Helen se removió a mi lado y estiró las piernas con discreción.
– Ha dicho que su abuelo era un miembro activo de la Guardia de la Media Luna. ¿Qué significa eso? ¿Cuáles son sus actividades? Turgut meneó la cabeza con aire pesaroso.
– Eso, querida madame, no se lo puedo explicar con detalle. Algunas cosas han de permanecer secretas. Les hemos contado todo esto porque lo preguntó, casi adivinó, y porque queremos que tengan fe en que les prestaremos toda nuestra ayuda. Es por el bien de la Guardia que deberían ir a Bulgaria, y lo antes posible. Hoy, la Guardia es pequeña, sólo quedamos unos pocos. -Suspiró-. Yo, ay, no tengo hijos a los que transmitir mi herencia, aunque el señor Aksoy está educando a su sobrino en nuestras tradiciones. No duden de que todo el poder de la determinación otomana les acompañará de una forma u otra.
Resistí a la tentación de gruñir de manera audible otra vez. Quizá podría haber discutido con Helen, pero discutir con el poder secreto del imperio otomano estaba más allá de mis posibilidades. Turgut alzó un dedo.
– He de haceros una advertencia, y muy seria, amigos míos. Hemos depositado en vuestras manos un secreto que ha sido guardado con cuidado, creernos que con éxito, durante quinientos años. Carecemos de motivos para pensar que nuestro viejo enemigo lo sabe, aunque seguro que odia y teme a nuestra ciudad, tal como hizo en vida. En la carta fundacional de la Guardia, nuestro Conquistador plasmó sus reglas. Cualquiera que traicione los secretos de la Guardia a nuestros enemigos será ejecutado al punto. Eso no ha pasado nunca, que yo sepa, pero os pido que seáis cautelosos, tanto por vuestro bien como por el nuestro.
No había la menor insinuación de malicia o amenaza en su voz, sólo una solemne
profundidad, y percibí en ella la implacable lealtad que había convertido a su sultán en conquistador de la Gran Ciudad, la antes inexpugnable, arrogante ciudad de los bizantinos.
Cuando había dicho «trabajamos para el sultán», había querido decir exactamente eso, aunque hubiera nacido medio milenio después de la muerte de Mehmet. El sol estaba descendiendo al otro lado de las ventanas, y una luz rosada bañó el rostro enorme de Turgut, al cual ennobleció de repente. Pensé por un momento en que Rossi se habría sentido fascinado por él, en que le habría considerado la personificación viva de la historia,
y me pregunté qué interrogantes (interrogantes que yo ni siquiera había empezado a barruntar) le habría planteado.
Fue Helen, no obstante, quien dijo lo correcto. Se puso en pie, imitada al mismo tiempo por todos, y extendió la mano a Turgut.
– Es un honor que nos haya contado esto -dijo con una expresión de orgullo en la cara-. Protegeremos su secreto y los deseos del sultán con nuestras vidas.
Turgut besó su mano, claramente conmovido, y Selim Aksoy le hizo una reverencia. Me pareció inútil añadir algo más. Helen, que había dejado de lado por un momento el odio tradicional de su pueblo a los opresores otomanos, había hablado por los dos.
Podríamos habernos quedado así todo el día, mirándonos sin decir palabra mientras caía el crepúsculo, si el teléfono de Turgut no hubiera sonado de repente. Se excusó y cruzó la sala para contestar, mientras la señora Bora colocaba los restos de nuestra cena en una bandeja de latón. Turgut escuchó unos minutos, habló con cierto nerviosismo, y después colgó con brusquedad. Se volvió hacia Selim y le habló muy deprisa en turco. Selim se puso al instante su raída chaqueta.
– ¿Ha pasado algo? -pregunté.
– Sí. -Se dio un golpe en el pecho-. Es el bibliotecario, el señor Erozan. El hombre que dejé vigilándole se ausentó un momento, y ha llamado ahora para decir que mi amigo ha sido atacado de nuevo. Está inconsciente, y el hombre ha ido en busca de un médico. Esto es muy grave. Es el tercer ataque, justo al anochecer.
