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Géza y Ranov se plantaron ante nosotros en una fracción de segundo. Ranov me apuntó con una pistola, y Géza hizo lo propio con Helen, mientras el monje contemplaba la escena boquiabierto y Stoichev esperaba, silencioso y precavido, detrás de ellos. El burócrata del traje oscuro se mantuvo fuera del círculo de luz.

– Suelte la pistola -dijo Ranov a Helen, y ella obedeció. La rodeé con mi brazo, pero poco a poco. A la luz tenebrosa de las velas, sus rostros parecían más que siniestros, excepto el de Stoichev. Comprendí que se habría atrevido a sonreírnos de no haber estado tan asustado.

– ¿Qué demonios estás haciendo aquí? -preguntó Helen a Géza antes de que yo pudiera impedírselo.

– ¿Qué demonios haces tú aquí, querida? -fue su única respuesta. Parecía más alto que nunca, vestido con camisa y pantalones claros, y pesadas botas de montaña. No me había dado cuenta en el congreso de que me caía fatal.

– ¿Dónde está él? -gruñó Ranov, mirándonos fijamente a Helen y a mí.

– Está muerto -dije-. Ustedes han venido a través de la cripta. Tienen que haberle visto.

Ranov frunció el ceño.

– ¿De qué está hablando?

Algo, una intuición que debía a Helen, me aconsejó no continuar hablando.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Helen con frialdad. Géza la apuntó con un poco más de precisión.

– Ya sabes lo que queremos decir, Elena Rossi. ¿Dónde está Drácula?

Esto era más fácil de contestar, y dejé que Helen se adelantara.

– No está aquí, eso es evidente -dijo con su voz más desagradable-. Puedes examinar su tumba.

En este momento, el pequeño burócrata avanzó un paso, como si fuera a hablar.

– Quédese con ellos -dijo Ranov a Géza. Se movió con cautela entre las mesas, paseando la vista a su alrededor. Comprendí que nunca había estado aquí. El burócrata del traje oscuro le siguió sin decir palabra. Cuando llegaron al sarcófago, Ranov alzó su farol y la pistola, y miró con cautela el interior-. Está vacío -dijo a Géza. Se volvió hacia los otros dos sarcófagos-. ¿Qué es esto? Vengan a ayudarme.

El burócrata y el monje obedecieron. Stoichev les siguió más despacio, y pensé ver cierto brillo en su rostro mientras contemplaba las mesas y armarios vacíos. Sólo pude hacer conjeturas acerca de sus deducciones.

Ranov ya estaba escudriñando los sarcófagos.

– Vacíos -dijo jadeante-. No está aquí. Registren la sala. -Géza József ya estaba avanzando entre las mesas, proyectando la luz hacia todas las paredes y abriendo armarios-. ¿Le han oído o visto?

– No -contesté, sin mentir demasiado. Me dije que, con tal de que no hicieran daño a Helen, con tal de que la dejaran marchar, consideraría un éxito esta expedición. Era la única vida por la que suplicaría. También pensé, con fugaz gratitud, en lo que se había ahorrado Rossi.

Géza profirió algo que debía ser una maldición en húngaro, porque Helen pareció a punto de sonreír pese al arma que apuntaba a su corazón.

– Es inútil -dijo al cabo de un momento-. La tumba de la cripta está vacía, y ésta también. Él nunca volverá a este lugar, puesto que lo hemos descubierto.

Tardé un momento en asimilar esto. ¿La tumba de la cripta estaba vacía? Entonces, ¿dónde se hallaba el cuerpo de Rossi que acabábamos de abandonar allí?

Ranov se volvió hacia Stoichev.

– Díganos qué hay aquí.

Habían bajado sus armas por fin, y yo apreté a Helen contra mí, lo cual provocó que Géza me dirigiera una mirada avinagrada, aunque no dijo nada.

Stoichev alzó su farol como si hubiera estado esperando este momento. Fue a la mesa más cercana y dio unos golpecitos sobre la madera.

