Pero entre las oleadas de miedo y tristeza que sentía, Francis percibió algo más: una yuxtaposición de hechos que le despertaban una sospecha inquietante.
Llegó una camilla para llevarse el cadáver. Gulptilil y el señor del Mal supervisaron el procedimiento. Lucy meneó la cabeza al observar cómo se eliminaba con displicencia lo que ella consideraba la escena de un posible crimen.
Gulptilil se giró para seguir al cadáver y miró a Francis.
– Ah, señor Petrel -dijo-. Me preguntaba si podríamos tener pronto otra sesión.
Francis asintió, porque no sabía qué otra cosa hacer. Pero entonces, en un arranque que dejó boquiabierto al director médico, levantó los brazos y empezó a girar despacio, moviéndose con la gracia de Bailarín.
– Señor Petrel, ¿está usted bien? -preguntó Gulptilil a la vez que intentaba detenerlo.
Y a Francis, que se limitó a alejarse bailando, le pareció una pregunta de lo más idiota.
En la sesión en grupo de ese día, la conversación se desvió hacia el programa espacial. Noticiero llevaba varios días anunciando titulares, pero había una incredulidad generalizada entre los pacientes del Western respecto a la verdad de los paseos lunares. Cleo, con una risita nerviosa, se había mostrado desafiante y había hablado de encubrimientos del gobierno y de peligros desconocidos de otro mundo, para ponerse taciturna y guardar silencio al cabo de un instante. Sus cambios de humor parecían evidentes a todo el mundo menos al señor del Mal, que ignoraba la mayoría de los signos externos de la locura cuando aparecían. Era su enfoque habitual. Le gustaba escuchar y anotar, y más tarde el paciente, cuando hacía cola para la medicación de la noche, descubría que le habían modificado la dosis. Eso producía un efecto opresivo en las sesiones, porque todos los pacientes consideraban que la medicación diana era la amarra que los mantenía unidos al hospital.
No se mencionó la muerte de Bailarín, aunque estaba en el pensamiento de todos. El asesinato de Rubita los había fascinado y asustado, pero la muerte de Bailarín les recordaba a todos la suya propia, lo que constituía un temor muy diferente. Más de una vez, alguno de los sentados en círculo soltó una carcajada o sofocó un sollozo, sin que ninguna de las dos cosas guardara relación con la conversación, sino con sus pensamientos internos.
Francis pensó que el señor del Mal lo observaba con especial atención. Lo atribuyó a su extraña conducta de esa mañana.
– ¿Y tú, Francis? -le preguntó Evans.
– Perdone, ¿yo qué?
– ¿Qué piensas sobre los astronautas?
– Es difícil de imaginar -respondió tras pensar un momento.
– ¿Qué es difícil?
– Estar tan lejos, conectado sólo por ordenadores y radios. Nadie ha viajado nunca tan lejos. Eso es interesante. No es el hecho de depender de todo el equipo, sino que no ha habido ninguna aventura parecida.
– ¿Qué me dices de los exploradores de África o del Polo Norte? -repuso el señor del Mal.
– Se enfrentaban a los elementos. A lo desconocido. Pero los astronautas se enfrentan a algo distinto.
– ¿A qué?
– A los mitos -dijo Francis. Echó un vistazo alrededor y preguntó-: ¿Dónde está Peter?
– Aún en aislamiento -aclaró el señor del Mal a la vez que cambiaba de postura-. Pero debería salir pronto. Volvamos a los astronautas.
– No existen -intervino Cleo-. Pero Peter sí. -Sacudió la cabeza-. Aunque puede que no. Puede que todo sea un sueño y que nos despertemos en cualquier momento.
Eso provocó una discusión entre Cleo, Napoleón y unos cuantos más sobre lo que existía de verdad y lo que no, y sobre si algo que ocurría donde no podías verlo, ocurría de verdad. Todo ello hizo que el grupo se agitase para contradecirse y discutir, lo que Evans permitió sin rechistar. Francis escuchó un momento, porque, en cierto sentido, encontró ciertas similitudes entre su situación en el hospital y la de los hombres que se dirigían al espacio. Estaban tan desorientados como él.
Se había recuperado del susto de la noche anterior, pero no confiaba demasiado en su capacidad de afrontar la noche que se avecinaba.
Rebuscó en su memoria todas las palabras que había dicho el ángel, pero le costaba recordarlas con precisión. El miedo sesgaba las cosas. Era como intentar ver con precisión en un espejo de feria. La imagen aparecía ondulada, vaga, distorsionada.
