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– Él es el abaad -me explicó Georgescu-. Es el último de este lugar; y con él sólo viven tres monjes ahora. Ha estado aquí desde que era joven y conoce la isla mucho mejor que cualquiera. Le da la bienvenida y su bendición. Si quiere hacerle alguna pregunta, dice, intentará contestarla.

Me incliné para dar las gracias y el anciano siguió andando con parsimonia. Pocos minutos después le vi sentarse en el borde del muro derrumbado que había detrás de nosotros, como un cuervo que descansara bajo el sol del atardecer.

– ¿Viven aquí todo el año? -pregunté a Georgescu. -Oh, sí. Están aquí los inviernos más difíciles -asintió mi guía-. Les oirá cantar la misa si no se marcha demasiado proonto. -Le aseguré que no me perdería semejante experiencia-. Bien, vamos a la iglesia.

Nos encaminamos a las puertas principales de madera, grandes y talladas, y entramos en un mundo que yo desconocía, muy diferente del de nuestras capillas anglicanas.

Hacía frío dentro, y antes de que pudiera ver algo en la impenetrable oscuridad del interior, percibí el olor de una especia ahumada en el aire y sentí una corriente húmeda elevarse de las piedras, como si respiraran. Cuando mis ojos se adaptaron a la penumbra, sólo distinguí tenues destellos de latón y llamas de velas. La luz del día apenas se filtraba por las gruesas vidrieras de colores oscuros. No había bancos ni sillas, aparte de algunos asientos altos de madera distribuidos a lo largo de una pared. Cerca de la entrada había un lampadario, cuyas velas goteaban profusamente y proyectaban un olor a cera quemada. Algunas estaban encajadas en una corona de latón situada en la parte superior y otras en un recipiente con arena que rodeaba la base.

– Los monjes las encienden cada día, y de vez en cuando también lo hacen algunos visitantes -explicó Georgescu-. Las que están alrededur de la parte de arriba son para los vivos y las que hay alrededur de la base son por las almas de los muertos. Arden hasta que se apagan soolas.

Al llegar al centro de la iglesia señaló hacia arriba y vi una cara difuminada que flotaba sobre nosotros, en el extremo de la cúpula.

– ¿Está familiarizado con nuestras iglesias bizantinas? -preguntó Georgescu-. Cristo siempre está en el centro, mirando hacia abajo. Este candelabru -una gran corona colgaba del centro del pecho de Cristo, ocupando el espacio principal de la iglesia, pero sus velas se habían quemado- también es muy típico.

Nos acercamos al altar. De pronto me sentí como un invasor, pero no había ningún monje a la vista y Georgescu avanzó con la seguridad de un propietario. En el altar colgaban telas bordadas, y delante había alfombras y esteras de lana tejidas con motivos populares, que yo habría pensado turcas de no saber la verdad. La parte superior del altar estaba decorada con varios objetos muy adornados, entre ellos un crucifijo esmaltado y un icono de la Virgen y el Niño con marco de oro. Detrás se alzaba una pared de santos de ojos tristes y ángeles

todavía más tristes, y en medio había un par de puertas de oro colado, revestidas de cortinas de terciopelo púrpura, que conducían a un lugar oculto y misterioso.

Distinguí todo esto con dificultad, debido a la penumbra, pero la belleza sombría de la escena me conmovió. Me volví hacia Georgescu.

– ¿Vlad venía a rezar aquí? Me refiero a la iglesia antigua.

– Oh, desde luegu. -El arqueólogo lanzó una risita-. Era un asesino devoto. Construyó muchas iglesias y otros monasterios, para asegurarse de que mucha gente rezaría por su salvación. Éste era uno de sus lugares favoritos, y era muy amigo de los monjes de aquí. No sé qué pensaban de sus fechorías, pero estaban muy contentos de su apoyo al monasterio.

Además, los protegía de los turcos. Pero los tesoros que ve aquí fueron traídos de otras iglesias. Los campesinos robaron todos los objetos de valor en el siglo pasado, cuando cerraron la iglesia. Mire aquí Esto es lo que quería enseñarle.