– Me parece que son de roble -dijo poco a poco-, y podrían ser de diseño medieval. – Examinó debajo de la mesa la ensambladura de una pata. Dio unos golpecitos en un armario-. Pero no sé gran cosa sobre muebles.

Esperamos en silencio.

Géza propinó una patada a la pata de una mesa.

– ¿Qué voy a decir al ministro de Cultura? Que Valaquia nos perteneció. Era un prisionero húngaro y su país era territorio nuestro.

– ¿Por qué no discutimos sobre eso cuando le encontremos? -gruñó Ranov.

Caí en la cuenta de repente de que el único idioma común entre ellos era el inglés, y de que se detestaban. En aquel momento supe a quién me recordaba Ranov. Con su cara robusta y espeso bigote oscuro se parecía a las fotografías que había visto del joven Stalin. Gente como Ranov y Géza ocasionaban daños mínimos sólo porque su poder era mínimo.

– Dile a tu tía que sea más cuidadosa con sus llamadas telefónicas. -Géza dirigió una mirada torva a Helen, y sentí que ella se ponía rígida contra mí-. Deje a este maldito monje vigilando el lugar -indicó a Ranov, y éste dio una orden que provocó temblores en el pobre Ivan. En aquel momento la luz del farol de Ranov se desvió en otra dirección.

Había estado examinando las mesas subiendo y bajando el farol. Ahora su luz cayó de soslayo sobre el pequeño burócrata del traje oscuro, quien aguardaba en silencio junto al sarcófago de Drácula. Tal vez no me habría fijado en su cara de no haber sido por su extraña expresión, una expresión de dolor íntimo, iluminado de repente por el farol. Vi el rostro demacrado bajo el desaliñado bigote y el brillo familiar de los ojos.

– ¡Helen! -grité-. ¡Mira!

Ella le examinó con detenimiento.

– ¿Qué?

Géza se volvió hacia ella al momento.

– Este hombre… -Helen estaba horrorizada-. Ese hombre… es…

– Un vampiro -terminé-. Nos ha seguido desde nuestra universidad de Estados Unidos.

Apenas había empezado a hablar, cuando el ser emprendió la huida. Se había precipitado en nuestra dirección para escapar, pero tropezó con Géza, quien intentó sujetarle, aunque Ranov fue más rápido. Agarró al bibliotecario, cayeron al suelo, y después nuestro guía dio un salto hacia atrás al tiempo que lanzaba un grito, y el bibliotecario continuó su huida.

Ranov se volvió y disparó contra la figura antes de que se alejara demasiado. Durante un segundo permaneció inmóvil. Fue como si hubiera disparado al aire. Después el bibliotecario se esfumó con tal celeridad que no supe si había llegado al pasadizo o se había esfumado ante nuestros ojos. Ranov corrió tras él y atravesó la puerta, pero regresó casi enseguida. Todos le miramos. Tenía el rostro blanco, se aferraba la tela desgarrada de su chaqueta y un hilillo de sangre manaba entre sus dedos. Al cabo de un largo momento habló.

– ¿Qué está pasando aquí?

Su voz temblaba.

Géza meneó la cabeza.

– Dios mío -dijo-. Le ha mordido. -Retrocedió un paso-. Y yo he estado solo con ese hombre varias veces. Dijo que nos diría dónde podíamos encontrar a los norteamericanos, pero nunca me dijo que fuera…

– Pues claro que no -dijo Helen con desdén, aunque yo intenté acallarla-. Quería encontrar a su amo, seguirnos para llegar hasta él, no matarte. Vivo le eras más útil. ¿Te entregó nuestras notas?

– Cierra el pico.

Géza pareció a punto de abofetearla, pero percibí el miedo y el asombro en su voz, y yo la alejé con delicadeza.

– Vengan. -Ranov nos estaba haciendo señas con su pistola, mientras se apretaba el hombro herido con la otra mano-. Me han sido muy poco útiles. Quiero que vuelvan a Sofía y suban a un avión lo antes posible. Tienen suerte de que no me hayan dado permiso para hacerlos desaparecer. Sería demasiado incómodo.