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No pude reprimir mi frustración.

– Pero no hay más información sobre el emplazamiento del monasterio que estaban buscando. Incluso suponiendo que fuera Sveti Georgi.

Ranov se había sentado a la mesa con nosotros y se estaba contemplando los pulgares. Me pregunté si debería ocultarle mi interés por Sveti Georgi, pero ¿de qué otra forma íbamos a interrogar a Stoichev al respecto?

– No -asintió Stoichev-. El hermano Kiril no habría escrito el nombre de su destino en las cartas, al igual que no escribió el nombre de Snagov junto con el tratamiento de Eupraxius. Si los hubieran capturado, estos monasterios habrían sufrido más persecuciones a la larga, o al menos habrían sido registrados.

– Aquí hay una línea interesante. -Helen había terminado sus notas-. ¿Podría volver a leer eso de que la señal en el monasterio que buscaban era un monstruo igual a un santo?

¿Qué cree que significa?

Miré al instante a Stoichev. Esa línea también me había sorprendido a mí. Suspiró.

– Podría referirse a un fresco o un icono que hubiera en el monasterio, en Sveti Georgi, si ése era su destino. Es difícil imaginar qué imagen podía ser. Y aunque pudiéramos localizar Sveti Georgi, existen pocas esperanzas de que un icono del siglo XV continuara todavía intacto, sobre todo porque es muy probable que el monasterio fuera incendiado al menos una vez. No sé qué significa esa frase. Tal vez sea una referencia teológica que el abad si podía comprender, pero nosotros no, o quizá se refiere a un acuerdo secreto entre ellos. Sin embargo, no hemos de olvidarla, puesto que el hermano Kiril la nombra como la señal que les confirmará su llegada al lugar exacto.

Yo aún estaba intentando superar mi decepción. Comprendí que había abrigado la

esperanza de que las cartas contuvieran la clave definitiva de nuestra búsqueda, o al menos arrojaran algo de luz sobre los mapas que aún esperaba utilizar.

– Hay una cuestión todavía mas extraña -comenté. Stoichev se acarició la barbilla-. La carta de Estambul dice que el tesoro que buscan, tal vez una reliquia sagrada de Tsarigrad, se halla en un monasterio concreto de Bulgaria, y por eso han de ir allí. Hágame el favor de leer ese párrafo otra vez, profesor, si es tan amable.

Yo tenía frente a mí el texto de la carta de Estambul para tenerla al lado mientras

estudiábamos las demás misivas del hermano Kiril.

– Dice: «lo que buscamos ya ha sido trasladado fuera de la ciudad, a un refugio en las tierras ocupadas de los búlgaros». Éste es el párrafo -apuntó Stoichev-. La cuestión es -dio unos golpecitos con un largo índice sobre la mesa-, ¿por qué una reliquia sagrada, por ejemplo, fue sacada a escondidas de Constantinopla en 1477? La ciudad era otomana desde 1453 y la mayor parte de sus reliquias fueron destruidas durante la invasión. ¿Por qué el monasterio de Panachrantos envió una reliquia restante a Bulgaria veinticuatro años después y por qué esos monjes fueron a Constantinopla a buscar esa reliquia en particular?

– Bien, sabemos por la carta que los jenízaros estaban buscando la misma reliquia -le recordé-, de modo que también debía tener algún valor para el sultán.

Stoichev reflexionó.

– Es cierto, pero los jenízaros la buscaron después de que la sacaran del monasterio.

– Debía de ser un objeto sagrado que significaba poder político para los otomanos, así como un tesoro espiritual para los monjes de Snagov. -Helen tenía el ceño fruncido y se daba golpecitos en la mejilla con su pluma-. ¿Un libro tal vez?

– Sí -dije más animado-. Tal vez era un libro que contenía información que los

otomanos deseaban y los monjes necesitaban.

De pronto Ranov me miró fijamente desde el otro lado de la mesa.

Stoichev asintió poco a poco, pero al cabo de un segundo recordé que esto significaba desacuerdo.

– Los libros de ese período no solían contener información política. Eran textos religiosos, copiados muchas veces para su uso en los monasterios o para las escuelas islámicas o las mezquitas si eran otomanos. No es probable que los monjes hicieran un viaje tan peligroso por una copia de los Evangelios. Ya guardarían libros similares en Snagov.

