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Una vez más forcejeó interiormente. Sus voces habían empezado a hablar. Le suplicaban, lo apremiaban, le insistían una y otra vez: ¡Levántate, Francis! ¡Vamos, Francis! ¡Arriba! ¡Pon los pies en el suelo y levántate! ¡Por favor, Francis, levántate!

No sabía si tendría la fuerza suficiente. No sabía si volvería a tenerla alguna vez.

– ¿Pajarillo? ¿Qué pasa? -La voz de Napoleón sonó más agitada, casi lastimera.

No respondió. Siguió mirando el techo, cada vez más convencido de que se estaba muriendo. O quizá ya lo estaba, y cada palabra que oía formaba parte de las últimas resonancias de la vida que acompañaban los postreros latidos de su corazón.

– ¡Señor Moses! ¡Venga! ¡Necesitamos ayuda!-Napoleón parecía al borde de las lágrimas.

Francis se sintió tironeado en dos direcciones opuestas. Una fuerza interior parecía empujarlo hacia abajo y otra insistía en que se levantase.

Negro Grande se situó a su lado. Francis lo oyó ordenar a los demás pacientes que salieran al pasillo. Se inclinó hacia Francis para mirarlo a los ojos.

– Vamos, Francis. Levántate, maldita sea. ¿Qué tienes?

– Ayúdele -rogó Napoleón.

– Lo estoy intentando. Dime, Francis, ¿qué pasa? -Dio una palmada con fuerza delante de la cara del joven para obtener alguna reacción. Luego lo cogió por un hombro y lo sacudió, pero él siguió rígido en la cama.

Francis creía que ya no le quedaban palabras. Dudaba de su capacidad de hablar. Las cosas se estaban congelando en su interior, como el hielo que se forma en una laguna.

Las voces, confusas, redoblaron sus órdenes para instarle a reaccionar.

Lo único que superó el miedo de Francis fue la idea de que, si no se movía, seguro que se moriría. Que la pesadilla se volvería realidad. Era como si ambas cosas se hubieran fundido entre sí. Lo mismo que el día y la noche ya no eran diferentes, tampoco lo eran el sueño y la vigilia. Se tambaleó de nuevo, al borde de la conciencia. Una parte de él le instaba a aislarse de todo, a retroceder y encontrar la seguridad negándose a vivir, mientras que otra parte le suplicaba que se alejara de los cantos de sirena del mundo vacío y mortal que lo atraía.

¡No te mueras, Francis!

Al principio, creyó que era una de sus voces que le hablaba. Luego, se dio cuenta de que era él mismo.

Así que reunió hasta el último ápice de fuerza para pronunciar con voz ronca unas palabras, algo que un instante antes había temido no poder volver a hacer nunca.

– Estuvo aquí… -musitó, como el último suspiro de un agonizante, sólo que, contradictoriamente, el sonido de su voz pareció vigorizarlo.

– ¿Quién? -preguntó Negro Grande.

– El ángel. Habló conmigo.

El auxiliar dio un respingo.

– ¿Te hizo daño?

– No. Sí. No estoy seguro. -Cada palabra parecía fortalecerlo. Se sentía como un hombre a quien la fiebre baja de repente.

– ¿Puedes levantarte? -quiso saber Negro Grande.

– Lo intentaré -respondió Francis.

Apoyado en Negro Grande y con Napoleón delante con los brazos extendidos como para impedir cualquier caída, Francis se incorporó y puso los pies en el suelo. Se sintió mareado un segundo y por fin se levantó.

– Muy bien -susurró Negro Grande-. Te has llevado un buen susto, ¿eh?

Francis no contestó. Era obvio.

– ¿Estarás bien, Pajarillo?

– Eso espero.

– Será mejor que guardemos el secreto, ¿vale? Habla con la señorita Jones y con Peter cuando salga de aislamiento.

Francis asintió tembloroso. El corpulento auxiliar intuía lo cerca que había estado de no poder salir de esa cama nunca más. O de caer en los agujeros negros de los catatónicos, encerrados en un mundo que sólo existía para ellos. Dio un paso vacilante, y otro. Notó que la sangre le recorría el cuerpo y que el riesgo de sumirse en una locura peor que la que ya tenía se disipaba. Los músculos y el corazón le funcionaban bien. Sus voces interiores vitorearon y luego se callaron, como si disfrutaran de todos sus movimientos. Exhaló despacio, como un hombre al que acaba de golpear una piedra, y por fin, logró esbozar su sonrisa habitual.

