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A su derecha, un hombre con un pijama holgado, despeinado y desaliñado, soltó una carcajada estridente al comprobar que se había mojado los pantalones. Los pacientes hacían cola para recibir su medicación vespertina, y los hermanos Moses trataban de mantener el orden durante ese proceso. Era un poco como intentar organizar las olas tormentosas que golpean una playa: todo terminaba más o menos en el mismo sitio, pero los pacientes seguían unas fuerzas tan escurridizas como los vientos y las corrientes.

Peter se estremeció y pensó que tenía que marcharse de ese sitio. Todavía no se consideraba loco, pero sabía que muchas de sus acciones podrían pasar por locuras y, cuanto más tiempo estuviera en el hospital, más dominarían su existencia. Eso lo hizo sudar, y se dio cuenta de que había personas, el señor del Mal entre ellas, que estarían encantadas de ver cómo se desintegraba en el hospital. Tenía suerte; todavía se aferraba a toda clase de vestigios de la cordura. Los demás pacientes le tenían cierto respeto, porque sabían que no estaba tan loco como ellos. Pero eso podría acabarse. Podría empezar a oír las mismas voces que ellos. Empezar a arrastrar los pies, a farfullar, a mojarse los pantalones y a hacer cola para recibir medicación. Si no escapaba de allí, todo eso acabaría arrastrándolo.

Tenía que aceptar lo que le ofrecía la Iglesia, no tenía opción.

Observó cómo la cola se apiñaba en dirección al puesto de enfermería y a las hileras de medicamentos alineadas detrás de la rejilla metálica.

Uno de esos pacientes era un asesino. Lo sabía.

O quizás era alguien que hacía cola en ese momento en Williams, Princeton o Harvard, pero que seguía el mismo programa.

Pero ¿cómo encontrarlo?

Trató de pensar en el caso como si fuese un incendio provocado. Apoyado contra la pared, intentó ver dónde había empezado, porque eso le indicaría cómo había ganado impulso, cobrado fuerza y finalmente estallado. Así era como procesaba los escenarios de los incendios a los que acudía: iba hacia atrás, hasta la primera chispa o llama, y eso no sólo le indicaba cómo se había producido el incendio, sino quién estaba ahí para provocarlo. Suponía que era un curioso don. En la An tigüedad, los reyes y los príncipes se rodeaban de personas que supuestamente podían ver el futuro y les hacían perder el tiempo y el dinero, cuando puede que conocer el pasado fuera una forma mucho mejor de anticipar el futuro.

Peter exhaló despacio. El hospital hacía que uno reflexionara sobre todos los pensamientos que resonaban en su interior. Se detuvo a media idea al percatarse de que estaba moviendo los labios como si hablara solo.

Meneó la cabeza. Ya casi hablaba solo.

Se miró las manos para comprobar que no le temblaban. Se repitió que tenía que marcharse sin importar lo que tuviera que hacer.

En ese momento, vio a Lucy Jones. Iba cabizbaja y parecía absorta y disgustada. Y en ese instante vio un futuro sombrío, lo que le provocó una sensación de vacío e impotencia. Sí, se iría, desaparecería para siempre en Oregon. Y ella también se iría, volvería a su oficina y se dedicaría a acusar criminales. Francis se quedaría allí, con Napoleón, Cleo y los hermanos Moses.

Larguirucho cumpliría condena.

Y el ángel encontraría otros dedos que cortar.

26

Francis pasó una noche agitada, a veces tenso en la cama intentando escuchar cualquier sonido en el dormitorio que delatase la presencia del ángel. Oyó decenas de esos ruidos, que resonaban con la misma fuerza que los latidos de su corazón. Mil veces le pareció notar el aliento del ángel en la frente, y no olvidó ni por un instante la sensación del cuchillo frío. Incluso en los pocos momentos en que se alejó de esos temores que le provocaban sudor y ansiedad para sumirse en algo parecido al sueño, su descanso se vio perturbado por imágenes aterradoras. Veía que Lucy le enseñaba una mano mutilada como la de Rubita y a continuación se veía a sí mismo degollado y luchando con desespero por mantener unida la herida sangrante.

