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– ¡Giulia! ¡Giulia! ¡Deprisa! ¡La gran invasión! ¡Ven enseguida!

Su inglés era feroz y seguro, potente, clamoroso.

La mujer alta y sonriente que apareció me cayó bien al instante. Tenía el pelo gris, pero con destellos plateados, recogido por atrás de su cara alargada. Sonrió nada más verme y no se agachó para saludarme. Su mano era cálida, como la de su marido, y besó a mi padre en ambas mejillas, mientras agitaba la cabeza y soltaba una parrafada en italiano.

– Y tú -me dijo en inglés- has de tener una habitación para ti sola, y buena, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -contesté, y me gustó el sonido de la frase, y confié en que estaría cerca de la de mi padre, y que tendría una vista del valle circundante, desde el que habíamos ascendido con tanta precipitación.

Después de cenar en el comedor de baldosas, todos los adultos se repantigaron y suspiraron.

– Giulia -dijo mi padre-, cada año cocinas mejor. Eres una de las mejores cocineras de Italia.

– Nonsense, Paolo. -Su inglés tenía resonancias de Oxford y Cambridge- Siempre dices tonterías.

– Puede que sea el chianti. Déjame echar un vistazo a la botella.

– Deja que te vuelva a llenar la copa -intervino Massimo-. ¿Y qué estudias tú,

encantadora hija?

– En mi colegio estudiamos de todo -contesté como una cursi.

– Creo que le gusta la historia -dijo mi padre-. También le gusta viajar.

– ¿Historia? -Massimo volvió a llenar la copa de Giulia, por segunda vez, y después la suya, de un vino color granate o sangre oscura-. Como tú y yo, Paolo. Bautizamos así a tu padre -me dijo en un aparte-, porque no soporto vuestros aburridos patronímicos anglosajones. Lo siento, me es imposible. Paolo, amigo mío, sabes que me dejaste sorprendido cuando me dijiste que abandonabas tu vida académica para participar en conferencias de paz a lo largo y ancho del mundo. Así que le gusta más hablar que leer, me dije. El mundo ha perdido un gran erudito, y ése es tu padre.

Me pasó media copa de vino sin pedir permiso a mi padre, pero lo mezcló con un poco de agua de la jarra que había en la mesa. Me cayó mejor todavía.

– Ahora eres tú el que dice tonterías -repuso mi padre de buen humor-. Me gusta viajar, así de sencillo.

– Ah. -Massimo meneó la cabeza-. Usted, signor professore, dijo en una ocasión que sería el más grande de todos. Sé que su fundación no ha sido un éxito rotundo.

– Necesitamos paz y esclarecimiento diplomático, no más investigaciones sobre cuestiones insignificantes que a nadie interesan -replicó mi padre sonriente. Giulia encendió un farol que descansaba sobre el aparador y apagó la luz eléctrica. Llevó el farol a la mesa y empezó a cortar la torta que yo había procurado no mirar antes. Su superficie brillaba como obsidiana bajo el cuchillo.

– En historia, no hay cuestiones insignificantes. -Massimo me guiñó un ojo-. Además, hasta el gran Rossi dijo que tú eras su mejor estudiante. Los demás apenas podíamos complacerle.

– ¡Rossi!

Salió de mi boca antes de que pudiera impedirlo. Mi padre me dirigió una mirada inquieta.

– ¿De modo que conoces las leyendas acerca de los éxitos académicos de tu padre, jovencita?

Massimo se llenó la boca de chocolate.

Mi padre me dirigió otra mirada.

– Le he contado algunas historias sobre esos días -dijo. No pasé por alto la advertencia que transmitía su tono. No obstante, un momento después pensé que iba dirigida a Massimo, no a mí, pues el siguiente comentario de Massimo me produjo un escalofrío, antes de que mi padre se pusiera a hablar de política para matar el tema.

– Pobre Rossi -dijo Massimo-. Un hombre trágico, maravilloso. Resulta raro pensar que alguien a quien has conocido en persona pueda desaparecer así de golpe, puf.

