– Mi querido joven -dijo Eva, y apretó mí mano como su hermana había hecho horas antes-, no sé si volveremos a vernos, aunque yo espero que sí. Entretanto, cuide de mi querida sobrina, o al menos deje que ella cuide de usted -dirigió a Helen una mirada de astucia, que ésta fingió no ver-, y procure que los dos vuelvan sanos y salvos a sus estudios. Helen me ha hablado de su misión, y es muy loable, pero si no la cumple pronto, ha de volver a casa con el convencimiento de que hizo lo que pudo. Después continúe su vida, amigo mío, porque es joven y la tiene toda por delante.
Se secó los labios con la servilleta y se levantó. Abrazó en silencio a Helen en la puerta del hotel y se inclinó hacia delante para besarme en cada mejilla. Estaba seria, y no brillaban lágrimas en sus ojos, pero vi en su rostro un dolor profundo. El coche elegante estaba esperando. Mi último vislumbre de ella fue su sobrio saludo desde la ventanilla trasera.
Durante unos segundos Helen pareció incapaz de hablar. Se volvió hacia mí, desvió la vista. Después se recuperó y me miró con determinación.
– Vamos, Paul. Ésta es nuestra última noche libre en Budapest. Mañana tendremos que ir corriendo al aeropuerto. Quiero dar un paseo.
– ¿Un paseo? ¿Qué me dices de la policía secreta y de su interés por mí?
– Quieren saber lo que tú sabes, no apuñalarte en un callejón oscuro. Y no seas presumido -dijo sonriente-, también están interesados en mí. Nos quedaremos en lugares bien iluminados, en la calle principal, pero quiero que veas la ciudad una vez más.
Me apetecía el plan, sabiendo que tal vez era la última vez que vería Budapest, y salimos a la noche templada. Paseamos hacia el río, tomando siempre las principales arterias, tal como Helen había prometido. Nos detuvimos ante el gran puente, y después ella se internó por él y pasó la mano por la barandilla con aire pensativo. Nos paramos sobre el inmenso brazo de agua y miramos las dos partes de Budapest. De nuevo experimenté su majestuosidad y la explosión de la guerra, que casi la había destruido. Las luces de la ciudad brillaban por todas partes, temblaban en la superficie negra del agua. Helen estuvo un rato apoyada en la barandilla y después se volvió como a regañadientes para regresar hacia Pest. Se había quitado la chaqueta, y cuando se volvió vi una forma de bordes irregulares en la parte posterior de su blusa. Me acerqué y me di cuenta de que era una enorme araña. Había tejido una tela sobre su espalda. Vi con claridad los filamentos centelleantes. Recordé entonces que había visto telarañas a lo largo de la barandilla del puente, en el punto donde ella había pasado la mano.
– Helen -dije con suavidad-, no te pongas nerviosa. Tienes algo en la espalda.
– ¿Qué?
Se quedó petrificada.
– Te la voy a quitar -dije con placidez-. Sólo es una araña.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo, pero permaneció inmóvil, obediente, cuando le quité el insecto. Admito que yo también me estremecí, porque era la araña más grande que había visto en mi vida, casi la mitad de mi mano. Chocó contra la barandilla con un ruido audible, y Helen chilló. Nunca la había oído expresar miedo, y ese grito me dio ganas de agarrarla y sacudirla, incluso de pegarle.
– No pasa nada -me apresuré a tranquilizarla, y la cogí del brazo. Sorprendido, vi que
emitía uno o dos sollozos antes de calmarse. Me extrañó que una mujer capaz de disparar a un vampiro se impresionara tanto por una araña, pero el día había sido largo y tenso. Ella me sorprendió de nuevo cuando se volvió hacia el río y habló en voz baja.
– Prometí que te hablaría de Géza.
– No has de decirme nada.
Confiaba en no aparentar irritación.
– No quiero mentir con el silencio. -Caminó unos pasos, como para dejar atrás la araña por completo, aunque había desaparecido, lo más probable en el Danubio-. Cuando estudiaba en la universidad estuve enamorada de él un tiempo, y a cambio ayudó a mi tía a conseguirme la beca y un pasaporte para salir de Hungría.