– Un momento. -Helen nos miró con los ojos muy abiertos-. Esperad. Tiene que existir alguna relación con las necesidades de Snagov, con la Orden del Dragón o tal vez con el velatorio de Drácula. ¿Os acordáis de la «Crónica»? El abad quería que enterraran a Drácula en otro lugar.

– Es cierto -musitó Stoichev-. Quería que enviaran su cadáver a Tsarigrad, incluso a riesgo de que sus monjes perdieran la vida.

– Sí -dije.

Creo que estaba a punto de añadir algo más, pero Helen se volvió de repente hacía mí y sacudió mi brazo.

– ¿Qué? -pregunté, pero para entonces ella ya había recuperado por completo la calma.

– Nada -dijo en voz baja, sin mirarme a mí ni a Ranov.

Deseaba con todas mis fuerzas que nuestro guía saliera a fumar o se cansara de la

conversación para que Helen pudiera hablar con toda libertad. Stoichev le dirigió una mirada penetrante y al cabo de un momento empezó a explicar con voz monótona cómo estaban hechos los manuscritos medievales, cómo se copiaban (a veces por monjes analfabetos, con pequeños errores que se transmitían por generaciones) y cómo los eruditos modernos catalogaban las diferentes caligrafías. Me desconcertó el hecho de que se explayara hasta tal punto, aunque lo que decía me interesaba mucho. Por suerte, me quedé callado durante su disquisición, porque al fin Ranov se puso a bostezar. Se levantó y salió de la biblioteca, al tiempo que sacaba un paquete de cigarrillos del bolsillo. En cuanto desapareció, Helen se apoderó de mi brazo de nuevo. Stoichev la miró fijamente.

– Paul -dijo con una expresión tan extraña que le rodeé los hombros con el brazo, convencido de que se iba a desmayar-. ¡Su cabeza! ¿No lo entiendes? ¡Drácula volvió a Estambul para recuperar su cabeza!

Stoichev emitió un sonido estrangulado, pero ya era demasiado tarde. Vi que el rostro anguloso del hermano Rumen se asomaba por el borde de una estantería. Había regresado en silencio a la sala, y aunque nos daba la espalda mientras guardaba algo, estaba escuchando. Al cabo de un momento, salió con sigilo otra vez, y todos guardamos silencio.

Helen y yo nos miramos, y yo me levanté para explorar las profundidades de la sala. El hombre se había ido, pero sería cuestión de tiempo que alguien (Ranov, por ejemplo) se enterara de lo que Helen acababa de decir. ¿Qué uso haría Ranov de una información como ésa?

62

Pocos momentos de mis años de investigación, redacción y reflexión me han producido tal acceso de clarividencia como aquel en que Helen expresó en voz alta su teoría en la biblioteca de Rila. Vlad Drácula había vuelto a Constantinopla en busca de su cabeza o, mejor dicho, el abad de Snagov había enviado su cuerpo a la capital para que se reuniera con su cabeza. ¿Lo habría solicitado Drácula por anticipado, a sabiendas de la recompensa ofrecida por su cabeza y conocedor de la propensión del sultán a exhibir las cabezas de sus enemigos al populacho? ¿O acaso el abad se había responsabilizado de la misión, al no querer que el cadáver decapitado de su protector, tal vez hereje, o peligroso, permaneciera en Snagov? Bien, un vampiro sin cabeza no podía suponer una gran amenaza (la imagen casi era cómica), pero el revuelo que había ocasionado entre sus monjes había sido suficiente para convencer al abad de que debía dar cristiana sepultura a Drácula en otro lugar. Era probable que el abad no se hubiera decidido a destruir el cuerpo de su príncipe.

¿Quién sabía qué había prometido el abad a Drácula?

Una imagen singular apareció en mi mente: el palacio de Topkapi en Estambul, por donde había paseado aquella reciente mañana de verano, y las puertas ante las que los verdugos otomanos habían exhibido las cabezas de los enemigos del sultán. La cabeza de Drácula habría merecido una de las estacas más altas, pensé: el Empalador, empalado por fin.