos no resueltos. Que soy neurótico. Compulsivo. Puede que incluso antisocial. Pero que era consciente de lo que hacía y sabía que estaba mal. Ése es más o menos el estándar legal, ¿verdad? Seguro que le enseñaron eso en la facultad de Derecho del Boston College.

Grozdik sonrió y se movió un poco en la silla.

– Muy hábil, Peter. ¿O acaso vio el anillo de la promoción? -Levantó la mano y mostró un gran anillo de oro que captó parte de la luz que entraba por la ventana.