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– Esto es extraordinario -dijo en voz baja. Nos levantamos, guiados por el mismo

instinto, para sentarnos cerca de él, al extremo de la mesa-. Me asombra ver esta carta.

– ¿Sí…? -pregunté ansioso-. ¿Tiene idea de qué puede significar?

– Un poco. -Los enormes ojos de Stoichev me miraron con intensidad-. Verán -

añadió-, yo también tengo una carta del hermano Kiril.

56

Recordaba muy bien la estación de autobuses de Perpiñán, donde había estado con mi padre el año anterior, esperando que un polvoriento autobús nos condujera al pueblo. El vehículo frenó y Barley y yo subimos. Nuestro viaje hasta Les Bains, por anchas carreteras rurales, también me era familiar. Los pueblos que atravesamos estaban bordeados de árboles bajos y cuadrados. Árboles, casas, campos, coches antiguos, todo parecía hecho del mismo polvo, una nube de caféaulait que lo cubría todo.

El hotel de Les Bains seguía tal como lo recordaba, con sus cuatro plantas de albañilería, sus rejas de hierro y jardineras con flores en las ventanas. Me descubrí añorando a mi padre, falta de respiración al pensar que pronto le veríamos, tal vez dentro de breves minutos. Por una vez fui yo quien guió a Barley, empujé la pesada puerta y dejé la bolsa delante del mostrador de recepción con sobre de mármol. Claro que aquel mostrador se me antojó alto y digno en extremo, y me sentí tímida de nuevo, por lo que tuve que hacer un esfuerzo para decir al anciano enjuto sentado detrás que tal vez mi padre estaba alojado en el hotel. No recordaba al hombre de nuestra anterior visita, pero tenía paciencia, y al cabo de un momento dijo que, en efecto, había un monsieur extranjero de ese nombre alojado, pero la cié, la llave, no estaba, de modo que debía de haber salido. Nos enseñó el gancho vacío. Mi corazón dio un vuelco, y otro al cabo de un momento, cuando un hombre del que me acordaba abrió la puerta que había detrás del mostrador. Era el jefe de comedor del pequeño restaurante, ágil, elegante y con prisas. El anciano le detuvo con una pregunta, y el hombre se volvió hacia mí étonné, tal como dijo enseguida, asombrado de ver a la joven aquí, y de lo mucho que había crecido, tan adulta y tan adorable. ¿Y su… amigo?

– Cousin -dijo Barley.

Pero monsieur no había dicho que su hija y su sobrino se reunirían con él, qué agradable sorpresa. Todos debíamos cenar en el restaurante aquella noche. Pregunté dónde estaba mi padre, si alguien lo sabía, pero no hubo suerte. Se había marchado temprano, aclaró el anciano, tal vez para dar un paseo matutino. El jefe de comedor dijo que el hotel estaba lleno, pero si necesitábamos habitaciones él se encargaría de ello. ¿Por qué no subíamos a la habitación de mi padre y dejábamos nuestras bolsas allí? Mi padre había tornado una suite con una bonita vista y un pequeño salón. Él, el jefe de comedor, nos daría l'autre clé y nos prepararía café. Mi padre volvería pronto. Aceptamos de buena gana sus sugerencias.

El ascensor chirriante nos subió con tal lentitud que me pregunté si era el propio jefe de comedor el que estaría tirando de la cadena en el sótano.

La suite de mi padre era espaciosa y agradable, y me habría gustado hasta el último detalle de no haber experimentado la incómoda sensación de que estaba invadiendo su refugio sagrado por tercera vez en una semana. Peor fue la repentina visión de la maleta de mi padre, sus ropas tiradas por la habitación, su estuche de piel gastada con los útiles de afeitar, sus zapatos buenos. Había visto estos objetos tan sólo unos días antes, en su habitación de la casa de Master James en Oxford, y su familiaridad me afectó.

Pero otra sorpresa eclipsó a ésta. Mi padre era un hombre ordenado por naturaleza.

