Peter se dio cuenta de que el sacerdote se había situado de modo que el cardenal pudiera observar sus reacciones sin que él pudiera volverse para ver las del cardenal.
– Es curioso, ¿verdad, Peter? -dijo el padre Grozdik, cuya voz seguía siendo monótona y fría.
– ¿Curioso, padre?
– Tal vez curioso no sea la palabra adecuada. Puede que fuera mejor calificar este dilema de intelectualmente interesante. Existencial, casi. ¿Ha estudiado mucha psicología, Peter? ¿O filosofía, acaso?
– No. Estudié el asesinato. Cuando estaba en el ejército. Cómo matar y cómo evitar que te mataran. Y cuando volví a casa estudié el fuego. Cómo se apaga y cómo se provoca. Sorprendentemente, los dos tipos de estudio no me parecieron demasiado diferentes.
– Sí -asintió el padre Grozdik con una sonrisa-. Tengo entendido que lo llaman Peter el Bombero. No obstante, algunos aspectos de su situación transcienden las interpretaciones simples.
– Sí -respondió Peter-. Soy consciente de ello.
– ¿Piensa mucho en el mal, Peter?
– ¿En el mal, padre?
– Sí. La presencia en esta tierra de fuerzas que sólo pueden explicarse con el mal.
– Sí -asintió Peter tras vacilar-. He pasado mucho tiempo reflexionando sobre ello. No puedes haber viajado a los sitios donde yo he estado sin darte cuenta de que el mal ocupa un lugar en el mundo.
– La guerra y la destrucción. Sin duda son ámbitos en los que el mal tiene carta blanca. ¿Le interesa? ¿Intelectualmente, quizá?
Peter se encogió de hombros con indiferencia pero por dentro estaba reuniendo toda su capacidad de concentración. No sabía en qué dirección iba a orientar el sacerdote la conversación, pero no se fiaba.
– Dígame, Peter -prosiguió Grozdik tras dudar-, lo que ha hecho, ¿cree que está mal?
Peter esperó un momento antes de responder.
– ¿Me está pidiendo una confesión, padre? Me refiero a la clase de confesión que exige que antes se lean los derechos del acusado. No a la del confesionario, porque estoy seguro de que no hay padrenuestros ni avemarías suficientes, y tampoco acto de contrición alguno por mi parte, para obtener la absolución.
Grozdik no sonrió, ni pareció inquietarlo la respuesta de Peter. Era un hombre comedido, muy frío y directo, que contrastaba con el cariz indirecto de las preguntas que hacía. Peter lo consideró un hombre peligroso y un adversario difícil. El problema era que no sabía con certeza si era un adversario. Era muy probable. Pero eso no explicaba por qué estaba ahí.
– No, Peter -dijo el sacerdote cansinamente-. Ninguna de esas dos confesiones. Permítame que lo tranquilice sobre algo… -Habló de un modo que Peter sabía que servía para hacer lo contrario-. Nada de lo que diga hoy será usado en su contra ante un tribunal de justicia.
– ¿Ante otro tribunal, entonces? -replicó Peter con una pizca de ironía. El sacerdote no mordió el anzuelo.
– A todos nos juzgan al final.
– Eso está por ver, ¿no?
– Como todas las respuestas a los grandes misterios. Pero el mal, Peter…
– Muy bien, padre. Entonces la respuesta a su pregunta es que sí. Creo que mucho de lo que he hecho está mal. Si lo examina desde el punto de vista de la Iglesia, resulta bastante evidente. Por eso estoy aquí, y por eso iré pronto a la cárcel. Puede que lo que me queda de vida. O casi.
Grozdik pareció considerar esta afirmación.
– Pero sospecho que no me está diciendo la verdad -repuso-. Que, en el fondo, no cree que lo que hizo estuviera realmente mal. O tal vez cree que cuando provocó ese incendio pretendía usar un mal para eliminar otro. Puede que eso esté más cerca de la verdad.
Peter no quiso contestar. Dejó que el silencio envolviera la habitación.
– ¿Sería más exacto decir que cree que sus acciones estuvieron mal en un plano moral, pero bien en otro? -El sacerdote se había inclinado un poco hacia delante.
Peter notó que empezaban a sudarle las axilas y la nuca.
– No me apetece hablar sobre esto -dijo.
El sacerdote bajó la mirada y hojeó unos documentos hasta que encontró lo que buscaba, lo examinó y volvió a alzar los ojos hacia Peter.
– ¿Recuerda lo primero que dijo a la policía cuando llegaron a casa de su madre? -preguntó-. Y, podría añadir, lo encontraron sentado en un peldaño con la lata de gasolina y las cerillas en las manos.
– De hecho, usé un mechero.
– Por supuesto. Reconozco mi error. ¿Y qué les dijo?
– Parece tener el informe policial delante de usted.
– ¿Recuerda haber dicho «Con eso estamos en paz» antes de que le detuvieran?
– Sí.
– Tal vez podría explicármelo.
– Padre Grozdik -soltó Peter sin rodeos-, sospecho que no estaría aquí si no supiera ya la respuesta a esa pregunta.
El sacerdote miró de reojo al cardenal, pero Peter no pudo ver qué hizo éste. Supuso que algún leve movimiento con la mano o la cabeza. Fue sólo un breve instante, pero algo cambió.
– Sí, Peter. Por lo menos, eso creo. Dígame, ¿conocía al sacerdote que murió en el incendio?
– ¿Al padre Connolly? No. No lo había visto nunca. De hecho no sabía nada sobre él. Excepto un detalle destacado, por supuesto. Me temo que, desde que volví de Vietnam, mis idas a la iglesia eran, por decirlo de algún modo, limitadas. Ya sabe, padre, ves mucha crueldad, muchas muertes y mucha falta de sentido, y empiezas a preguntarte dónde está Dios. Es difícil no tener una crisis de fe, o como quiera llamarlo.
– Así que incendió una iglesia y, con ella, a un sacerdote…
– No sabía que él estaba ahí-aseguró Peter-. Y tampoco que había otros. Creí que la iglesia estaba vacía. Grité, llamé a algunas puertas. Supongo que fue mala suerte. Como digo, creí que estaba vacía.
– No lo estaba. Y, para serle franco, no acabo de creerlo en este punto. ¿Con qué fuerza llamó a las puertas? ¿Gritó muy alto sus advertencias? Un hombre murió y tres resultaron heridos.
– Sí. Y yo iré a la cárcel en cuanto finalice mi breve estancia en este hospital.
– Y afirma que no conocía al sacerdote…
– Había oído hablar de él.
– ¿Qué quiere decir?
– ¿Cuánto quiere saber, padre? Quizá no debería estar hablando conmigo, sino con mi sobrino. El monaguillo. Y puede que con algunos amigos suyos…
Grozdik levantó una mano para interrumpir a Peter.
– Hemos hablado con varios feligreses. Hemos recabado mucha información con posterioridad al incendio.
– Bueno, entonces ya sabe que las lágrimas que se derramaron por la desafortunada muerte del padre Connolly son bastante menos que las que han derramado, y todavía derramarán, mi sobrino y algunos de sus amigos.
– De modo que se encargó personalmente…
Peter sintió que lo invadía la rabia, una rabia familiar, olvidada, pero parecida a la que había sentido cuando oyó a su sobrino describir con voz temblorosa lo que le había pasado. Se inclinó hacia delante y dirigió una mirada dura a Grozdik.
– Nadie iba a hacer nada -explicó-. Yo lo sabía, padre, lo mismo que sé que la primavera sigue al invierno y el verano antecede al otoño. Con total certeza. Así que hice lo que hice porque nadie más haría nada. Seguro que usted no, y el cardenal tampoco. ¿Y la policía? Ni hablar. Se pregunta por el mal, padre. Bueno, pues ahora hay un poco menos de mal en el mundo porque yo provoqué ese incendio. Y puede que haya estado mal. Pero puede que no. Así que váyase a hacer puñetas, padre, porque me da igual. Cuando los médicos averigüen que no estoy loco, podrán enviarme a la cárcel y tirar la llave, y todo el mundo estará en paz. Un equilibrio perfecto, padre. Un hombre muere. El hombre que lo mata va a la cárcel. Que baje el telón. Todos los demás pueden seguir con sus vidas.
– Puede que no tenga que ir a la cárcel, Peter -indicó el padre Grozdik.
A menudo me he preguntado qué debió de pensar y sentir Peter al oír esas palabras. ¿Esperanza? ¿Euforia? ¿O quizá miedo? No me lo dijo, aunque aquella noche me comentó todos los detalles de la conversación con los tres religiosos. Creo que quiso dejar que yo lo imaginara, porque ése era el estilo de Peter. Si no sacabas las conclusiones tú mismo no valía la pena sacarlas. Así que, cuando se lo pregunté, sacudió la cabeza y dijo: «¿Tú qué crees, Pajarillo?»