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– Se secó la cara, con la mano lejos de la herida de la garganta-. Debí romperlo mientras dormía.

– Eso creo, a juzgar por dónde lo encontré. -Le indiqué el punto del suelo-. ¿Te

incomoda… tenerlo cerca de tí?

– No -dijo-. Todavía no.

Las palabras me robaron el aliento.

Helen tocó el crucifijo, vacilante al principio, y después lo tomó en su mano. Expulsé el

aliento. Helen también suspiró.

– Me dormí pensando en mi madre, y en un artículo que me gustaría escribir sobre las figuras de los bordados transilvanos (son muy famosas), y no me he despertado hasta ahora.

– Frunció el ceño-. Tuve una pesadilla, pero mi madre salía todo el rato. Estaba…

ahuyentando a un gran pájaro negro. Cuando lo consiguió, se inclinó y besó mi frente, como cuando me ponía a dormir de pequeña, y vi la marca… -Hizo una pausa, como si pensar le doliera un poco- Vi la marca del dragón en su hombro desnudo, pero me pareció que era parte de ella, no algo terrible. Cuando recibí su beso en la frente, no tuve miedo.

Sentí la punzada de un extraño temor, y recordé aquella noche en mi apartamento, cuando había creído mantener alejado al asesino de mi gato a base de leer hasta pasada la medianoche un libro sobre la vida de los comerciantes holandeses, a los que había llegado a querer. Algo había protegido a Helen también, al menos hasta cierto punto. La habían herido cruelmente, pero no había perdido toda su sangre. Nos miramos en silencio.

– Habría podido ser mucho peor -dijo.

La rodeé en mis brazos y sentí el temblor de sus hombros, por lo general firmes. Yo

también estaba temblando.

– Sí -susurré-, pero hemos de protegerte.

Helen meneó la cabeza de repente, asombrada.

– ¡Y estamos en un monasterio! No lo entiendo. Los No Muertos detestan estos lugares. – Señaló la cruz sobre la puerta, el icono y la sagrada lámpara que colgaba en una esquina-.

¿Delante de la Virgen?

– Yo tampoco lo entiendo -dije poco a poco, y di vuelta a su mano en la mía-. Pero sabemos que los monjes viajaron con los restos de Drácula y que debieron enterrarle en un monasterio. Eso en sí ya es extraño. Helen -apreté su mano-, he estado pensando en otra cosa. El bibliotecario de nuestra universidad… Nos localizó en Estambul y después en Budapest. ¿Es posible que nos haya seguido hasta aquí? ¿Es posible que haya sido él tu atacante de esta noche?

Ella se encogió.

– Lo sé. Me mordió una vez en la biblioteca, de modo que tal vez quiera repetir la jugada, ¿verdad? Pero sentí en mi sueño la potente impresión de que era otra persona, alguien mucho más poderoso. La cuestión es cómo ha podido entrar, aunque no tuviera miedo del monasterio.

– Eso es sencillo. -Indiqué la ventana más cercana, que estaba entreabierta a unos dos metros del catre de Helen-. Oh, Dios, ¿por qué te dejé estar sola aquí?

– No estaba sola -me recordó-. Había diez personas más durmiendo en la sala conmigo.

Pero tienes razón… Puede cambiar de forma, como dijo mi madre… Un murciélago, niebla…

– O un gran pájaro negro.

Su sueño había aparecido en mi mente de nuevo.

– Ahora me han mordido dos veces -dijo, casi medio dormida.

– ¡Helen! -La sacudí de nuevo-. Nunca más te dejaré sola, ni siquiera una hora.

– ¿Ni siquiera una hora?

Su antigua sonrisa, sarcástica y adorable, regresó un momento.

– Quiero que me prometas algo. Si sientes algo que yo no sienta, si sientes que algo te acecha…

– Te lo diré, Paul, si siento algo por el estilo. -Ahora hablaba con energía, y su promesa pareció espolearla-. Vamos, por favor. Necesito comer, y necesito un poco de vino tinto o brandy, si encontramos. Tráeme una toalla y la jofaina. Me lavaré el cuello y lo vendaré. – Su dinámico sentido práctico era contagioso, y la obedecí al instante-. Luego iremos a la iglesia y lavaré la herida con agua bendita, cuando nadie mire. Si puedo soportarlo, podremos mantener la esperanza. Qué raro… -Me alegré de volver a ver su sonrisa escéptica-. Siempre he considerado una tontería todos estos rituales religiosos, y aún opino lo mismo.

