El hombre soltó un grito gutural y Francis procuró apartar la cabeza pero, en ese segundo, todo cambió. Una fuerza como un potente viento los sacudió a ambos y se formó un lío frenético de puños, golpes y gritos. Francis se desplazó hacia un lado, consciente de que ya no tenía el peso de su atacante sobre el pecho y que estaba libre. Rodó por el suelo y gateó hacia la pared, desde donde vio que el hombre fornido y Peter estaban enzarzados en un cuerpo a cuerpo. Peter lo rodeaba con las piernas y había conseguido sujetarle una muñeca con la mano. Sus palabras se habían convertido en una cacofonía de gritos, y rodaron juntos por el suelo. La cara de Peter reflejaba una feroz rabia mientras retorcía el brazo del hombre. Y, en el mismo instante, otro par de mísiles cruzó de repente la visión de Francis: los hermanos Moses se precipitaban a la refriega. Se produjo un momentáneo coro de gritos hasta que Negro Grande logró agarrar el otro brazo del hombre fornido a la vez que le cruzaba la tráquea con un grueso antebrazo y lo retenía mientras Negro Chico separaba a Peter a empellones.
El hombre fornido soltaba palabrotas y epítetos medio asfixiándose y lanzando salpicaduras de baba.
– ¡Negrazas de mierda! ¡Soltadme! ¡Yo no he hecho nada!
Peter resbaló hasta el suelo y quedó con la espalda apoyada contra un sofá y las piernas extendidas. Negro Chico lo soltó y se reunió con su hermano. Ambos dominaron con pericia al hombre, quien, con las manos a la espalda, pataleó un momento antes de rendirse.
– ¡Sujétenlo fuerte! -oyó Francis procedente de un lado. Evans blandía una jeringa hipodérmica en la puerta-. ¡No lo suelten! -insistió mientras tomaba un poco de algodón impregnado de alcohol y se acercaba a los dos auxiliares y al hombre histérico, que volvió a retorcerse y forcejear.
– ¡Iros a la mierda! -gritó colérico-. ¡Iros a la mierda! ¡Iros a la mierda!
El señor del Mal le limpió un trocito de piel y le clavó la aguja en el brazo con un único movimiento que denotaba mucha práctica.
– ¡Iros a la mierda! -bramó el hombre de nuevo, por última vez.
El sedante causó efecto con rapidez. Francis no estaba seguro de cuántos minutos, porque la adrenalina y el miedo le habían hecho perder la noción del tiempo. Pero en unos momentos el hombre se relajó. Entornó los ojos y una especie de inconsciencia fue apoderándose de él. Los hermanos Moses también se relajaron, lo soltaron y se levantaron dejándolo en el suelo.
– Traed una camilla para transportarlo a aislamiento -indicó el señor del Mal-. En un minuto, estará fuera de combate.
El hombre gruñó, se retorció y movió los pies como un perro que soñara que corría. Evans sacudió la cabeza.
– Menudo desastre. -Alzó los ojos y vio a Peter en el suelo, recobrando el aliento y frotándose la mano, que tenía la marca roja de un mordisco-. Tú también -ordenó con frialdad.
– ¿Yo también qué?
– Asilamiento. Veinticuatro horas.
– ¿Qué? Yo no hice nada salvo separar a ese cabrón de Pajarillo.
Negro Chico había vuelto con una camilla plegable y una enfermera. Sujetó al hombre y empezó a ponerle una camisa de fuerza. Mientras lo hacía, dirigió una mirada hacia Peter y sacudió la cabeza.
– ¿Qué tenía que hacer? ¿Dejar que ese tío diera una paliza a Pajarillo?
– Aislamiento. Veinticuatro horas -repitió Evans.
– No voy a… -empezó Peter.
– ¿Qué? ¿Me desobedeces? -Evans arqueó las cejas.
– No. Sólo protesto -aclaró Peter tras inspirar hondo.
– Ya conoces las normas sobre las peleas.
– Él estaba peleando. Yo sólo intentaba sujetarlo.
Evans se acercó a Peter y meneó la cabeza.
– Una distinción exquisita. Aislamiento. Veinticuatro horas. ¿Quieres ir por las buenas o por las malas? -Levantó la jeringa. Francis supo que quería que Peter tomara la decisión incorrecta.
Peter controló su rabia a duras penas y apretó los dientes.
