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»Después hubo tres noches más antes de su partida. Nos citamos cada noche. Daba a mis padres la primera excusa que se me ocurría, y siempre volvía a casa cargada de hierbas del bosque, como si hubiera ido allí con el exclusivo propósito de recogerlas. Cada noche Bartholomeo decía que me amaba y me suplicaba que le acompañara cuando se marchara del pueblo. Yo lo deseaba, pero tenía miedo del enorme mundo del que venía, y no podía imaginar una forma de escapar de mi padre. Cada noche le preguntaba por qué no podía quedarse conmigo en el pueblo, y él meneaba la cabeza y decía que debía volver a su casa y a su trabajo.

»La última noche antes de su partida empecé a llorar en cuanto nos tocamos. Me abrazó y besó mi pelo. Nunca había conocido a un hombre tan tierno y gentil. Cuando dejé de llorar, sacó de su dedo un pequeño anillo con sello. No lo sé con seguridad, pero ahora creo que era el sello de su universidad. Lo llevaba en el dedo meñique de su mano izquierda. Lo deslizó en mi dedo anular. Después me pidió que me casara con él. Debía de haber estado estudiando su diccionario, porque le entendí enseguida.

»Al principio me pareció una idea tan imposible que me puse a llorar otra vez (era muy joven), pero luego accedí. Me dio a entender que regresaría a buscarme pasadas cuatro semanas. Iba a Grecia a ocuparse de algo, pero no entendí de qué. Después volvería por mí y daría dinero a mi padre para contentarle. Intenté explicarle que yo no tenía dote, pero no quiso escucharme. Sonrió y me enseñó el cuchillo y la moneda que le había dado. Después trazó un círculo con sus manos alrededor de mi cara y me besó.

»Tendría que haberme sentido feliz, pero intuía que había malos espíritus presentes y temía que algo le impidiera regresar. Todos los momentos que compartimos aquel atardecer fueron muy dulces, porque pensaba que cada uno era el último. El estaba tan seguro, tan convencido de que volveríamos a vernos pronto… Fui incapaz de despedirme hasta que casi no se veía nada en el bosque, pero empecé a temer la ira de mi padre y besé a Bartholomeo una vez más, comprobé que guardaba las cabezas de ajos en el bolsillo y me fui. Me volví en repetidas ocasiones. Cada vez que miraba le veía de pie en el bosque, con el sombrero en la mano. Parecía muy solo.

»Lloré mientras caminaba, me quité el anillo del dedo, lo besé y lo guardé en mi pañuelo.

Cuando llegué a casa, mi padre estaba enfadado y quiso saber dónde había estado después de oscurecer sin permiso. Le dije que mi amiga Maria había perdido una cabra y le había ayudado a buscarla. Fui a la cama con el corazón apesadumbrado. A veces me sentía esperanzada y después triste de nuevo.

»A la mañana siguiente oí decir que Bartholomeo se había ido del pueblo en el carro de un granjero, en dirección a Târgoviste. El día fue muy largo y triste para mí, y al atardecer fui al lugar del bosque donde nos encontrábamos para estar sola. Verlo me hizo llorar de nuevo. Me senté en nuestras rocas y por fin me tendí donde nos habíamos tendido cada noche. Apoyé la cara contra la tierra y sollocé. Después sentí que mi mano rozaba algo entre los helechos, y ante mi sorpresa encontré un paquete de cartas ensobradas. No sabía leer lo que ponían, a qué dirección y a quién iban dirigidas, pero en la tapa de los sobres estaba impreso su hermoso nombre, como en un libro. Abrí algunos y besé su letra, aunque me di cuenta de que no estaban dirigidas a mí. Me pregunté por un momento si estarían escritas a otra mujer, pero aparté enseguida esta idea de mi mente. Comprendí que las cartas debían haberse caído de su mochila cuando la había abierto para enseñarme que conservaba el cuchillo y la moneda que yo le había regalado.

»Pensé en intentar enviarlas por correo a Oxford, a la isla de Inglaterra, pero no se me ocurrió una forma de hacerlo sin que nadie se enterara. Tampoco sabía cuánto había que pagar para enviar algo. Costaría dinero mandar un paquete a una isla tan lejana, y yo nunca había tenido dinero, aparte de la pequeña moneda que había regalado a Bartholomeo.

Decidí guardar las cartas para dárselas cuando volviera a buscarme.

