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Nunca supe quién profirió ese grito, pero pasó a formar parte de todos quienes lo oímos. Y permaneció en nosotros por mucho tiempo.

Salí al pasillo detrás de Peter, que avanzaba deprisa hacia el sonido. Sólo era consciente en parte de los demás, que se apartaban a un lado y se acurrucaban contra la pared. Napoleón se situaba en un rincón y Noticiero, de repente nada curioso, se agachó como para esquivar el vibrante sonido. Los pasos de Peter, que se dirigió veloz hacia el origen del grito, resonaban en el pasillo. Pude vislumbrar un instante su rostro, que estaba tenso con una dureza repentina que no era habitual en el hospital. Era como si el grito hubiera desencadenado en él una preocupación inmensa y tratara de superar todos los temores que la acompañaban.

El grito había procedido del otro lado del pasillo, más allá de la puerta del dormitorio de las mujeres. Pero hoy el recuerdo del grito había sido tan real en mi mente como aquella mañana en el edificio Amherst. Se enroscó alrededor de mí, como el humo de un incendio, y tomé el lápiz y escribí con furia en la pared, temiendo a cada segundo que la risa burlona del ángel lo suplantara en mi recuerdo. Tenía que escribirlo antes de que eso sucediera. Recordé a Peter corriendo a toda velocidad, como si quisiera ir más deprisa que el eco.

Peter corrió pasillo abajo, porque sabía que sólo una cosa en el mundo podía generar esa clase de desesperación, incluso en un demente: la muerte. Esquivó a los demás pacientes, que habían retrocedido horrorizados, llenos de ansiedad y miedo, intentando escapar de aquel sonido. Incluso los catos y los retrasados mentales, que tan a menudo parecían ajenos al mundo que los rodeaba, se apretujaban contra las paredes para protegerse. Un hombre se balanceaba de cuclillas

mientras se tapaba los oídos con las manos. Peter oía el repiqueteo de sus propios pasos y comprendió que en su interior había algo que siempre lo atraía hacia la muerte.

Francis iba detrás de él, combatiendo el impulso de huir en dirección contraria, arrastrado por la carrera de Peter. Negro Grande gritaba órdenes mientras ambos hermanos corrían por el pasillo: «¡Paso! ¡Paso! ¡Dejadnos pasar!» Una enfermera con uniforme blanco salió del puesto de enfermería. Se trataba de la enfermera Richard, a la que llamaban Bonita, pero su apodo quedaba desmerecido por su expresión de angustia y su mirada de terror.

En la entrada del dormitorio de mujeres, una paciente despeinada con el cabello gris se balanceaba atrás y adelante lamentándose. Otra giraba describiendo círculos. Una tercera, con la frente apoyada en la pared, farfullaba algo en lo que Francis creyó un idioma extranjero, pero que también podían ser incongruencias; imposible saberlo. Dos más gemían, sollozaban y se habían tumbando en el suelo, donde se retorcían y aullaban como poseídas por el diablo. No sabía si quien había gritado era alguna de esas mujeres. Podría haber sido cualquiera de ellas, u otra a la que no había visto. La desesperación seguía suspendida en el aire, como el canto implacable de una sirena que los atraía inexorablemente. Sus voces interiores le gritaban advertencias para que se detuviera, que retrocediera, que se alejara del peligro. Le costó un gran esfuerzo ignorarlas y seguir los pasos de Peter, como si la razón y el entendimiento de su amigo pudieran guiarlo también a él.

Peter vaciló un momento en el umbral y se volvió con rapidez hacia la mujer despeinada.

– ¿Dónde? -preguntó con una voz que reflejaba autoridad.

La mujer señaló hacia el final del pasillo, hacia una puerta cerrada que daba acceso a una escalera. Acto seguido, soltó una carcajada y casi con la misma rapidez prorrumpió en sollozos incontrolables.

Peter avanzó con Francis pisándole los talones y alargó la mano hacia el pomo de la gran puerta metálica. La abrió de un empujón y se detuvo.

– ¡Ave María Purísima! -exclamó con un grito ahogado, y susurró la segunda parte-: Sin pecado concebida. -Fue a santiguarse. Al parecer, su formación católica le había vuelto en un instante, pero se detuvo a mitad del movimiento. Francis estiró el cuello para ver y retrocedió de golpe, con la sensación de quedarse sin aire. Se hizo a un lado, mareado de repente. Tuvo miedo de desmayarse.