– Muy bien-dijo-. Lo que usted diga. Aislamiento. Vamos allá.
Se puso de pie con dificultad y siguió diligentemente a Negro Grande, quien había cargado al hombre fornido en la camilla con la ayuda de su hermano y se lo llevaban de la sala de estar.
Evans se volvió hacia Francis.
– Tienes un cardenal en la mejilla -comentó-. Pídele a una enfermera que te cure.
Y se marchó sin mirar siquiera a Lucy, que se había situado en la puerta y en ese instante dirigió a Francis una mirada inquisitiva.
Esa noche, en su reducida habitación de la residencia de enfermeras en prácticas, Lucy estaba sentada a oscuras tratando de analizar los progresos de su investigación. El sueño le era esquivo, y se había incorporado en la cama, con la espalda apoyada contra la pared, mirando al frente e intentado distinguir formas familiares en la penumbra. Sus ojos se adaptaron despacio a la ausencia de luz pero, pasado un momento, pudo distinguir las siluetas del escritorio, la cómoda, la mesilla de noche y la lámpara. Siguió concentrándose y reconoció las prendas que había dejado al azar en la silla cuando se había desvestido para acostarse.
Pensó que era un reflejo de lo que le estaba pasando. Había cosas conocidas que aun así permanecían ocultas en la oscuridad del hospital. Tenía que encontrar un modo de iluminar las pruebas y los sospechosos. Pero no se le ocurría cómo.
Echó la cabeza atrás y pensó que había embrollado mucho las cosas. Al mismo tiempo, a pesar de no tener nada concreto, estaba convencida de que se hallaba peligrosamente cerca de alcanzar su meta.
Trató de imaginar al hombre que estaba buscando, pero, como las formas de la habitación, se mantuvo indefinido y esquivo. Pensó que el mundo del hospital no se prestaba a suposiciones fáciles. Recordó decenas de momentos, sentada frente a un sospechoso en una sala de interrogatorios de una comisaría o, después, en una sala de justicia, en que había observado todos los detalles, las arrugas de las manos, la mirada escurridiza, la forma en que ladeaba la cabeza, para obtener el retrato de alguien caracterizado por la culpa y el crimen. Cuando estaban sentados frente a ella siempre resultaban muy evidentes. Los hombres que interrogaba tras la detención y durante el juicio lucían la verdad de sus acciones como un traje barato: de modo inconfundible.
Mientras seguía absorta en la oscuridad, se dijo que tenía que pensar de una forma más creativa. Más indirecta. Más sutil. En el mundo de donde procedía, tenía pocas dudas cuando se encontraba frente a frente con su presa. Este mundo era todo lo contrario. Sólo había dudas. Y, con un escalofrío que no se debía a la ventana abierta, se preguntó si habría estado ya frente a frente con el asesino. Pero aquí, él formaba parte del contexto.
Se tocó la cicatriz con una mano. El hombre que la había atacado era el tópico del anonimato. Llevaba un pasamontañas, de modo que sólo le vio los ojos oscuros, guantes de cuero negro, vaqueros y parka corriente, de las que pueden comprarse en cualquier tienda de excursionismo. Calzaba unas zapatillas de deporte Nike. Las pocas palabras que dijo fueron guturales, bruscas, pensadas para ocultar cualquier acento. En realidad, no le había hecho falta decir nada. Dejó que el reluciente cuchillo que le había rajado la cara hablara por él.
Eso era algo en lo que Lucy había pensado mucho. Posteriormente se había concentrado en ese detalle, porque le revelaba algo de un modo extraño, y la había llevado a preguntarse si el objetivo del criminal no habría sido tanto violarla como desfigurarle la cara.
Se echó hacia atrás y golpeó la pared con la cabeza un par de veces, como si los discretos golpes pudiesen liberar alguna idea en su mente. A veces se preguntaba por qué había cambiado tanto su vida desde que la habían agredido en las escaleras de aquella residencia. ¿Cuánto tiempo había sido? ¿Tres minutos? ¿Cinco minutos de principio a fin, desde la primera sensación aterradora, cuando la había agarrado, hasta el sonido de sus pasos al alejarse?
Pero a partir de ese momento todo había cambiado.
Se tocó los bordes de la cicatriz con los dedos. Con el paso de los años habían retrocedido para casi fundirse con su cutis.
Se preguntó si volvería a amar alguna vez. Lo dudaba.