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– ¿Y qué hago yo a cambio? -quiso saber tras reflexionar.

Grozdik se inclinó hacia delante otra vez. Peter tuvo la impresión de que el sacerdote sabía de antemano la respuesta a esa pregunta.

– Esperaríamos que no hiciera ni dijera nada que pudiese impedir la consecución de un proyecto maravilloso y tan entusiasta -explicó Grozdik, despacio y con voz baja y clara.

Su primera reacción fue de rabia. Sentía una mezcla de hielo y fuego en su interior. La furia fundida con la frialdad. Hizo un esfuerzo por controlarse.

– ¿Me está diciendo que ha hablado de esto con mi familia? -preguntó.

– ¿Cree que su presencia aquí no les causa una gran angustia, al recordarles momentos tan difíciles? ¿No cree que sería mejor que Peter el Bombero empezara de nuevo lejos de aquí? ¿No cree que les debe la oportunidad de seguir adelante con sus vidas y de dejar que los acosen los terribles recuerdos de hechos tan espantosos?

Peter no respondió.

– Puede tener una vida mejor, Peter -dijo el padre Grozdik, y cogió los papeles que tenía sobre la mesa-. Pero necesitamos que acepte. Y pronto, porque esta oferta no será válida demasiado tiempo. En muchos sitios, muchas personas han hecho sacrificios importantes y han llegado a acuerdos difíciles para conseguir esta oferta, Peter.

Peter tenía la garganta seca. Cuando habló, las palabras parecieron rasparle los labios.

– Pronto, dice. ¿Se refiere a minutos? ¿A días? ¿A una semana, un mes, un año?

– Nos gustaría que empezara a recibir el tratamiento adecuado en los próximos días -sonrió Grozdik-. ¿Para qué prolongar lo que obstaculiza su bienestar emocional? Tendrá que comunicar su decisión al doctor Gulptilil, Peter. -Se levantó-. No le pediremos que la tome ahora mismo. Estoy seguro de que tendrá que pensárselo. Pero es una buena oferta, muy ventajosa en sus actuales circunstancias.

Peter también se puso de pie. Dirigió una mirada al doctor Gulptilil. El rollizo médico indio había guardado silencio a lo largo de toda la conversación.

– Peter -dijo por fin, señalando la puerta-, pide al señor Moses que te acompañe de vuelta a Amherst. Quizá pueda hacerlo sin las sujeciones esta vez. -Cuando Peter dio el primer paso, añadió-: Cuando tomes la que, por supuesto, es la única decisión posible, di al señor Evans que quieres hablar conmigo. Prepararemos el papeleo necesario para tu traslado.

El padre Grozdik pareció ponerse algo tenso y se acercó al médico.

– Tal vez sería mejor que Peter tratara esta cuestión sólo con usted -comentó-. En particular, creo que el señor Evans, su colega, no debería estar involucrado en ningún sentido.

Tomapastillas miró con curiosidad al sacerdote, que se explicó.

– Su hermano resultó herido al entrar en la iglesia para intentar, en vano, rescatar al padre Connolly. Actualmente sigue recibiendo un tratamiento de larga duración y bastante doloroso para las quemaduras sufridas esa trágica noche. Me temo que su colega podría guardar cierta animadversión hacia Peter.

Peter vaciló, pensó una, dos, tal vez doce respuestas, pero no pronunció ninguna. Asintió hacia el cardenal, que le devolvió el gesto, aunque sin sonreír y con una expresión que sugería que estaba caminando por el borde de un profundo precipicio.

El pasillo de la planta baja del edificio Amherst estaba abarrotado de pacientes. De él se elevaba el rumor de la gente que hablaba entre sí o consigo misma. Sólo cuando ocurría algo inusual, la gente se callaba o pronunciaba palabras inteligibles. Francis pensó que cualquier cambio era siempre peligroso. Ese pensamiento implicaba que se estaba acostumbrando a la vida en el Western. Y no quería que fuese así. Se dijo que una persona cuerda debía adaptarse al cambio y agradecer la originalidad. Se prometió que aceptaría todas las cosas diferentes que pudiera, que combatiría la dependencia de la rutina. Sus voces asintieron a coro en su interior, como si ellas también vieran los peligros de convertirse en una cara más del pasillo.