Agradeció la primera luz de la mañana que se filtró por las ventanas, aunque sólo fuera para indicar que las horas en que el ángel parecía reinar en el hospital habían terminado. Permaneció un rato más en la cama, aferrado a un pensamiento extrañísimo: que no estaba bien que los pacientes del hospital tuvieran el mismo miedo a morir que la gente normal en el exterior. Dentro de esas paredes, la vida parecía mucho más frágil, no tenía la misma importancia que fuera. Era como si ellos contaran menos, y, por tanto, su vida no debiera valorarse demasiado. Recordó haber leído en un periódico que el valor total de las partes del cuerpo humano sólo ascendía a un par de dólares. Los pacientes del Western probablemente sólo valían unos centavos. O ni siquiera eso.

Fue al baño, se aseó y luego se vistió. Los signos cotidianos del hospital lo reconfortaron un poco; Negro Chico y su corpulento hermano estaban en el pasillo e intentaban que los pacientes se dirigieran hacia el comedor para desayunar, como un par de mecánicos que intentan que un motor se ponga en marcha. El señor del Mal recorría el pasillo sin hacer caso de las súplicas de varias personas sobre algún que otro problema. Francis quería seguir la rutina.

Y entonces, con la misma rapidez con que se le ocurrió este pensamiento, lo temió.

El hospital, con su obsesión por limitarse a encadenar un día tras otro, era como un fármaco, más potente incluso que los que se presentaban en pastillas o hipodérmicas. Y con la adicción, llegaba la inconsciencia.

Sacudió la cabeza; porque para él había algo claro: el ángel estaba mucho más cerca del mundo exterior, y sospechaba que, si quería regresar a él, ésa era la dificultad que tendría que superar. Encontrar al asesino de Rubita era el único acto cuerdo que le quedaba en el mundo.

En su cabeza, sus voces sonaban agitadas y confusas. Era evidente que trataban de decirle algo, pero no se ponían de acuerdo en qué.

Sin embargo, todas las voces coincidían en que, si se quedaba solo para enfrentarse al ángel, sin Peter ni Lucy, no era probable que sobreviviera. No sabía cómo moriría, ni exactamente cuándo. Cuando quisiera el ángel. Asesinado en la cama. Asfixiado como Bailarín o degollado como Rubita, o quizá de otra forma, pero ocurriría.

No tendría dónde esconderse, salvo sumirse en una locura más profunda, lo que obligaría al hospital a encerrarlo en una celda de aislamiento.

Miró alrededor en busca de sus dos compañeros de investigación y, por primera vez, pensó que era el momento de responder a las preguntas del ángel.

Se apoyó contra la pared del pasillo. Está aquí. ¡Lo tienes delante!. Levantó los ojos y vio a Cleo, que avanzaba agitando los brazos como un imponente acorazado abriéndose paso entre una regata de tímidos veleros. Lo que la inquietaba esa mañana quedaba oculto bajo una avalancha de palabrotas refunfuñadas al ritmo del amplio balanceo de sus brazos, de modo que cada «¡Mierda!», «¡Cabrones!» e «¡Hijos de puta!» era emitido como un golpe de batuta de un director. Los pacientes se hacían a un lado a su paso. Entonces Francis comprendió algo: no era que el ángel supiera cómo ser diferente, sino que sabía cómo ser igual.

Cuando siguió con la mirada a Cleo, vio a Peter. El Bombero parecía enfrascado en una acalorada conversación con el señor del Mal, que sacudía la cabeza mientras Peter le hablaba. Pasado un instante, el señor del Mal pareció desechar lo que Peter decía, dio media vuelta y se marchó por el pasillo. Peter alzó la voz para gritarle: