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[En este punto el manuscrito está cortado o desgarrado.]

60

Cuando Stoichev terminó, Helen y yo guardamos silencio durante un par de minutos. Él sacudió la cabeza, y después se pasó una mano por la cara como si se estuviera despertando de un sueño. Por fin, Helen habló.

– Es el mismo viaje… Ha de ser el mismo viaje.

Stoichev se volvió hacia ella.

– Yo también lo creo. Fueron los monjes del hermano Kiril quienes transportaron los restos de Vlad Tepes.

– Y esto significa que, a excepción de los dos que fueron asesinados por los otomanos, llegaron al monasterio de Bulgaria sanos y salvos. Sveti Georgi… ¿Dónde está?

Era la pregunta que yo más deseaba formular, de entre todos los enigmas que me

acuciaban. Stoichev se llevó la mano a la frente.

– Ojalá lo supiera -murmuró-. Nadie lo sabe. No hay ningún monasterio llamado Sveti Georgi en la región de Bachkovo, y no hay pruebas de que existiera. Sveti Georgi es uno de los diversos monasterios medievales de Bulgaria de los que conocemos su existencia, pero que desaparecieron durante los primeros siglos del yugo otomano. Lo más probable es que fuera quemado, y las piedras esparcidas o utilizadas para construir otros edificios. -Nos miró con tristeza-. Si los otomanos tenían algún motivo para odiar o temer a ese monasterio, lo más probable es que fuera destruido por completo. Sin duda, no permitieron que fuera reconstruido, como el monasterio de Rila. En un tiempo estuve muy interesado en descubrir el emplazamiento de Sveti Georgi. -Guardó silencio un momento-. Después de que mi amigo Angelov muriera, durante un tiempo intenté continuar su investigación. Fui al Bachkovski manastir, hablé con los monjes y pregunté a mucha gente de la región, pero nadie sabía nada de un monasterio llamado Sveti Georgi. Nunca lo encontré en ninguno de los mapas antiguos que examiné. Me he preguntado a veces si Stefan dio a Zacarías un nombre falso. Pensé que, al menos, correría una leyenda entre los habitantes de la región, si las reliquias de alguien tan importante como Vlad Drácula hubieran sido enterradas allí.

Quería ir a Snagov, antes de la guerra, para ver qué podía averiguar en ese lugar…

– De haberlo hecho, habría conocido a Rossi, o al menos a aquel arqueólogo… Georgescu -dije.

– Tal vez. -Me dirigió una sonrisa extraña-. Si Rossi y yo nos hubiéramos encontrado, quizás habríamos podido sumar nuestros conocimientos antes de que fuera demasiado tarde.

Me pregunté si se refería a antes de la revolución búlgara, antes de que se exiliara aquí, pero no quise preguntar. No obstante, un segundo después explicó sus palabras.

– Interrumpí mi investigación con bastante brusquedad. El día en que regresé de la región de Bachkovo, con un viaje a Rumanía ya maduro en mi mente, entré en mi apartamento de Sofía y vi una escena pavorosa.

Hizo otra pausa y cerró los ojos.

– Intento no pensar en ese día. Antes debo decirles que tenía un pequeño apartamento cerca de Rimskaya stena, la muralla romana de Sofía, un lugar muy antiguo, y que me gustaba por la historia de la ciudad que lo rodeaba. Había salido a comprar comestibles y había dejado mis papeles y libros sobre Bachkovo y otros monasterios abiertos sobre la mesa. Cuando volví, vi que alguien había removido todas mis cosas, sacado libros de los estantes y registrado mi gabinete. En el escritorio, encima de mis papeles, había un pequeño reguero de sangre. Ya saben, como una página manchada de tinta… -Se interrumpió y nos miró fijamente-. En mitad del escritorio había un libro que nunca había visto.

De pronto, se levantó, entró en la otra habitación y le oímos ir de un lado a otro, moviendo libros de sitio. Tendría que haberme levantado para ayudarle, pero me quedé petrificado y miré a Helen, que también parecía paralizada.

Al cabo de un momento, Stoichev volvió con un grueso infolio en los brazos. Estaba

encuadernado en piel desgastada. Lo dejó delante de nosotros y vimos que lo abría con manos vacilantes y nos enseñaba, sin palabras, las numerosas páginas en blanco y la gran imagen del centro. El dragón parecía más pequeño, porque las páginas del infolio, más grandes, dejaban considerable espacio alrededor, pero era sin lugar a dudas la misma xilografía, incluido el borrón que había observado en el de Hugh James. Había otro borrón en el borde amarillento, cerca de las garras del dragón. Stoichev lo indicó, pero parecía tan sobrecogido por alguna emoción (desagrado, miedo) que por un momento pareció olvidarse de hablarnos en inglés.

– Kr’v -dijo-. Sangre.

Me acerqué. No cabía duda de que la mancha color pardo era una huella digital.

– Dios mío. -Me estaba acordando de mi pobre gato, y de Hedges, el amigo de Rossi-.

¿Había algo o alguien más en la habitación? ¿Qué hizo cuando vio la escena?

– No había nadie en la habitación -dijo en voz baja-. Había cerrado la puerta con llave, y todavía lo estaba cuando volví, entré y vi la terrible escena. Llamé a la policía, miraron por todas partes y al final…, ¿Cómo se dice…? Ellos analizaron una muestra de la sangre y llevaron a cabo comparaciones. Descubrieron con facilidad de quién era.

– ¿De quién?

Helen se inclinó hacia delante.

Stoichev bajó todavía más la voz, de modo que yo también tuve que inclinarme para oírle.

El sudor perlaba su cara arrugada.

– Era mía -dijo.

– Pero…

– No, claro que no. Yo no había estado allí, pero la policía pensó que todo había sido un montaje mío. Lo único que no coincidía era la huella dactilar. Dijeron que nunca habían visto una huella humana parecida. Tenía muy pocas líneas. Me devolvieron el libro y los papeles y me ordenaron que pagara cierta cantidad por intentar tomarle el pelo a la ley. Casi perdí mi empleo de profesor.

– ¿Abandonó su investigación? -pregunté.

Stoichev alzó sus delgados hombros en un gesto de impotencia.

– Es el único proyecto que no he continuado. Habría seguido adelante, incluso entonces, de no ser por esto. -Volvió poco a poco hasta la segunda hoja del volumen-. Por esto – repitió, y en la página vi una sola palabra escrita, con letra hermosa y arcaica, en tinta antigua y desvaída.

Ya conocía lo bastante el famoso alfabeto cirílico para descifrarla, aunque la primera letra se me resistió un segundo. Helen la leyó en voz alta.

– STOICHEV -susurró-. Encontró su propio nombre en el libro. Debió ser horrible.

– Sí, mi propio nombre, y con una letra y una tinta que eran claramente medievales.

Siempre he lamentado abandonar el proyecto, pero tenía miedo. Pensé que podría ocurrirme algo… como lo que le pasó a su padre, madame.

– Tenía buenos motivos para tener miedo -dije al viejo estudioso-. Pero esperemos que no sea demasiado tarde para el profesor Rossi.

El hombre se enderezó en su silla.

– Sí, siempre que podamos localizar Sveti Georgi. Primero, hemos de ir a Rila y examinar las demás cartas del hermano Kiril. Como ya he dicho, nunca las había relacionado con la «Crónica» de Zacarías. No guardo copias aquí, y las autoridades de Rila no han permitido su publicación, aunque varios historiadores, incluido yo, han solicitado permiso. Además, hay alguien en Rila con quien me gustaría que hablaran. Aunque tal vez no les sirva de ayuda.