Cualquier habitación o despacho que habitara, por poco tiempo que fuera, era un modelo de pulcritud y discreción. Al contrario que muchos solteros, viudos o divorciados a los que conocí más tarde, mí padre jamás se hundía en aquel estado que impulsa a los hombres solitarios a dejar caer el contenido de sus bolsillos sobre las mesas y cómodas, o a almacenar su ropa en pilas sobre el respaldo de las butacas. Nunca había visto las posesiones de mí padre en aquel desorden absoluto. La maleta estaba a medio deshacer al lado de la cama. Al parecer, había buscado algo en ella y sacado una o dos prendas, dejando un reguero de calcetines y camisetas en el suelo. Su chaqueta de lona estaba tirada sobre la cama. De hecho, se había cambiado de ropa con muchas prisas y había depositado su traje,hecho un guiñapo, junto a la maleta. Se me ocurrió que tal vez el culpable no era mi padre, que habían registrado la habitación durante su ausencia. Pero el guiñapo de su traje, arrojado como una piel de serpiente al suelo, me hizo pensar lo contrario. Sus zapatos de excursión no estaban en el lugar acostumbrado de la maleta y las hormas de cedro que guardaba dentro de ellos estaban tiradas a un lado. No cabía duda de que se había marchado con la mayor prisa del mundo.

57

Cuando Stoichev nos dijo que tenía una carta del hermano Kiril, Helen y yo nos mirarnos asombrados.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó ella por fin.

Stoichev dio unos golpecitos sobre la copia de Turgut con dedos nerviosos.

– Tengo un manuscrito que me regaló en 1924 mi amigo Atanas Angelov. Describe una parte diferente del mismo viaje, estoy seguro. No sabía que existía más documentación de esos viajes. De hecho, mi amigo murió de repente al poco de dármelo, pobre hombre.

Esperen…

Se levantó y perdió el equilibrio con las prisas, de manera que Helen y yo saltarnos para sujetarle si se caía. No obstante, se enderezó sin ayuda y entró en una de las habitaciones más pequeñas, y nos indicó con gestos que le siguiéramos y esquiváramos las montañas de libros que la invadían. Examinó los estantes, y luego sacó una caja, que le ayudé a bajar. De ella extrajo una carpeta de cartón atada con un cordel deshilachado. La miró durante un largo minuto, como paralizado, y luego suspiró.

– Es el original, como pueden ver. La firma…

Nos inclinamos sobre la carpeta y vi, con el vello de los brazos y la nuca erizado, un

nombre en cirílico que hasta yo supe descifrar, Kiril, y el año: 6985. Miré a Helen, y ella se mordió el labio. El nombre borroso del monje era terriblemente real, como el hecho de que en un tiempo había estado tan vivo como nosotros y había acercado la pluma al pergamino con una mano tibia y viva.

Stoichev parecía casi tan reverente como yo, aunque debía ver cada día manuscritos similares.

– Lo he traducido al búlgaro -dijo al cabo de un momento, y sacó una hoja de papel cebolla mecanografiada. Nos sentamos-. Se la intentaré leer.

Carraspeó y nos leyó una tosca pero competente versión de una carta que, desde entonces, ha sido traducida muchas veces.

Su Excelencia, monseñor abad Eupraxius:

Tomo la pluma para cumplir la tarea que, en vuestra sabiduría, me habéis encomendado y para referiros los pormenores de nuestra misión. Ojalá pueda hacerles justicia, así como a vuestros deseos, con la ayuda de Dios. Esta noche dormiremos cerca de Virbius, a dos jornadas de viaje de vos, en el monasterio de San Vladimir, donde los hermanos nos han dado la bienvenida en vuestro nombre. Tal como ordenasteis, fui solo a ver al señor abad y le hablé de nuestra misión en el mayor secreto, sin que hubieran novicios o criados presentes. Ha ordenado que nuestra carreta permanezca cerrada a cal y canto en los establos, dentro del patio, con dos guardias elegidos entre los monjes y otros dos de nuestro grupo. Confío en que encontremos a menudo tanta comprensión y diligencia, al menos hasta que entremos en territorio de los infieles. Tal como ordenasteis, deposité un libro en manos del abad, acompañado de vuestras instrucciones, y vi que lo guardaba al punto, sin abrirlo delante de mí.