»Transcurrieron cuatro semanas con muchísima lentitud. Hice muescas en un árbol cercano a nuestro lugar secreto, con el fin de llevar la cuenta. Trabajaba en el campo, ayudaba a mi madre, hilaba y tejía las prendas del siguiente invierno, iba a la iglesia y siempre estaba atenta a escuchar noticias de Bartholomeo. Al principio los viejos hablaban un poco de él y meneaban la cabeza cuando comentaban su interés por los vampiros. "Nada bueno puede salir de eso", dijo uno, y el resto asintió. Oírlo me produjo una terrible mezcla de felicidad y dolor. Me alegró oír a alguien hablar de él, puesto que yo no podía decir ni una palabra a nadie, pero también me estremeció pensar que podía atraer la atención de los pricolici.

»No paraba de preguntarme qué pasaría cuando volviera. ¿Se plantaría ante la puerta de mi padre, llamaría y le pediría mi mano en matrimonio? Imaginaba la sorpresa que se llevaría mi familia. Se congregarían todos en la puerta y mirarían estupefactos, mientras Bartholomeo repartía regalos y les daba un beso de despedida. Después me conduciría a una carreta que estaría esperando, tal vez incluso a un automóvil. Saldríamos del pueblo y cruzaríamos tierras que no podía ni imaginar, más allá de las montañas, más allá de la gran ciudad donde vivía mi hermana Eva. Confiaba en que nos detendríamos para visitarla, porque era la hermana a la que siempre había querido más. Bartholomeo también la querría, porque era fuerte y valiente, una viajera como él.

Pasé cuatro semanas así, y al final de la cuarta estaba cansada y era incapaz de comer o dormir mucho. Cuando casi había grabado cuatro semanas de muescas en mí árbol, empecé a espiar alguna señal de su regreso. Siempre que un carro entraba en el pueblo, el sonido de sus ruedas estremecía mi corazón. Iba a buscar agua tres veces al día, miraba y escuchaba por si había noticias. Me dije que, muy probablemente, no volvería al cabo de cuatro semanas exactas, y que debía esperar una semana más. Pasada la quinta semana, me sentí enferma, convencida de que el príncipe de los pricolici le había matado. En una ocasión,

hasta pensé que mi amado regresaría convertido en vampiro. Corrí a la iglesia en pleno día y recé delante del icono de la bendita Virgen para alejar esta horrible idea.

»Durante la sexta y séptima semanas empecé a abandonar la esperanza. En la octava supe, debido a muchas señales que había oído entre las mujeres casadas, que iba a tener un hijo.

Después lloré en silencio en la cama de mi hermana por la noche y sentí que el mundo entero, incluso Dios y la Santa Madre, se habían olvidado de mí. No sabía qué había sido de Bartholomeo, pero creía que le debía haber pasado algo terrible, porque sabía que me amaba de verdad. Recogí en secreto hierbas y raíces que, decían, impedían que un niño viniera al mundo, pero fue inútil. Mi hijo crecía con fuerza en mi vientre, más fuerte que yo, y empecé a amar esa energía a pesar de todo. Cuando apoyaba mi mano sobre el estómago sin que nadie me viera, sentía el amor de Bartholomeo y creía que no había podido olvidarme.

»Transcurridos tres meses de su partida, supe que debía abandonar el pueblo antes de que avergonzara a mi familia y desatara la ira de mi padre contra mí. Pensé en tratar de localizar a la vieja que me había dado la moneda. Tal vez me acogería y me dejaría cocinar y limpiar para ella. Había venido de uno de los pueblos que dominaban el Arges, cerca del castillo del pricolic, pero no sabía de cuál, ni si aún estaba viva. Acechaban osos y lobos en las montañas, y muchos malos espíritus, y no me atrevía a vagar por el bosque sola.

»Por fin, decidí escribir a mi hermana Eva, algo que sólo había hecho una o dos veces antes. Cogí unas hojas de papel y un sobre de la casa del cura, donde a veces trabajaba en la cocina. En la carta le contaba mi situación y rogaba que viniera a buscarme. La respuesta tardó cinco semanas en llegar. Gracias a Dios, el labriego que la trajo, junto con algunas provisiones, me la dio a mí en lugar de a mi padre, y yo la leí en secreto en el bosque. Mi cintura ya estaba adquiriendo una forma redondeada, de modo que me llamó la atención cuando me senté en un tronco, pese a que todavía podía esconderla con mi delantal.