Yo también cogí la chaqueta, estremecido, y Helen se calzó, aunque la señora Bora apoyó una mano suplicante en su brazo. Turgut besó a su esposa, y mientras salíamos a toda prisa, me volví y la vi pálida y aterrada en la puerta de su apartamento.
52
– ¿Dónde dormiremos? -preguntó Barley vacilante.
Estábamos en la habitación de nuestro hotel de Perpiñán, una habitación doble que
habíamos obtenido diciendo al anciano recepcionista que éramos hermanos. Nos la había dado sin rechistar, si bien nos había mirado con expresión dudosa. No podíamos permitirnos habitaciones individuales, y ambos lo sabíamos.
– ¿Y bien? -dijo Barley, un poco impaciente. Miramos la cama. No había otro sitio, ni siquiera una alfombra en el pulido suelo desnudo. Por fin, Barley tomó una decisión, al menos en lo tocante a él. Mientras yo seguía petrificada, entró en el cuarto de baño con algunas ropas y un cepillo de dientes, y salió unos minutos después con un pijama de algodón tan claro como su pelo.
Algo de esta imagen, y su fracaso a la hora de fingir indiferencia, me hizo reír a mandíbula batiente, aunque me ardían las mejillas, y después él también se puso a reír. Ambos reímos hasta que las lágrimas resbalaron por nuestros rostros. Barley se dobló por su esquelética mitad y yo me aferré al deprimente armario. Con nuestra risa histérica aliviamos la tensión de todo el viaje, mis temores, la desaprobación de Barley, las cartas angustiadas de mi padre, nuestras discusiones. Años después, aprendí la expresión fou rire (un enloquecido estallido de carcajadas), y ése fue el primero, en aquel hotel de Francia. A mi primer fou rire siguieron otros, mientras nos lanzábamos el uno hacia el otro dando tumbos. Barley agarró mis hombros con tan poca elegancia como yo asía el armario un momento antes, pero su beso fue de una dulzura angelical, su experiencia juvenil haciendo mella en mi completa falta de ella. Como nuestras risas, me dejó sin aliento.
Todo lo que sabía sobre la práctica amatoria lo había aprendido de educadas películas y libros confusos, y casi fui incapaz de poner manos a la obra. No obstante, Barley lo hizo por mí, y yo le seguí agradecida, aunque con torpeza. Cuando nos encontramos tendidos en la pulcra cama, yo ya sabía algo sobre los tejemanejes entre los amantes y sus ropas. Cada prenda se me antojó una decisión trascendental, empezando por la chaqueta del pijama de Barley. Cuando se la quitó, apareció un torso de alabastro, de hombros sorprendentemente musculosos. Despojarme de mi blusa y el feo sujetador blanco fue tanto decisión mía como de él. Me dijo que le encantaba el color de mi piel, porque era tan diferente del suyo, y era verdad que mi brazo nunca había parecido tan oliváceo en comparación con la nieve de Barley. Pasó la mano sobre mí, y sobre mis ropas restantes, y por primera vez yo le hice lo mismo, y así descubrí los contornos extraños del cuerpo masculino. Tuve la impresión de estar caminando con timidez sobre los cráteres de la luna. Mi corazón martilleaba con tal violencia que por un momento temí que fuera a golpearle en el pecho.
De hecho, había tanto por hacer, tanto de qué ocuparse, que no nos quitamos más ropas, y dio la impresión de que pasaba mucho rato hasta que Barley se aovilló a mi alrededor con un suspiro estrangulado, murmuró «Eres apenas una niña», y apoyó un brazo posesivo sobre mis hombros y cuello.
Cuando dijo esto, supe de repente que él también era un niño, un niño honorable. Creo que le amé más en aquel momento que en ningún otro.
53
El apartamento prestado donde Turgut había dejado al señor Erozan se encontraba quizás a unos diez minutos del suyo caminando, o a cinco minutos corriendo, porque eso fue lo que todos hicimos, incluso Helen con sus zapatos de tacón. Turgut mascullaba (y yo diría que blasfemaba) por lo bajo. Se había traído un pequeño estuche negro, y yo pensé que se trataba de un botiquín, por si el médico no iba o no llegaba a tiempo. Por fin subimos una escalera de madera de una casa vieja. Turgut abrió la puerta de arriba del todo.