Helen miró a su madre (con una profunda vacilación en sus ojos, pensé) y después le hizo la pregunta. La respuesta de la mujer, cuando me la tradujo, formó un nudo en mi garganta, un dolor que era en parte por ella y en parte por mi pérfido mentor.
– Pensé en hacerlo, pero por su carta comprendí que había cambiado por completo de opinión. Decidí que daría igual enviarle alguna de estas cartas, sólo serviría para provocar más dolor, y además habría perdido recuerdos de él que deseaba conservar. -Extendió la mano como para tocar su letra y luego la retiró-. Sólo lamenté no enviarle lo que de verdad era suyo. Pero se había quedado tanto de mí… Tal vez era justo que yo me quedara con eso.
Nos miró con los ojos un poco menos tranquilos. No leí en ellos desafío, sino la llama de una devoción muy antigua. Desvié la mirada.
Helen sí que se mostró desafiante.
– Entonces, ¿por qué no me diste estas cartas hace mucho tiempo? -Formuló la pregunta en tono vehemente, y la tradujo a su madre enseguida. La mujer meneó la cabeza-. Dice que sabía que yo odiaba a mi padre -informó Helen con una dura expresión en el rostro- y estaba esperando a que alguien le quisiera.
Como ella le quiere todavía, podría haber añadido yo, pues mi corazón estaba tan conmovido que parecía proporcionarme una percepción anormal del amor sepultado durante años en aquella pequeña y desnuda casa.
No sólo se trataba de mi afecto por Rossi. Tomé la mano de Helen y la mano encallecida de su madre y las apreté. En aquel momento, el mundo en que yo había crecido, con su reserva y silencios, sus modos y maneras, el mundo en el que había estudiado, alcanzado metas y, en ocasiones, intentado amar, se me antojó tan lejano como la Vía Láctea. No habría podido hablar aunque hubiera querido, pero si el nudo de mi garganta se hubiera disuelto, quizás habría encontrado alguna forma de explicar a esas dos mujeres, relacionadas de manera tan diferente, pero igualmente intensa, con Rossi, que yo sentía su presencia entre nosotros.
Al cabo de un momento, Helen se apresuró a liberar su mano, pero su madre me la apretó como antes y preguntó algo con su voz apacible.
– Quiere saber qué puede hacer para ayudarte a encontrar a Rossi.
– Dile que ya me ha ayudado, y que leeré estas cartas en cuanto nos vayamos, por si nos sirven de guía. Dile que nos pondremos en contacto con ella cuando le encontremos.
La madre de Helen inclinó la cabeza con humildad al oír esto, y se levantó para echar un vistazo al guisado. Un maravilloso olor surgió del horno y hasta Helen sonrió, como si ese regreso a un hogar que no era el suyo tuviera sus compensaciones. La paz del momento me envalentonó.
– Hazme el favor de preguntarle si sabe algo sobre vampiros que pudiera ayudarnos en nuestra búsqueda.
Cuando Helen acabó de traducir, vi que había destruido nuestra precaria calma. Su madre apartó la vista y se persignó, pero al cabo de un momento dio la impresión de que reunía fuerzas para hablar. Helen escuchó con atención y asintió.
– Dice que has de recordar que el vampiro puede cambiar de forma. Puede atacarte adoptando muchas apariencias.
Quise saber qué significaba eso exactamente, pero la madre de Helen ya había repartido el guiso en los platos con una mano temblorosa. El calor del horno y el olor de la carne y el pan impregnaban la pequeña casa, y todos comimos con apetito, aunque en silencio. De vez en cuando la madre de Helen me daba más pan, palmeaba mi brazo o me servía té recién hecho. La comida era sencilla pero deliciosa y abundante, y el sol entraba por las ventanas delanteras para adornar nuestros platos.
Cuando terminamos, Helen salió a fumar un cigarrillo y su madre me indicó con un gesto que la siguiera fuera. En la parte posterior de la casa había un cobertizo, alrededor del cual picoteaban algunas gallinas, y una conejera con dos conejos de largas orejas. La mujer cogió uno y nos dedicamos a rascarle la cabeza un rato, mientras el animalito parpadeaba y se removía un poco. Oí por la ventana que Helen estaba lavando los platos. Sentía el sol calentar mi cabeza, y más allá de la casa los campos verdes murmuraban y oscilaban con optimismo inagotable.
Después llegó la hora de irnos, de volver al autobús, y yo guardé las cartas de Rossi en mi maletín. Cuando salimos, la madre de Helen se detuvo en la puerta. No parecía albergar la intención de acompañarnos al autobús. Cogió mis manos entre las suyas y las apretó con firmeza mientras me miraba a los ojos.
– Dice que sólo te desea felices viajes y que encuentres lo que anhelas -explicó Helen.
