La sensación en la mejilla era fría. Una presión gélida. No se movió.
– ¿Sabes qué es, Francis?
– Un cuchillo -susurró.
Se produjo una pausa antes de que la voz prosiguiera:
– ¿Sabes algo de este cuchillo, Francis?
Asintió pero no entendió realmente la pregunta.
– ¿Qué sabes, Francis?
El joven tragó con fuerza. Tenía la garganta seca. La hoja le seguía presionando la cara y él no se atrevía a moverse. Mantuvo los ojos cerrados pero intentó hacerse una idea del hombre situado junto a él.
– Sé que está afilado -dijo con voz débil.
– ¿Pero cuánto?
Francis no logró responder porque su garganta se había resecado por completo. Así que soltó un leve gemido.
– Permite que responda mi propia pregunta -prosiguió el ángel, que seguía hablando en susurros que retumbaban en el interior de Francis con más fuerza que gritos-. Está muy pero que muy afilado. Como una navaja, así que si te mueves, aunque sea un poquito, te cortarás. Y también es fuerte, Francis, lo bastante para atravesar la piel, el músculo y el hueso. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? Porque ya conoces algunos de los sitios donde ha estado este cuchillo, ¿no?
– Sí.
– ¿Crees que Rubita supo de verdad qué significaba este cuchillo cuando se le hundió en el cuello?
Francis no supo a qué se refería, así que guardó silencio.
Se oyó una risita suave.
– Piensa en esta pregunta, Francis. Quiero que me contestes.
Francis cerró los ojos con fuerza. Por un instante, esperó que la voz fuera sólo una pesadilla y que eso no le estuviera pasando de verdad pero, mientras lo deseaba, la presión de la hoja sobre su mejilla pareció aumentar. En un mundo lleno de alucinaciones, era afilada y real.
– No lo sé -soltó por fin.
– No estás usando la imaginación, Francis. Y es lo único que tenemos, ¿recuerdas? Imaginación. Puede arrastrarnos de maneras extrañas y terribles, conducirnos en direcciones horrendas y criminales, pero es lo único que aquí poseemos de verdad, ¿no?
Francis pensó que era cierto. Habría asentido, pero tuvo miedo de que cualquier movimiento le marcase la cara para siempre con una cicatriz como la de Lucy, así que se quedó lo más rígido que pudo, sin apenas respirar, conteniendo unos músculos que querían reaccionar al terror.
– Sí-susurró sin apenas mover los labios.
– ¿Puedes entender cuánta imaginación tengo, Francis?
Una vez más, las palabras que trató de articular no salieron de su garganta.
– ¿Qué supo Rubita, Francis? ¿Percibió sólo el dolor? ¿O acaso algo más profundo, mucho más aterrador? ¿Relacionó la sensación del cuchillo que se le hundía en la carne con la sangre que le manaba? ¿Fue capaz de valorarlo todo y darse cuenta de que se le estaba escapando la vida de un modo tan patético por culpa de su propia indefensión?
– No lo sé…
– ¿Y tú, Francis? ¿Notas lo cerca que estás de la muerte?
Francis no pudo contestar. Tras sus párpados, sólo veía una cortina roja de terror.
– ¿Notas cómo tu vida pende de un hilo, Francis?
Sabía que no tenía que responder esa pregunta.
– ¿Comprendes que puedo acabar con tu vida en este instante, Francis?
– Sí -afirmó Francis, aunque no supo de dónde sacó fuerzas para hacerlo.
– ¿Te das cuenta de que puedo acabar con tu vida en diez segundos? ¿O en treinta segundos? O tal vez me esperaré todo un minuto, según lo que quiera saborear el momento. O tal vez no vaya a ser esta noche. Tal vez mañana se ajuste mejor a mis planes. O la semana que viene. O el año que viene. Cuando yo quiera, Francis. Estás aquí, en esta cama, todas las noches, y nunca sabrás cuándo puedo volver. O tal vez debería hacerlo ahora y ahorrarme problemas…
El canto del cuchillo giró y el filo le tocó la piel brevemente.
– Tu vida me pertenece -prosiguió el ángel-. Te la puedo quitar cuando me plazca.
– ¿Qué quieres? -preguntó Francis, y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras el miedo se apoderaba por fin de él, haciéndolo temblar de terror.