– No te acerques, Pajarillo -susurró Peter. Puede que no quisiera decir eso, pero sus palabras parecieron plumas atrapadas en una ráfaga de viento.

Los Moses detuvieron su carrera justo detrás de los dos pacientes y abrieron los ojos como platos.

– ¡Joder! ¡Joder! -exclamó Negro Chico en voz baja pasado un segundo. Su hermano se volvió hacia la pared.

Francis se obligó a mirar.

De una horca improvisada, hecha con una sábana gris retorcida y atada a la barandilla de la escalera, colgaba Cleo.

Tenía su regordeta cara hinchada, distorsionada como una gárgola de la muerte. La soga que le rodeaba el cuello le había arrugado la piel de modo que recordaba al nudo del globo de un niño. El cabello le caía sobre los hombros, despeinado y enredado, y tenía los ojos abiertos, con la mirada vacía. Su boca, abierta y algo torcida, reflejaba una expresión de espanto. Llevaba una simple enagua gris, que le colgaba como una bolsa, y una chancleta rosa chillón le había caído del pie al suelo. Tenía las uñas de los pies pintadas de rojo.

Francis quiso desviar la mirada, pero aquel retrato de la muerte poseía una urgencia enfermiza, imperiosa, y siguió clavado en su sitio, con los ojos puestos en la mujer colgada del hueco de la escalera, intentando conciliar a Cleo, con su torrente de palabrotas y su habilidad devastadora en la mesa de ping-pong, con la figura grotesca, llena de bultos, que tenía delante. La escalera se encontraba en una media penumbra, como si las bombillas desnudas que iluminaban cada rellano fueran insuficientes para contener los zarcillos de oscuridad que penetraban en esa zona. El aire parecía húmedo y caluroso, como si apenas hubiera circulado, como en el interior de un desván cerrado.

Dejó que sus ojos recorrieran de nuevo la figura y, entonces, vio algo.

– Peter -susurró-, mírale la mano.

La mirada de Peter descendió del rostro de Cleo a su mano.

– Mierda -soltó tras un momento de silencio.

A Cleo le habían cortado el pulgar derecho. Un hilo rojo le bajaba por el costado de la enagua y por la pierna desnuda para encharcarse en el suelo. Francis observó el círculo de sangre y sintió náuseas.

– Mierda -repitió Peter.

El pulgar seccionado estaba en el suelo, a medio metro del pequeño charco granate de sangre pegajosa, dejado ahí casi como si lo hubieran desechado tras pensárselo mejor.

A Francis se le ocurrió algo y examinó la escena rápidamente, en busca de una sola cosa. Dirigió los ojos a derecha e izquierda, pero no vio lo que buscaba. Quiso decir algo, pero se abstuvo. Peter también guardaba silencio.

Fue Negro Chico quien habló por fin:

– Se pagará un precio muy alto por esto -dijo con tristeza.

Francis esperó junto a la pared, sentado en el suelo, mientras varias cosas ocurrían delante de él. Tenía la extraña sensación de que todo era una simple alucinación, o tal vez un sueño del que fuera a despertarse en cualquier momento y que, entonces, el día habitual del hospital Western volviera a empezar.

Negro Grande había dejado a Peter, Francis y su hermano en la escalera, contemplando el cadáver de Cleo, y había regresado diligentemente al puesto de enfermería para llamar a seguridad, al despacho del doctor Gulptilil y, por último, a casa del señor del Mal. Se había producido una breve calma tras las llamadas telefónicas, durante la cual Peter había rodeado despacio el cadáver para valorar, memorizar y grabárselo todo en la cabeza. Francis admiraba la diligencia y el profesionalismo de Peter, aunque, en el fondo, dudaba de que él pudiera ser capaz de olvidar ningún detalle de aquella muerte atroz. Aun así, Francis y Peter repitieron lo que habían hecho cuando encontraron el cadáver de Rubita. Estudiaron toda la escena, midieron y fotografiaron mentalmente como especialistas de la policía científica, salvo que no tenían ni cinta métrica ni cámara.