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Iba vestido con los ropajes rojos y violetas que había visto en el sarcófago, y era más voluminoso y sólido de lo que me parecía recordar de la noche anterior. Esperé, mudo, a ver si me atacaba al instante. ¿Recordaría mi intento de apoderarme de su cuchillo? Pero inclinó un poco la cabeza, como a modo de saludo.

– Veo que ha empezado a trabajar. No me cabe duda de que querrá hacerme preguntas.

Primero, vamos a desayunar, y después hablaremos de mi colección.

Vi un destello en su cara, pese a la oscuridad de la sala, tal vez el destello de un ojo

brillante. Me precedió con aquella zancada inhumana pero imperiosa hasta la chimenea, y allí encontré nuevamente comida caliente y bebida, incluyendo un té humeante que alivió mis extremidades heladas. Drácula se sentó y contempló el fuego carente de humo, con la cabeza erguida sobre los grandes hombros. Sin el menor deseo, pensé en la decapitación de su cadáver. En ese punto, todas las crónicas coincidían. ¿Cómo conservaba la cabeza, o es que se trataba sólo de una ilusión? El cuello de la túnica se alzaba bajo su barbilla, y los rizos oscuros caían a su alrededor hasta posarse sobre los hombros.

– Bien -dijo-, vamos a dar un breve paseo. -Encendió todas las velas de nuevo, y le seguí de mesa en mesa, mientras encendía los faroles-. Tendremos algo que leer -No me gustó el efecto que causaba la luz sobre su cara cuando se inclinaba sobre cada llama nueva, y traté de mirar sólo los títulos de los libros. Se acercó a mí cuando me paré ante unas filas de rollos de pergamino y libros en árabe en los que había reparado antes. Para mi alivio, aún se encontraba a unos dos metros de distancia, pero un olor acre surgía de su presencia, y estuve a punto de desmayarme. Debo conservar la serenidad, pensé. Es imposible saber qué pasará esta noche-. Veo que ha descubierto uno de mis trofeos – estaba diciendo. Percibí un retumbar de satisfacción en su fría voz-. Son mis pertenencias otomanas. Algunas son muy antiguas, de los primeros días de su diabólico imperio, y este estante contiene volúmenes de sus últimos años. -Sonrió a la luz mortecina-. No puede imaginarse qué satisfacción me dio ver morir su civilización. Su fe no está muerta, por supuesto, pero sus sultanes han desaparecido para siempre, y yo les he sobrevivido. – Pensé por un momento que iba a reír, pero siguió hablando en tono serio-. Aquí hay grandes libros, confeccionados para el sultán, acerca de sus numerosas tierras. Esto es – tocó el borde de un rollo- la historia de Mehmet, ojalá se pudra en el infierno, escrita por un historiador cristiano convertido en adulador. Que también se pudra en el infierno. Yo mismo intenté encontrarle, me refiero al historiador, pero murió antes de que pudiera atraparle. Aquí están los informes sobre las campañas de Mehmet, escritas por sus propios aduladores, y sobre la caída de la Gran Ciudad. ¿Sabe leer árabe?

– Muy poco -confesé.

– Ah. -Parecía divertido-. Tuve la oportunidad de aprender su idioma y escritura mientras era su prisionero. ¿Sabe que fui esclavo de ellos?

Asentí, pero procuré no mirarle.

– Sí, mi propio padre me entregó al padre de Mehmet como garantía de que no

declararíamos la guerra al imperio. Imagínese, Drácula un peón en manos de los infieles.

No perdí el tiempo. Aprendí todo lo que pude sobre ellos con el fin de superarlos en todo. Fue entonces cuando juré hacer historia, no ser su víctima. -Su voz era tan feroz que le miré a mi pesar, y distinguí aquel terrible fuego en su cara, el odio, la mueca de su boca bajo el largo bigote. Entonces rió, y el sonido fue igualmente aterrador-. Yo he triunfado, y ellos han desaparecido. -Apoyó la mano sobre un espléndido volumen encuadernado en tela-. El sultán me tenía tanto miedo que fundó una orden de caballeros encargada de perseguirme. Aún quedan algunos dispersos en Tsarigrad. Un engorro. Pero cada vez son menos, su número está disminuyendo a marchas forzadas, mientras mis sirvientes se multiplican a lo largo y ancho del globo. -Enderezó su cuerpo poderoso-. Venga. Le enseñaré mis otros tesoros, y usted me dirá cómo se propone catalogarlos.