Se dijo que tenía que dejar de intentar ver al ángel y empezar a intentar ver lo que el ángel veía. En lo más profundo de su ser, las voces le gritaron una advertencia: ¡No! ¡No lo hagas!
Francis se revolvió con incomodidad en el asiento. Las voces no le habrían advertido si no hubieran percibido algo peligroso. Sacudió la cabeza para centrarse en el grupo que seguía discutiendo.
– ¿Por qué tenemos que ir al espacio? -comentaba Napoleón en ese momento.
Cleo lo miraba desde el otro lado del círculo con una expresión algo desconcertada, casi impresionada.
– Pajarillo vio algo, ¿verdad? -le dijo la mujer en voz baja, y soltó una carcajada socarrona en el mismo instante en que Peter entraba en la habitación.
De inmediato saludó al grupo e hizo una reverencia formal a los demás pacientes, como un miembro de alguna corte del siglo XVII. Tomó una silla plegable y se situó en el círculo.
– Estoy como nunca -aseguró como si previera la pregunta.
– A Peter parece gustarle el aislamiento -comentó Cleo.
– Allí nadie ronca -respondió Peter, lo que hizo reír a todo el mundo.
– Estábamos hablando de los astronautas -explicó el señor del Mal-. Me gustaría terminar este debate en el tiempo que queda.
– Por supuesto -dijo Peter-. No quería interrumpir nada.
– Muy bien, perfecto. ¿Quiere alguien añadir algo? -preguntó el señor del Mal observando a los pacientes reunidos. Nadie habló-. ¿Alguien? -insistió pasados unos segundos.
De nuevo, el grupo, tan vociferante unos minutos antes, guardó silencio. Francis pensó que era típico de ellos: a veces las palabras les fluían casi sin control y, al momento siguiente desaparecían, y eran sustituidas por una especie de introspección mística. Los cambios de humor eran habituales.
– Vamos- dijo Evans, con una nota de exasperación-. Estábamos haciendo progresos antes de que nos interrumpieran. ¿Cleo?
La mujer sacudió la cabeza.
– ¿Noticiero?
Por una vez, no tenía ningún titular que anunciar.
– ¿Francis?
Este no contestó.
– Di algo -pidió Evans con frialdad.
Francis no sabía cómo reaccionar y observó que Evans parecía enfadado. Le pareció que era una cuestión de control. Al señor del Mal le gustaba controlarlo todo, y Peter había perturbado de nuevo su poder. Ningún paciente, por muy aguda que fuera su locura, podía equipararse con la necesidad que tenía Evans de dominar todos los momentos del día y la noche en el edificio Amherst.
– Habla -insistió Evans, con más frialdad aún. Era una orden.
Francis se preguntó qué sería lo que el señor del Mal quería escuchar.
– Yo nunca iré al espacio -fue lo único que se le ocurrió.
– Claro que no, hombre… -gruñó Evans, como si Francis hubiese dicho la tontería más grande del mundo.
Pero Peter, que había estado observando, se inclinó hacia delante.
– ¿Por qué no? -preguntó.
Francis lo miró. El Bombero sonreía de oreja a oreja.
– ¿Por qué no? -repitió.
– Aquí no fomentamos los delirios, Peter -le espetó Evans.
Pero Peter no le hizo caso.
– ¿Por qué no, Francis? -preguntó por tercera vez.
Francis movió la mano indicando el hospital.
– Pero, Pajarillo -prosiguió Peter-, ¿por qué no podrías ser astronauta? Eres joven, estás en buena forma, eres listo. Ves cosas que otros no logran captar. No eres vanidoso y eres valiente. Creo que serías un astronauta perfecto.
– Pero Peter… -dijo Francis.
– Nada de peros. ¿Quién te dice que la NASA no decida enviar a alguien loco al espacio? Y en ese caso, ¿quién mejor que uno de nosotros? Porque seguro que a la gente le caería mejor un astronauta loco que uno de esos de estilo militar, ¿no? ¿Quién te dice que no decidan enviar a toda clase de gente al espacio, y por qué no, a uno de nosotros? Podrían enviar políticos, científicos o incluso turistas. Quizá cuando manden a un loco averigüen que flotar en el espacio sin la gravedad que nos une a la Tie rra nos va bien. Como un experimento científico. Quizá…