Pero mientras reflexionaba de este modo, se produjo un silencio repentino. El ruido se desvaneció de golpe, como una ola que se alejara de la playa. Francis levantó los ojos y comprendió el motivo: Negro Chico acompañaba a tres hombres por el centro del pasillo hacia el dormitorio de la planta baja. Francis reconoció al hombretón retrasado, que cargaba sin problemas con un arcón y llevaba un muñeco bajo la axila. Tenía una contusión en la frente y un labio algo hinchado, pero esbozaba una sonrisa torcida que dirigía a todos los que lo miraban. Mientras seguía al auxiliar, gruñía a modo de saludo.

El segundo hombre era menudo y bastante mayor, con gafas y un cabello blanco, fino y ralo. Parecía andar ligero, como un bailarín, y Francis observó que iba haciendo piruetas, como si todo fuese parte de un ballet. El tercer hombre era fornido, entre la juventud y la mediana edad, ancho de espaldas, pelo oscuro y párpados caídos. Avanzaba con dificultad, como si le costara seguir el ritmo del hombre retrasado y el bailarín. Francis pensó que era un cato, o algo parecido. Pero cuando lo miró mejor, notó que los ojos negros del hombre se movían con disimulo de un lado a otro para examinar a los pacientes que se apartaban para dejarles paso. Francis lo vio entrecerrar los ojos, como si lo que veía lo disgustara, y torcer la boca. Francis se percató de que era alguien a quien convenía evitar. Llevaba una caja de cartón marrón con sus escasas pertenencias.

Lucy salió del despacho y observó cómo el grupo se dirigía hacia el dormitorio. Captó el leve gesto de Negro Chico, dándole a entender que la alteración que ella había incitado había dado resultado. Una alteración que había requerido el traslado de varios hombres de un dormitorio a otro.

Lucy se acercó a Francis.

– Pajarillo -le susurró-, acompáñalos y asegúrate de que nuestro hombre se ínstale en una cama donde Peter y tú podáis vigilarlo.

Francis asintió, sin mencionar que el retrasado no era el que deberían vigilar. Se apartó de la pared y se marchó por el pasillo, que volvía a estar lleno de murmullos y voces apagadas.

Cleo, cerca del puesto de enfermería, se fijó en cada uno de los hombres cuando pasaban ante ella. Luego, con ceño y una mano señalando a los tres pacientes que se alejaban por el pasillo, les espetó:

– ¡No sois bienvenidos! ¡Ninguno de los tres!

Pero ninguno de los hombres se giró, cambió el paso o dio muestras de haber oído o comprendido lo que Cleo había dicho.

Ésta carraspeó con fuerza e hizo un gesto de desdén con la mano. Francis pasó veloz junto a ella para intentar seguir el ritmo rápido de Negro Chico.

Cuando entró en el dormitorio, el hombre retrasado estaba situado en la antigua cama de Larguirucho, mientras que a los otros dos se les habían asignado camas cercanas a la pared. Negro Chico los supervisó mientras guardaban sus pertenencias, luego les enseñó el lavabo, el póster con las normas del hospital, que Francis supuso iguales a las del dormitorio del que procedían, y les informó de que la cena se serviría en unos minutos. A continuación, se encogió de hombros y se marchó, no sin detenerse junto a Francis.

– Di a la señorita Jones que hubo una buena pelea en Williams -le dijo-. El hombre al que ella cabreó fue directo hacia este grandullón. Fueron necesarios un par de auxiliares para separarlo; los otros dos también se vieron involucrados. El otro cabrón estará un par de días en una celda de observación. Es probable que también lo inyecten para tranquilizarlo. Dile que salió como había planeado, salvo que en Williams todo el mundo está alterado y que puede que lleve un par de días que las cosas se calmen.

Dicho esto, Negro Chico cruzó la puerta y lo dejó solo con los tres nuevos.

Francis vio cómo el retrasado se sentaba en el borde de la cama y abrazaba al muñeco. Empezó a balancearse atrás y adelante, con una media sonrisa en los labios, como si estuviera valorando su nuevo entorno. Bailarín hizo un pequeño giro y se acercó a la ventana para contemplar lo que quedaba de tarde.

Pero el tercer hombre, el fornido, miró a Francis y pareció ponerse tenso. Lo señaló de modo acusador y cruzó el dormitorio con rapidez, esquivando las camas.