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Estaba sentado en un sarcófago abierto.

Este descubrimiento me causó una oleada de náuseas, pero al mismo tiempo reparé en que aún iba vestido con las ropas que llevaba en el despacho, aunque una manga de la camisa y de la chaqueta estaban rotas y la corbata había desaparecido. Sin embargo, el hecho de ir vestido con mis ropas me dio cierta confianza. No estaba muerto, no me había vuelto loco y no había despertado en otra era, a menos que me hubieran transportado a ella con mi ropa.

Registré las prendas y encontré mi cartera en el bolsillo delantero de los pantalones. Fue estremecedor sentir este objeto familiar en mis manos. Descubrí con pesar que el reloj había desaparecido de mi muñeca, y mi pluma del interior del bolsillo interior de la chaqueta.

Después me llevé la mano a la garganta y la cara. Mi cara no parecía haber cambiado, salvo por una contusión muy reciente en la frente, pero en el músculo de mi garganta descubrí una perforación inicua y pegajosa bajo mis dedos. Cuando movía en exceso la cabeza o tragaba saliva emitía un sonido de succión, lo cual me aterrorizó sobremanera. La zona de la perforación también estaba hinchada, y me dolió al tocarla. Pensé que iba a desmayarme otra vez a causa del horror y la desesperación, y entonces recordé que había tenido energías para incorporarme. Quizá no había perdido tanta sangre como había temido al principio, y tal vez eso significaba que sólo me habían mordido una vez. No me sentía como un demonio, sino como era yo en la vida cotidiana. No deseaba sangre, ni percibía maldad en mi corazón. Después se apoderó de mí una gran desdicha. ¿Qué más daba que no sintiera todavía sed de sangre? Estuviera donde estuviera, debía ser cuestión de tiempo que acabara corrompido por completo. A menos que pudiera escapar, por supuesto.

Moví mi mano poco a poco, mientras miraba alrededor de mí y trataba de enfocar mi vista.

Al final fui capaz de discernir el origen de la luz. Era un resplandor rojizo lejano, aunque ignoraba qué distancia me separaba de él, y entre yo y el resplandor se interponían formas oscuras y pesadas. Recorrí con las manos el exterior de mi casa de piedra. Tuve la impresión de que el sarcófago estaba cerca del suelo, que tal vez fuera de tierra o de piedra, y tanteé hasta decidir que podía bajar en la penumbra sin precipitarme a un abismo. De todos modos, la distancia hasta el suelo era considerable, y las piernas me temblaban mucho, de manera que caí de rodillas en cuanto salí del sarcófago. Ahora podía ver un poco mejor. Me dirigí hacia el origen de la luz rojiza con las manos por delante y tropecé con lo que me pareció otro sarcófago, vacío, y con un mueble de madera. Cuando tropecé con la madera, oí que algo blando caía, pero no pude ver qué era.

Andar a tientas en la oscuridad era aterrador. Temía toparme de un momento a otro con la Cosa que me había traído hasta aquí. Me pregunté de nuevo si no estaría muerto, si esto era alguna horrible versión de la muerte, que por un momento había confundido con una prolongación de la vida. Pero no tropecé con nada, el dolor de mis piernas era bastante convincente y me estaba acercando más a la luz, que bailaba y parpadeaba en un extremo de la larga cámara. Ahora vi que delante del resplandor se cernía un bulto oscuro inmóvil.

Cuando me encontré a pocos pasos de distancia, vi fuego en un hogar, enmarcado por una chimenea de piedra arqueada, que arrojaba suficiente luz para iluminar varios muebles antiguos de gran tamaño: un enorme escritorio sembrado de papeles, un arcón tallado y una o dos butacas altas y angulosas. En una de las butacas, encarada hacia el fuego, había alguien sentado muy inmóvil. Vi una forma oscura que sobresalía por encima del respaldo de la butaca. Me arrepentí de no haber ido en dirección contraria, lejos de la luz y hacia alguna posible huida, pero la visión de aquella forma oscura, la majestuosa butaca y el rojo suave del fuego me atraían irremisiblemente. Por una parte, fue necesaria toda mi fuerza de voluntad para caminar hacia allí, y por otra, no habría podido dar media vuelta aunque hubiera querido.