– ¿Que qué quiero? -El hombre rió siseante, sin dejar de susurrar-. Tengo lo que quiero por esta noche, y estoy más cerca de conseguir todo lo que quiero. Mucho más cerca.
El ángel acercó la cara, de modo que los labios de ambos quedaron a pocos centímetros, como amantes.
– Estoy cerca de todo lo que me importa, Francis. Tan cerca que soy como una sombra que os pisa los talones. Soy como una fragancia que se te pega y que sólo un perro percibe. Soy como la respuesta a una adivinanza demasiado complicada para la gente como tú.
– ¿Qué quieres que haga? -suplicó Francis, como si anhelara alguna clase de tarea o trabajo que lo liberase de aquella presencia maligna.
– Nada, Francis. Salvo que recuerdes esta pequeña charla cuando te dediques a lo tuyo -respondió el ángel. Y, tras una breve pausa, prosiguió-: Cuenta hasta diez antes de abrir los ojos. Recuerda lo que te dije. Y, por cierto -parecía alegre y terrible a la vez-, he dejado un regalito para tu amigo el Bombero y para esa puta de la fiscal.
– ¿Qué?
El ángel acercó más la cara a Francis, que notó su aliento.
– Un mensaje -indicó el ángel-. A veces está en lo que me llevo. Pero esta vez está en lo que dejo.
Dicho esto, la presión en la mejilla desapareció de golpe y Francis notó que el hombre se alejaba. Siguió conteniendo al aliento y contó despacio del uno al diez antes de abrir los ojos.
Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la oscuridad. Cuando lo hicieron, levantó la cabeza y se volvió hacia la puerta. Por un instante, el ángel se destacó brillante, casi luminiscente. Estaba girado de cara hacia Francis, pero éste no pudo captar ninguno de sus rasgos excepto un par de ojos abrasadores y un aura blanca que lo rodeaba sobrenaturalmente. Entonces, la visión desapareció, la puerta se cerró con un golpe apagado y, a continuación, se oyó la llave al girar, lo que para Francis fue como si se cerrara la puerta a toda esperanza y posibilidad. Se estremeció. Le temblaba todo el cuerpo como si se hubiera sumergido en unas aguas gélidas. Se quedó en la cama, sumido en el terror y la ansiedad que habían arraigado en él y que parecían propagarse por todo su cuerpo como una infección. Se preguntó si podría moverse cuando la luz de la mañana inundara el dormitorio. Sus voces interiores estaban calladas, como si ellas también temieran que Francis, situado de repente al borde de un precipicio de terror, fuera a resbalar y caer para siempre.
Se quedó quieto, sin dormir, sin moverse, toda la noche.
Respiraba con espasmos breves y superficiales. Y los dedos le temblaban.
No hizo nada salvo escuchar los sonidos que lo rodeaban y los latidos de su corazón. Al llegar la mañana, no estuvo seguro de poder mover las extremidades, ni siquiera de poder desviar la mirada del punto donde estaba clavada, en el techo del dormitorio, aunque sólo veía el temor que lo había visitado en la cama. Las emociones se le agolpaban en la cabeza y se atropellaban sin orden ni concierto, deslizándose a toda velocidad, desenfrenadas, fuera de control. Ya no estaba seguro de poder refrenarlas y dominarlas, y pensó que, de hecho, tal vez había muerto esa noche, que el ángel lo había degollado como a Rubita y que todo lo que pensaba, oía y veía era sólo un sueño, algún ensueño que ocupaba los últimos segundos de su vida, que el mundo que lo rodeaba estaba a oscuras y la noche se seguía cerniendo sobre él, y que su sangre abandonaba su cuerpo con cada latido de su corazón.
– Arriba, holgazanes -oyó en la puerta-. Hora de levantarse. El desayuno os espera. -Era Negro Grande, que despertaba a los ocupantes del dormitorio del modo acostumbrado.
Los hombres empezaron a quejarse mientras se despertaban de los sueños turbulentos y pesadillas que los atormentaban, sin ser conscientes de que una pesadilla real, viva, había estado entre ellos.
Francis permaneció rígido, como pegado a la cama. Sus extremidades se negaban a obedecerlo.
Varios hombres lo miraron al pasar a trompicones por su lado.
– Venga, Francis, vamos a desayunar -oyó a Napoleón, cuya voz se desvaneció cuando vio la expresión de Francis-. ¿Francis? -No contestó-. Pajarillo, ¿estás bien?