Se acuclilló y alzó las alfombras que había delante del altar. Vi una larga piedra

rectangular, lisa y sin adornos, pero no cabía duda de que indicaba la existencia de una tumba. Mi corazón empezó a martillear en el pecho.

– ¿La tumba de Vlad?

– Sí, según la leyenda. Algunos de mis colegas y yo excavamos aquí hace un par de años y encontramos un agujero vacío. Contenía sólo unos cuantos huesos de animales.

Contuve la respiración.

– ¿Él no estaba dentro?

– De ninguna manera. -Los dientes de Georgescu destellaron como el latón y el oro que nos rodeaba-. La documentación escrita dice que fue enterrado aquí, delante del altar, y que la nueva iglesia fue construida sobre los mismos cimientos de la vieja, para que no profanaran su tumba. Ya puede suponer la decepción que tuvimos cuando no le encontramos.

¿Decepción?, pensé. Yo consideraba la idea del agujero vacío más aterradora que decepcionante.

– En cualquier caso, decidimos buscar un poco más, y aquí -me guió hasta un punto cercano a la entrada y movió otra alfombra-, aquí encontramos una segunda piedra igual a la primera. -La miré. Era del mismo tamaño y forma que la otra, y tampoco tenían adornos-. De modo que también excavamos ésta -explicó Georgescu al tiempo que le daba una palmada.

– ¿Y encontraron…?

– Oh, un estupendo esqueletu -me informó con evidente satisfacción-. En un ataúd que aún conservaba parte del sudario. Algo asombrooso después de cinco siglos. El sudario era de color púrpura real con bordados en oro, y el esqueleto se hallaba en buen estado. Vestido con hermosas prendas de brocado púrpura y mangas de color rojo oscuro. Lo más maravilloso es que, cosido a una de las mangas, encontramos un pequeño anillo. El anillo es bastante sencillo, pero uno de mis colegas cree que forma parte de un adorno más extenso que representaba el símbolo de la Orden del Dragón.

Confieso que en ese momento mi corazón había desfallecido un poco.

– ¿El símbolo?

– Si; un dragón de largas garras y cola ensortijada. Los que ingresaban en la Orden llevaban esta imagen sobre su persona en todo momento, por lo general en un broche o una hebilla para la capa. No cabe duda de que nuestro amigo Vlad era miembro de la Orden, probablemente a instancias de su padre, y de que ingresó al llegar a la mayoría de edad. -

Georgescu me sonrió-. Pero tengo la sensación de que usted ya lo sabía, profesor.

Yo me debatía entre la pesadumbre y el alivio.

– Así que ésta era su tumba, y las leyendas mencionaban un lugar equivocado.

– Oh, yo no lo creo. -Volvió a colocar la alfombra sobre la piedra-. No todos mis colegas están de acuerdo conmigo, pero creo que existen claras pruebas en contra.

No pude evitar mirarle con sorpresa.

– Pero ¿qué me dice de las prendas regias y el anillo?

Georgescu meneó la cabeza.

– Ese individuo debía ser también miembro de la Orden, un noble de alta alcurnia, y tal vez iba vestido con las mejores galas de Drácula para la ocasión. Tal vez incluso le invitaron a morir para poder dejar un cadáver en la tumba… quién sabe cuándo con exactitud.

– ¿Volvieron a enterrar el esqueleto?

Tenía que preguntarlo. La piedra estaba muy cerca de nuestros pies.

– Oh, no. Lo enviamos al Museo de Historia de Bucarest, pero no podrá ir a verlo. Lo guardaron en el almacén y desapareció hace dos años, con todos sus bonitos ropajes. Fue una pena.

Georgescu no parecía muy apenado, como si el esqueleto hubiera sido apetecible pero carente de importancia, al menos comparado con la verdadera presa.

– No entiendo -dije-. Con tantas pruebas, ¿por qué cree que no era Vlad Drácula?