Me encogí y la mire fijamente.
No fue así de grosero -dijo-. No dijo: «Si te acuestas conmigo, podrás ir a Inglaterra».
De hecho, es bastante sutil. Tampoco consiguió todo lo que quería de mí, pero cuando ya se me había pasado el enamoramiento, tenía el pasaporte en la mano. Ocurrió así, y cuando me di cuenta, ya tenía el billete para la libertad, para Occidente, y no deseaba cederlo. Pensé que valía la pena con tal de localizar a mi padre. Seguí la corriente a Géza hasta que pude escapar a Londres, y después le dejé una carta en que rompía con él. Al menos, quise ser sincera en eso. Debió enfadarse mucho, pero nunca me escribió.
– ¿Cómo supiste que era de la policía secreta?
Helen rió.
– Era demasiado presumido para ocultarlo. Quería impresionarme. No le dije que me había dejado más asustada que impresionada, y más asqueada que asustada. Me habló de la gente que había enviado a la cárcel y de las torturas, e insinuó cosas peores. Es imposible no odiar a una persona semejante.
– No me gusta saber esto, puesto que Géza está interesado en mis movimientos -dije-, pero sí me alegro de saber lo que sientes por él.
– ¿Qué te pensabas? -preguntó ella-. He intentado mantenerme lo más alejada de Géza desde el momento en que llegamos.
– Pero yo intuí sentimientos contradictorios en ti cuando le viste en el congreso -admití-. No pude evitar pensar que tal vez le habías amado, o que todavía le amabas…
– No. -Meneó la cabeza y contempló la corriente oscura-. No podría querer a un interrogador, un torturador, probablemente un asesino. Y si no lo rechacé por esto, en el pasado y mucho más ahora, hay otras cosas que me impulsarían a rechazarlo. -Se volvió en mi dirección, pero sin mirarme a la cara-. Hay cosas menores, pero aun así muy importantes. No es amable. No sabe cuándo ha de decir algo que consuele y cuándo hay que callar. La historia le importa un pimiento. No tiene ojos grises dulces ni cejas pobladas, ni se sube las mangas hasta los codos. -La miré fijamente, y ahora me miró con valentía decidida-. En suma, el mayor problema de él es que no es tú.
Su mirada era casi indescifrable, pero al cabo de un momento empezó a sonreír, como de mala gana, como si tuviera que combatir consigo misma, y era la sonrisa hermosa de todas las mujeres de su familia. La miré, todavía incrédulo, y después la tomé en mis brazos y la besé con pasión.
– ¿Qué te creías? -murmuró en cuanto la solté un segundo-. ¿Qué te creías?
Nos quedamos allí largos minutos (habría podido ser una hora), y de repente retrocedió con un gemido y se llevó la mano al cuello.
– ¿Qué pasa? -pregunté enseguida.
Vaciló un momento.
– Mi herida -dijo poco a poco-. Se ha curado, pero a veces me da un pinchazo. Justo ahora estaba pensando… que tal vez no debería haberte tocado.
Intercambiamos una mirada.
– Déjame verla -dije-. Helen, déjame verla.
Se desanudó en silencio el pañuelo y alzó la barbilla a la luz de la farola. En la piel de su fuerte garganta vi dos marcas de color púrpura, casi cerradas del todo. Mis temores se aplacaron un poco. Estaba claro que no la habían vuelto a morder desde el primer ataque.
Me incliné y apoyé los labios sobre aquel punto.
– ¡No, Paul! -gritó, y retrocedió.
– Me da igual -dije-. Yo la curaré. -Escudriñé su rostro-. ¿O te he hecho daño?
– No, ha sido balsámico -admitió, pero apoyó la mano sobre las heridas, casi de manera protectora, y al cabo de un momento volvió a anudarse el pañuelo. Yo sabía que, aunque la contaminación hubiera sido leve, debía vigilar a Helen con más cautela que nunca. Busqué en mi bolsillo-. Tendríamos que haber hecho esto hace mucho tiempo. Quiero que lo lleves encima.