– Pero por lo visto él no opina lo mismo que tú -dije.

La ayudé a limpiarse el cuello con una esponja, con cuidado de no tocar las heridas

abiertas, y vigilé la puerta mientras se vestía. Ver de cerca los pinchazos me resultó tan terrible que, por un momento, pensé que debía salir de la habitación y dar rienda suelta a mis lágrimas en el pasillo. Pero aunque los movimientos de Helen eran débiles, vi determinación en su cara. Se ató el pañuelo habitual, y encontró en su equipaje un trozo de cuerda para colgarse de nuevo el crucifijo, con la esperanza de que fuera más fuerte que la cadena. Sus sábanas estaban manchadas, pero sólo se veían gotas pequeñas.

– Dejaremos que los monjes piensen que… Bueno, alojan mujeres en su hostería -dijo Helen con su estilo directo acostumbrado-, no será la primera vez que tengan que lavar sangre.

Cuando salimos de la iglesia, Ranov estaba paseando en el patio. Miró a Helen con los ojos entornados.

– Ha dormido hasta muy tarde -dijo en tono acusador. Yo examiné con detenimiento sus caninos cuando habló, pero no estaban más afilados de lo normal. De hecho, se veían mellados y grises en su desagradable sonrisa.

67

Me había exasperado el hecho de que Ranov se resistiera tanto a guiarnos hasta Rila, pero fue mucho más inquietante presenciar su entusiasmo cuando le pedimos que nos llevara a Bachkovo. Durante el viaje en coche, fue señalando toda clase de paisajes, muchos de los cuales eran interesantes pese a sus comentarios incesantes. Helen y yo procuramos no mirarnos, pero yo estaba seguro de que sentía la misma aprensión. Ahora teníamos que preocuparnos también por József. La carretera de Plovdiv era estrecha y serpenteaba paralela a un arroyo rocoso a un lado y empinados riscos al otro. Una vez más, nos estábamos internando en las montañas. En Bulgaria nunca estás lejos de las montañas. Se lo comenté a Helen, que estaba mirando por la ventanilla opuesta, en el asiento posterior del coche de Ranov, y asintió.

– En turco, balkan significa «montaña».

El monasterio carecía de una entrada espectacular. Nos desviamos de la carretera y paramos en un pedazo de tierra polvoriento, y desde allí fuimos a pie hasta la puerta del monasterio.

Bachkovski manastir se hallaba asentado entre altas colinas yermas, en parte boscosas y en parte roca desnuda, cerca del estrecho río. Incluso a principios de verano, el paisaje ya estaba seco, y no me costó mucho imaginar hasta qué punto debían valorar los monjes aquella fuente de agua cercana. Las paredes exteriores eran de la misma piedra color pardo grisáceo que las montañas circundantes. Los tejados del monasterio eran de tejas rojas acanaladas como las que había visto en casa de Stoichev, así como en cientos de casas e iglesias al borde de las carreteras. La entrada al monasterio era una arcada, tan oscura como un agujero en el suelo.

– ¿Se puede entrar así por las buenas? -pregunté a Ranov. Negó con la cabeza, lo cual quería decir que sí, y entramos en la fresca oscuridad de la arcada. Tardamos unos segundos en acceder al soleado patio, y durante esos momentos, dentro de las profundas murallas del monasterio, sólo pude oír nuestros pasos.

Tal vez había esperado otro gran espacio público como el de Rila. La intimidad y belleza del patio principal de Bachkovo llevó un suspiro a mis labios, y Helen también murmuró algo en voz alta. La iglesia del monasterio ocupaba casi todo el patio, y sus torres eran rojas, angulares, bizantinas. Aquí no había cúpulas doradas, sólo una elegancia clásica: los materiales más sencillos dispuestos en formas armoniosas. Crecían enredaderas en las torres de la iglesia, contra las cuales se acurrucaban árboles. Un magnífico ciprés se alzaba como una aguja a su lado. Tres monjes con hábito y gorro negros hablaban delante de la iglesia. Los tres arrojaban sombras sobre el brillante sol del patio, y se había levantado una suave brisa que movía las hojas. Ante mi sorpresa, correteaban gallinas de un lado a otro, picoteando en las antiguas piedras, y un gato atigrado acosaba a algo en una grieta del muro.