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Allí, en aquella sala, permití poco a poco que el horror gótico de Stoker, alternado con amables historias de amor victorianas, me absorbiera. Ignoro qué deseaba yo del libro.

Según mi padre, el profesor Rossi lo había considerado una fuente de información inútil sobre el verdadero Drácula. El repulsivo y elegante conde de la novela era una figura atrayente, pensaba yo, aunque no tuviera nada en común con Vlad Tepes. Pero el propio Rossi estaba convencido de que Drácula se había convertido en uno de los No Muertos en vida, en el curso de la historia. Me pregunté si una novela poseería el poder de conseguir que algo tan extraño ocurriera en realidad. Al fin y al cabo. Rossi había hecho su descubrimiento mucho después de la publicación de Drácula. Por otra parte, Vlad Drácula había sido una fuerza del mal casi cuatrocientos años antes del nacimiento de Stoker. Era muy desconcertante.

¿Acaso no había dicho también el profesor Rossi que Stoker había desenterrado montones de información útil sobre el mito de los vampiros? Yo nunca había visto una película de vampiros (a mi padre no le gustaba el terror de ningún tipo), y las convenciones de la narración eran nuevas para mí. Según Stoker, un vampiro sólo podía atacar a sus víctimas entre el ocaso y el amanecer. El vampiro vivía indefinidamente, se alimentaba de la sangre de los mortales y los convertía a su vez en No Muertos. Podía adoptar la forma de un murciélagos, de un lobo o de niebla. Era posible repelerlo con ajos o un crucifijo. Se le podía destruir atravesándole el corazón con una estaca y llenando su boca de ajos, mientras dormía en su ataúd durante el día. También se le podía destruir disparándole una bala de plata en el corazón.

Nada de eso me habría asustado. Todo parecía demasiado remoto, emasiado supersticioso, pintoresco. Pero había un aspecto de la historia que me atormentaba después de cada sesión, una vez que devolvía el libro a su estante, tras anotar con cuidado el número de la página en que lo había dejado. Era la idea que me perseguía cuando bajaba la escalera de la biblioteca y recorría los puentes sobre los canales, hasta llegar a nuestra puerta. El Drácula surgido de la imaginación de Stoker tenía un tipo favorito de víctimas: mujeres jóvenes.

Mi padre dijo que anhelaba más que nunca el sur en primavera. Quería que yo también viera sus bellezas. De todos modos, mis vacaciones se acercaban, y sus reuniones en París sólo le retendrían unos días. Yo había aprendido que no debía presionarle, ni para viajar ni para que me contara historias. Cuando estaba preparado, llegaba la siguiente, pero nunca, nunca, cuando estábamos en casa. Creo que no quería introducir abiertamente aquella presencia oscura en nuestra casa.

Tomamos el tren a París y luego fuimos en coche al corazón de las Cévennes. Por las mañanas redactaba dos o tres trabajos, en mi francés cada vez más brillante, y los enviaba por correo al colegio. Todavía conservo uno. Incluso ahora, tantos años después, hojearlo me devuelve aquella sensación del intraducible corazón de Francia en mayo, el olor de la hierba que no era hierba, sino l'herbe, fresca y comestible, como si toda la vegetación francesa fuera fantásticamente gastronómica, los ingredientes de una ensalada o algo que pudiera mezclarse con queso artesanal.

Nos deteníamos en granjas cercanas a la carretera para comprar delicias que no habríamos podido encontrar en ningún restaurante: cajas de fresas nuevas que proyectaban un brillo rojizo bajo el sol y no parecía necesario lavarlas; pesados cilindros de queso de cabra con moho gris en la corteza, como si los hubieran enrollado sobre el suelo de una bodega. Mi padre bebía vino tinto de un rojo oscuro, sin etiqueta y que sólo costaba unos centimes la botella, que volvía a tapar con el corcho después de cada comida. Viajaba también con una pequeña copa envuelta en una servilleta. De postre devorábamos hogazas enteras de pan recién salido del horno de la última población, dentro de las cuales introducíamos tabletas de chocolate oscuro. Mi estomago gemía de placer, y mi padre decía con pesar que debería hacer dieta de nuevo cuando regresáramos a nuestra vida normal.

La carretera nos condujo hacia el sudeste, y uno o dos días después avistamos una cadena de montañas.

– Les Pyrénées-Orientales -dijo mi padre, mientras desplegaba nuestro mapa de carreteras sobre la mesa donde comíamos-. Hace años que quería venir aquí.

Seguí nuestra ruta con el dedo y descubrí que estábamos sorprendentemente cerca de España. Esta idea, y la hermosa palabra «orientales», me estremeció. Nos estábamos acercando a los límites de mi mundo conocido, y por primera vez me di cuenta de que quizás algún día llegaría mucho más allá. Mi padre dijo que quería ver un monasterio en particular.

– Creo que podremos llegar a la población que se halla al pie esta noche, y mañana subiremos andando.

– ¿Está muy alto? -pregunté.

– A mitad de camino de la cumbre. Estas montañas lo protegieron de todo tipo de invasores. Fue construido justo en el año 1000. Increíble. Un pequeño lugar tallado en la roca, de difícil acceso hasta para los peregrinos más entusiastas. El pueblo te gustará tanto o más. Es una antigua población con balnearios de aguas termales. Es encantadora.

Mi padre sonrió cuando dijo esto, pero estaba inquieto, dobló el mapa demasiado deprisa.

Presentí que pronto me contaría otra historia. Quizás esta vez no tendría que pedírselo.

Me gustó Les Bains cuando entramos al atardecer. Era un pueblo con casas de piedra color arena, esparcido sobre una pequeña terraza. Los imponentes Pirineos se cernían sobre él y casi sumían en sombras sus calles más anchas, que se estiraban hacia los valles y granjas de secano de más abajo. Los plátanos podados que rodeaban una serie de plazas polvorientas no daban sombra a los paseantes, ni a las mesas donde ancianas vendían manteles de punto y frascos de extracto de lavanda. Desde allí pudimos ver la típica iglesia de piedra, invadida de golondrinas, en lo alto del pueblo, y el campanario flotando en una enorme sombra de montañas, un largo pico de oscuridad que cayó sobre las calles de este lado del pueblo cuando el sol se puso.

Cenamos con apetito un gazpacho, y luego chuletas de buey, en el restaurante situado en el primer piso de un hotel del siglo XIX. El jefe de comedor del restaurante apoyó un pie contra la barra de latón del bar, contigua a nuestra mesa, y preguntó cortésmente por nuestros viajes. Era un hombre sencillo, vestido impecablemente de negro, de cara estrecha y tez olivácea. Hablaba en un francés entrecortado con un acento desconocido para mí, que apenas entendí. Mi padre tradujo.

– Ah, por supuesto… Nuestro monasterio -empezó el jefe de comedor, en respuesta a la pregunta de mi padre-. ¿Sabe que Saint-Matthieu atrae a ocho mil visitantes cada verano?

Sí, en serio. Todos son muy amables, silenciosos, montones de católicos extranjeros que suben a pie, auténticos peregrinos. Se hacen la cama por la mañana, y apenas nos damos cuenta de que entran y salen. Mucha otra gente viene por les bains, claro. Tomarán las aguas, ¿no?

Mi padre contestó que debíamos volver al norte de nuevo después de dormir dos noches aquí, y que pensábamos pasar todo el día siguiente en el monasterio.