Me guió de una sección a otra, indicando rarezas, y me di cuenta de que mis suposiciones acerca de las pautas de su colección eran correctas. Vi un armario de buen tamaño lleno de manuales de tortura, algunos de los cuales se remontaban a la antigüedad. Abarcaban las prisiones de la Inglaterra medieval, las cámaras de tortura de la Inquisición, los experimentos del Tercer Reich. Algunos volúmenes renacentistas incluían xilografías de instrumentos de tortura, y otros, diagramas del cuerpo humano. Otra sección de la sala documentaba las herejías religiosas para las que se habían empleado muchos de aquellos manuales de tortura. Otro rincón estaba dedicado a la alquimia, otro a la brujería, otro a la filosofía del tipo más inquietante.

Drácula se detuvo ante una gran estantería y apoyó la mano sobre ella con afecto.

– Ésta es de especial interés para mí, y lo será para usted, creo. Estas obras son mis biografías.

Cada volumen estaba relacionado de alguna manera con su vida. Había obras de

historiadores bizantinos y otomanos (algunos eran originales muy raros), y sus numerosas reimpresiones a través de los siglos. Había folletos medievales rusos, alemanes, húngaros y de Constantinopla, todos los cuales documentaban sus crímenes. No había oído hablar de muchos de ellos en el curso de mi investigación, y experimenté una oleada irracional de curiosidad, antes de caer en la cuenta de que ya no tenía motivos para terminar la investigación. También había numerosos volúmenes de tradiciones populares, desde el siglo XVIl en adelante, que versaban sobre la leyenda de los vampiros. Se me antojó extraño y terrible que los incluyera entre sus biografías. Posó su enorme mano sobre una de las primeras ediciones de la novela de Bram Stoker y sonrió, pero no dijo nada. Después se trasladó en silencio hacia otra sección.

– Ésta también le interesará de manera especial -dijo-. Son obras de historiadores de su siglo, el veinte. Un siglo estupendo. Ardo en deseos de presenciar el resto. En mis tiempos, un príncipe sólo podía eliminar a los elementos subversivos de uno en uno. Ustedes lo hacen a lo grande. Piense, por ejemplo, en las mejoras alcanzadas desde el maldito cañón que derribó las murallas de Constantinopla hasta el fuego divino que su país de adopción arrojó sobre las ciudades japonesas hace unos años. -Me dedicó un amago de reverencia, a modo de felicitación-. Ya habrá leído muchas de estas obras, profesor, pero tal vez las

revisará desde una nueva perspectiva.

Por fin me condujo al lado del fuego una vez más, y encontré otro té humeante al lado de mi butaca. Cuando los dos estuvimos acomodados, se volvió hacia mí.

– No tardaré en ir a tomar mi colación -dijo en voz baja-, pero antes le haré una pregunta. -Mis manos se pusieron a temblar sin que pudiera evitarlo. Hasta el momento había intentado hablar con él lo menos posible, sin incurrir en su ira-. Ha disfrutado de mi hospitalidad, la máxima que puedo ofrecer aquí, y de mi fe ilimitada en sus dones. Gozará de la vida eterna a la que sólo unos pocos seres pueden aspirar. Puede acceder con entera libertad al mejor archivo de su clase que existe sobre la faz de la Tierra. Están a su disposición obras muy raras, que no se pueden ver en ningún otro sitio. Todo esto es suyo.

– Se removió en su butaca, como si le costara mantener inmóvil durante demasiado tiempo su gran cuerpo de No Muerto-. Además, es usted un hombre de raciocinio e imaginación sin parangón, de afinada precisión y profundo discernimiento. Mucho he de aprender de sus métodos de investigación, de la síntesis de sus fuentes, de su imaginación. Por todas estas cualidades, así como por la gran erudición que alimentan, le he traído aquí, a mi gruta del tesoro.

Hizo una pausa. Miré su cara, incapaz de apartar la vasta. Contempló el juego.