Escudriñé la oscuridad que albergaban los ojos de la mujer y le di las gracias de todo corazón. Abrazó a Helen, sujetó su cara entre las manos con tristeza y nos dejó marchar.
Me volví al llegar al borde de la carretera. Seguía de pie en el umbral, con una mano apoyada en el marco, como si nuestra visita la hubiera debilitado. Dejé mi maletín en el suelo y regresé hacia ella con tal rapidez que, por un momento, no me di cuenta de que me había movido. Después, al recordar a Rossi, la tomé en mis brazos y besé su mejilla suave y arrugada. La mujer se aferró a mí, una cabeza más baja que yo, y sepultó la cara en mi hombro. De pronto, se soltó y desapareció en el interior de la casa. Pensé que quería estar a solas con sus sentimientos y di media vuelta, pero regresó al cabo de un segundo. Ante mi estupefacción, aferró mí mano y la cerró sobre algo pequeño y duro.
Cuando abrí los dedos, vi un anillo de plata con un diminuto escudo de armas. Comprendí al instante que era el de Rossi, a quien se lo devolvía por mi mediación. Su rostro brillaba sobre el anillo y sus ojos oscuros se humedecieron. Me incliné para besarla otra vez, pero esta vez en la boca. Sus labios eran cálidos y dulces. Cuando la solté, para volver hacia mi maletín y Helen, vi que en el rostro de la mujer brillaba una sola lágrima. He leído que no existe la así llamada «una sola lágrima», esa vieja figura poética. Tal vez no, puesto que la de ella era una simple compañera de la mía.
En cuanto nos acomodamos en el autobús, saqué las cartas de Rossi y abrí con cuidado la primera. Al reproducirla aquí, respetaré el deseo de Rossi de proteger la intimidad de su amigo con un nomdeplume, un seudónimo literario, aunque él lo llamaría un nomdeguerre.
Me resultó muy extraño volver a ver la letra de Rossi, aquella versión más joven, menos apretada, en las páginas amarillentas.
– ¿Vas a leerlas aquí?
Helen, casi apoyada contra mi hombro, parecía sorprendida.
– ¿Tú puedes esperar? -No -dijo.
45
20 de junio de 1930
Querido amigo:
No tengo ni un alma en el mundo con quien hablar, y me encuentro con una pluma en la mano deseoso de tu compañía en particular. Te invadiría tu habitual asombro contenido ante el paisaje del que estoy disfrutando ahora. He vivido en un estado de incredulidad todo el día de hoy (como te habría sucedido a ti si vieras dónde estoy), en un tren, aunque eso no supone en sí una pasta. Pero el tren se dirige a Bucarest. «Santo Dios, hombre», te oigo decir sobre su silbato. Pero es cierto. No había planeado venir aquí, pero algo muy notable ha precipitado mi decisión. Estuve en Estambul hasta hace unos días, llevando a cabo una investigación de la que no he hablado a nadie, y encontré algo allí que hizo que me entraran ganas de venir aquí. En realidad, sería más preciso decir que no lo deseaba, sino que me aterrorizaba, y al mismo tiempo me sentía impulsado a ello. Tú eres un racionalista, y todo esto te va a importar un comino, pero daría cualquier cosa por contar con la ayuda de tu cerebro en este viaje. Voy a necesitar hasta el último ápice del mío, y más, para encontrar lo que ando buscando.
El tren ha disminuido la velocidad porque nos estamos acercando a una ciudad, con la posibilidad de desayunar. Desistiré de momento y volveré con esto después.
Por la tarde, Bucarest Me apetecería hacer una siesta, si mi mente no se hallara en tal estado de inquietud y nerviosismo. Aquí hace un calor sofocante. Pensaba que éste era un país de montañas heladas, pero, si las hay, aún no me he encontrado con ninguna todavía. Hotel agradable, Bucarest es una especie de París del Este diminuta, majestuosa, pequeña y un poco decadente, todo al mismo tiempo. Debió de.ser muy elegante en los ochenta y noventa del siglo pasado. Me costó Dios y ayuda encontrar un taxi, y después un hotel. Pero mi habitación es muy cómoda, y podré descansar, lavarme y pensar en lo que debo hacer. Me siento casi inclinado a no poner por escrito lo que me propongo, pero te quedarás tan perplejo por mis chifladuras si no lo hago que me creo en la obligación. Para abreviar, estoy metido en una especie de investigación, voy a la caza de Drácula como historiador, pero no del conde Drácula del teatro romántico, sino de un Drácula real, Drakulya, Vlad III, un tirano del siglo XV que vivió en Transilvania y Valaquia, y se dedicó a mantener alejado de sus tierras al Imperio otomano lo máximo posible. Estuve en Estambul casi toda una