A la mañana siguiente nos sentamos en la piazza situada en lo alto del pueblo, bañada por el sol, con las chaquetas abrochadas y los folletos en ristre, mirando a dos chicos que, como yo, deberían estar en el colegio. Gritaban mientras jugaban a la pelota delante de la iglesia, y yo esperaba con paciencia. Había estado esperando toda la mañana, durante la visita guiada a las pequeñas capillas «con elementos de Brunelleschi», según el confuso y aburrido guía, y al Palazzo Púbblico, con su salón de recepciones que había servido durante siglos de granero del pueblo. Mi padre suspiró y me dio una de las dos primorosas botellas de Orangina.

– Vas a preguntarme algo -dijo en tono algo sombrío.

– No, sólo quiero saber qué fue del profesor Rossi.

Introduje mi pajita en la botella.

– Eso pensaba. Massimo estuvo falto de tacto al mencionarlo.

Temía la respuesta, pero tenía que preguntar.

– ¿El profesor Rossi murió? ¿Se refería a eso Massimo cuando dijo que «desapareció»?

Mi padre miró hacia otro lado de la plaza bañada por el sol, con sus cafés y carnicerías.

– Sí. No. Bien, fue algo muy triste. ¿De veras quieres saberlo?

Asentí. Mi padre paseó la vista a nuestro alrededor con rapidez. Estábamos sentados en un banco de piedra que sobresalía de uno de los antiguos palazzi, solos, a excepción de los chicos que jugaban en la plaza.

– De acuerdo -dijo por fin.

6

Aquella noche -dijo mi padre-, cuando Rossi me dio el paquete de papeles, le dejé sonriente en la puerta de su despacho, y cuando di media vuelta, me embargó la sensación de que tal vez habría debido volver para hablar con él un poco más. Sabía que sólo era el resultado de nuestra extraña conversación, la más extraña de mi vida, y desdeñé la ocurrencia al instante. Pasaron otros dos estudiantes de nuestro departamento, enfrascados en su conversación, saludaron a Rossi antes de que éste cerrara su puerta, y bajaron la escalera a buen paso detrás de mí. La animada conversación me dio la sensación de que la vida continuaba como de costumbre, pero aún me sentía inquieto. Mi libro, adornado con el dragón, era una presencia candente en mi maletín, y ahora Rossi había añadido el paquete de notas cerrado. Me pregunté si debería examinarlas aquella misma noche, sentado solo a la mesa de mi diminuto apartamento. Estaba agotado. Pensé que sería incapaz de enfrentarme a su contenido.

También sospechaba que la luz del día, a la mañana siguiente, me devolvería la confianza y la razón. Tal vez ni siquiera me creería la historia de Rossi cuando despertara, si bien estaba seguro de que me atormentaría tanto si la creía como si no. ¿Y cómo?, me pregunté al pasar bajo las ventanas de Rossi y alzar la vista de manera involuntaria hacia su lámpara, que todavía brillaba, ¿cómo no iba a creer al director de mi tesis en algo relacionado con su especialidad? ¿Acaso no significaría eso poner en duda todo el trabajo que habíamos hecho juntos? Pensé en los primeros capítulos de mi tesis, que descansaban formando columnas de hojas pulcramente mecanografiadas sobre mi escritorio, y me estremecí. Si no creía la historia de Rossi, ¿podríamos seguir trabajando juntos? ¿Debería suponer que estaba loco?

Tal vez debido a que no podía apartar a Rossi de mi mente, cuando pasé por debajo de sus ventanas fui muy consciente de que su lámpara seguía brillando. En cualquier caso, estaba pisando la isleta iluminada que proyectaba la luz de la lámpara contra el pavimento de la calle que conducía a mi barrio, cuando ésta se desvaneció literalmente bajo mis pies.

Ocurrió en una fracción de segundo, pero un estremecimiento de horror me recorrió de pies a cabeza. En un momento dado estaba absorto en mis pensamientos, pisando la isleta iluminada que la lámpara arrojaba sobre el pavimento, y al siguiente estaba petrificado.

Había reparado en dos cosas casi al mismo tiempo. Una era que nunca había visto esta luz sobre esa zona de pavimento, entre los edificios de aulas góticos, pese a que había pasado por la calle quizás un millar de veces. Nunca la había visto porque nunca había sido visible.