Entré con parsimonia en el círculo de luz con mis piernas doloridas, y cuando di la vuelta a la butaca, una figura se levantó poco a poco y se volvió hacia mí. Debido a que daba la espalda al fuego, y a que había muy poca luz alrededor de nosotros, no pude ver su cara, si bien creí distinguir en el primer momento un pómulo blanco como el hueso y un ojo centelleante. Tenía el pelo largo y rizado, que caía sobre sus hombros. Su movimiento fue indescriptiblemente diferente del que hubiera hecho un hombre vivo, pero ignoro si fue más veloz o más lento. Era sólo un poco más alto que yo, pero proyectaba una sensación de estatura y tamaño descomunales, y vi su ancha espalda recortada contra el fuego. Entonces se inclinó hacia la chimenea. Me pregunté si se disponía a matarme y me quedé muy quieto, con la esperanza de morir con un poco de dignidad, fuera cual fuera el método elegido. Sin embargo, se limitó a acercar una vela larga al fuego, y cuando prendió, encendió otras velas de un candelabro cercano a su butaca y se volvió otra vez hacia mí.

Ahora podía verle mejor, aunque su rostro seguía oculto en la penumbra. Llevaba un gorro picudo dorado y verde con un pesado broche incrustado de joyas sujeto sobre la frente, y una túnica de terciopelo dorado y cuello verde atada bajo su ancha mandíbula. La joya de su frente y los hilos de oro del cuello brillaban a la luz del fuego. Sobre sus hombros llevaba una capa de piel blanca, sujeta con el símbolo plateado de un dragón. Las ropas eran extraordinarias. Me aterraron casi tanto como la presencia de este extraño No Muerto.

Eran ropas de verdad, vi vas, nuevas, no piezas descoloridas expuestas en un museo. Las portaba con elegancia y suntuosidad extraordinarias, erguido en silencio ante mí, y la capa caía a su alrededor como un remolino de nieve. La luz de las velas reveló una mano surcada de cicatrices, de dedos romos, apoyada sobre el pomo de un cuchillo, y más abajo una pierna poderosa envuelta en un calzón verde y un pie calzado con una bota. Se volvió un poco en dirección a la luz, pero siempre en silencio. Ahora vi mejor su cara, y me encogí al advertir la crueldad de su fuerza, los grandes ojos oscuros bajo el ceño fruncido, la nariz larga y recta, los pómulos anchos. Su boca estaba cerrada en una sonrisa implacable, una curva de color rubí bajo su poblado bigote oscuro. Vi en una comisura de su boca una mancha de sangre seca. Oh, Dios, eso sí que me hizo retroceder espantado. La visión ya era bastante horrible de por sí, pero comprendí de inmediato que debía ser mi propia sangre, y la cabeza me dio vueltas.

Se irguió en toda su estatura con orgullo y me miró fijamente.

– Soy Drácula -dijo. Las palabras surgieron claras y frías. Tuve la impresión de que habían sido pronunciadas en un idioma que yo desconocía, aunque las entendí a la perfección. Fui incapaz de hablar y le seguí mirando, presa de una parálisis de horror. Su cuerpo se hallaba a tan sólo tres metros de mí, y no cabía duda de que era real y poderoso, tanto si estaba muerto como vivo-. Acérquese -dijo con aquel mismo tono puro y frío-. Está cansado y hambriento después de nuestro viaje. Le he preparado la cena.

Su gesto fue elegante, casi obsequioso, con un destello de joyas en sus grandes dedos blancos.

Vi una mesa cerca del fuego, llena de platos tapados. Percibí el olor de la comida (comida buena, auténtica, humana) y los aromas estuvieron a punto de conseguir que me desmayara.