– Ya estoy bien -dijo a Napoleón, sin soltarse aún del antebrazo de Negro Grande para conservar el equilibrio-. Creo que me iría bien comer algo.

El auxiliar asintió, pero Napoleón vaciló.

– ¿Quién es ése? -preguntó.

Francis y Negro Grande se volvieron y vieron a un hombre que no había logrado levantarse. Había pasado inadvertido debido a la atención que Francis había concentrado. Yacía inmóviclass="underline" un bulto contrahecho en una cama de metal.

– Qué coño… -exclamó el auxiliar, irritado.

Francis vio quién era.

– Oye -lo llamó Negro Grande, pero no obtuvo respuesta.

Francis inspiró hondo y cruzó el dormitorio hasta llegar junto al hombre.

Era Bailarín, el hombre mayor que habían trasladado a Amherst el día antes. El compañero de litera del retrasado mental.

Francis observó sus extremidades rígidas. Ya nunca volvería a moverse con gracia y elegancia al compás de una música que sólo él oía.

Su rostro estaba tenso y pálido, como si lo hubieran maquillado para salir a escena. Tenía los ojos muy abiertos, y también la boca. Parecía sorprendido, incluso impresionado, o tal vez aterrado ante la muerte que había ido a buscarlo esa noche.

24

Peter el Bombero estaba sentado en la posición del loto en el camastro de la celda de aislamiento, como un joven e impaciente Buda esperando ansioso la iluminación. La noche anterior había dormido poco, aunque el acolchado de las paredes y el techo había amortiguado la mayoría de los sonidos de la unidad, salvo los esporádicos gritos agudos o los improperios coléricos que procedían de las otras celdas de aislamiento. Esos alaridos aleatorios eran para él como los ruidos animales que resonaban en la selva al anochecer; no seguían ningún propósito ni lógica evidente salvo para quien los emitía. A mitad de la larga noche, Peter se preguntó si los gritos que oía eran reales o eran sonidos del pasado que correspondían a pacientes que llevaban largo tiempo muertos y, como ondas de radiofaro lanzadas al espacio, estaban destinados a resonar eternamente en medio de la penumbra, sin cesar nunca y sin encontrar nunca su lugar. Se sintió angustiado.

A medida que la luz del día se filtraba vacilante en la celda a través de la ventanita de observación de la puerta, Peter reflexionó sobre el apuro en que estaba. No tenía duda de que la oferta del cardenal era sincera, aunque quizás ésa no fuera la palabra correcta, porque la sinceridad no parecía tener relación con aquella situación. La oferta se limitaba a exigirle que desapareciera, que se esfumara para iniciar una nueva existencia. Su memoria era el único sitio donde su hogar, su familia y su pasado seguirían vivos. Una vez que hubiera aceptado la oferta no habría vuelta atrás. La archidiócesis de Boston borraría todo lo ocurrido y lo sustituiría por una iglesia nueva y reluciente con unas agujas refulgentes que se elevarían hacia el cielo. En su propia familia, se constituiría en el hermano muerto en extrañas circunstancias o en el tío que se marcha para no volver nunca. A medida que pasaran los años, su familia acabaría creyendo el mito que la Iglesia contribuyera a crear, y su identidad se desintegraría.

Valoró sus alternativas: una cárcel de máxima seguridad con celdas de castigo y palizas, probablemente durante gran parte del resto de su vida, porque la considerable influencia de la archidiócesis, que en ese momento estaba presionando a la fiscalía para que le permitieran desaparecer en Oregon, cambiaría radicalmente si él rechazaba el plan. Sabía que no habría más tratos.

Peter se imaginó las puertas de la cárcel y el resoplido de los cerrojos hidráulicos al cerrarse. Eso le hizo sonreír, porque pensó en ello de modo muy parecido a como su amigo Pajarillo tenía sus alucinaciones, sólo que ésta era sólo suya.

Recordó cómo el pobre Larguirucho, lleno de miedo y delirio al ver que su reducida vida en el hospital se terminaba, se había vuelto hacia él y Francis para suplicarles que lo ayudaran. Deseó que Lucy hubiera oído esos gritos. Le parecía que toda su vida la gente le había gritado pidiendo ayuda y que cada vez que había intentado acudir a su llamada, por muy buenas que hubieran sido sus intenciones, siempre había salido algo mal.