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Pensé que iba a darnos una patada, como Géza había hecho con la pata de la silla, pero se volvió y nos condujo fuera de la biblioteca. Obligó a Stoichev a pasar delante. Supuse, con una punzada de pesar, lo que el pobre hombre habría sufrido en el curso de aquella persecución. No había sido intención de Stoichev que nos siguieran. Lo sabía por la expresión pesarosa que había visto en su cara al entrar en la cámara. ¿Habría conseguido regresar a Sofía antes de que le obligaran a dar media vuelta para seguirnos? Confié en que la reputación internacional de Stoichev le protegería de posteriores maltratos, tal como había ocurrido en el pasado. Pero Ranov… Eso era lo peor. Ranov volvería, contaminado, a sus responsabilidades con la policía secreta. Me pregunté si Géza intentaría hacer algo al respecto, pero el rostro del húngaro estaba tan sombrío que no me atreví a dirigirle la palabra.

Miré por última vez desde la puerta el majestuoso sarcófago, que había descansado allí durante casi quinientos años. Su ocupante podía estar ahora en cualquier lugar, o camino de cualquier lugar. Al final de la escalera, pasamos a gatas uno tras otro por la abertura (recé para que ninguna de las pistolas se disparara), y entonces vi algo muy extraño. El relicario de san Petko estaba abierto sobre su pedestal. Debían de haber utilizado algunas herramientas para abrirlo, puesto que nosotros no habíamos podido hacerlo antes. La losa de mármol que había debajo estaba en su sitio y cubierta con la tela bordada. Helen me dirigió una mirada inexpresiva. Miramos el relicario al pasar y vimos en el interior algunos fragmentos de hueso, un cráneo pulido, todo lo que quedaba del mártir.

Al salir a la noche, vimos una confusión de coches y gente. Por lo visto, Géza había llegado con un séquito, dos de cuyos miembros vigilaban las puertas de la iglesia. Drácula no había escapado por aquí, pensé. Las montañas se cernían sobre nosotros, más oscuras que el cielo oscuro. Algunos aldeanos se habían enterado de la llegada y habían acudido con antorchas encendidas. Retrocedieron cuando Ranov avanzó, miraron su chaqueta rota y ensangrentada, con el rostro tenso a la luz fluctuante. Stoichev tomó mi brazo. Su cabeza osciló cerca de mi oído.

– La cerramos -susurró.

– ¿Qué?

Me incliné para escucharle.

– El monje y yo fuimos los primeros en bajar a la cripta, mientras esos… esos matones registraban la iglesia y el bosque en busca de ustedes. Vimos al hombre de la tumba, no era Drácula, y comprendí que ustedes habían estado allí. Así que la cerramos, y cuando bajaron, sólo abrieron el relicario. Estaban tan furiosos, que pensé que iban a tirar los huesos del pobre santo. -El hermano Ivan parecía bastante corpulento, pero la fragilidad del profesor Stoichev debía ocultar una peculiar fuerza. Stoichev me miró fijamente-. Pero ¿quién estaba en esa tumba si no era…?

– El profesor Rossi -susurré. Ranov estaba abriendo las puertas del coche y nos ordenó subir.

Stoichev me dirigió una mirada rápida y elocuente.

– Lo siento muchísimo.

Así fue como dejé que mi más querido amigo descansara en Bulgaria. Que duerma en paz hasta el fin de los tiempos.

75

Después de nuestra aventura en la cripta, el salón de los Bora se nos antojó un paraíso en la tierra. Significó un exquisito alivio estar en aquella casa, con tazas de té caliente en la mano (hacía un frío poco usual para un mes de junio), y Turgut nos sonreía desde los cojines del diván. Helen se había quitado los zapatos en la puerta del apartamento y los había sustituido por unas zapatillas rojas con borlas que le prestó la señora Bora. Selim Aksoy también estaba presente, sentado en silencio en un rincón, y Turgut se encargaba de traducir todo a la señora Bora.

– ¿Estáis seguros de que la tumba estaba vacía? -preguntó por segunda vez Turgut, como si quisiera asegurarse de la respuesta.

– Muy seguros. -Miré a Helen-. Lo que no sabemos es si el ruido que oímos cuando entramos era el de Drácula al escapar. Ya debía ser de noche, y no debió costarle mucho huir.

– Y podría haber cambiado de forma, si la leyenda es cierta -suspiró Turgut-. ¡Malditos sean sus ojos! Estuvieron a punto de atraparle, amigos míos, más que la Guardia de la Media Luna en cinco siglos. Estoy muy contento de que no acabarais muertos, pero muy triste porque no pudisteis destruirle.

– ¿Adónde cree que fue?

Helen se inclinó hacia delante. Sus ojos se veían de un color oscuro intenso.

Turgut se acarició su gran barbilla.

– Bien, querida, eso no lo sé. Puede viajar deprisa y lejos, pero no sé hasta dónde. A otro lugar antiguo, seguro, algún escondite inviolado durante siglos. Ha debido disgustarle tener que abandonar Sveti Georgi, pero sabe que ese lugar ahora estará vigilado durante mucho tiempo. Daría mi mano derecha por saber si se ha quedado en Bulgaria o ha abandonado el país. Fronteras y políticas no significan gran cosa para él, estoy seguro.

Turgut frunció el ceño.

– ¿Cree que nos habrá seguido? -preguntó Helen, pero el ángulo de sus hombros me llevó a pensar que la indiferencia con que formulaba la pregunta le costaba cierto esfuerzo.

Turgut meneó la cabeza.

– Espero que no, madame profesora. Yo creo que ahora estará un poco asustado de ustedes, puesto que le han encontrado cuando nadie más lo había hecho.

Helen guardó silencio, y no me gustó la duda que vi en su cara. Selim Aksoy y la señora Bora la miraron con particular ternura, pensé. Tal vez se estaban preguntando cómo había permitido yo que se metiera en una situación tan peligrosa, aunque hubiera conseguido regresar íntegra.

Turgut se volvió hacia mí.

– Y lamento muchísimo lo de tu amigo Rossi. Me habría gustado conocerle.

– Sé que habríais disfrutado de vuestra mutua compañía -dije con sinceridad, y tomé la mano de Helen. Sus ojos se nublaban cada vez que hablábamos de Rossi, y apartó la mirada tratando de buscar privacidad.

– También me habría gustado conocer al profesor Stoichev.

Turgut volvió a suspirar y dejó la taza sobre la mesa de latón.

– Eso habría sido magnífico -dije, y sonreí al imaginar a los dos eruditos contrastando opiniones-. Tú y Stoichev habríais podido explicaros mutuamente el imperio otomano y los Balcanes medievales. Tal vez llegarás a conocerle algún día.

El meneó la cabeza.

– No lo creo -dijo-. Las barreras que nos separan son altas y espinosas, como lo eran entre tsar y un bajá, pero si vuelves a hablar con él, o le escribes, salúdale de mi parte.

Era una promesa fácil de hacer.

Selim Aksoy quiso hacernos una pregunta a través de Turgut, y éste le escuchó con

semblante serio.

– Nos estamos preguntando -dijo -si entre tanto caos y peligro viste el libro que

describió el profesor Rossi. Era la vida de san Jorge, ¿no? ¿Lo llevaron los búlgaros a la Universidad de Sofía?

La risa de Helen podía ser sorprendentemente infantil cuando estaba muy alegre, y me reprimí de darle un sonoro beso delante de todos. Apenas había sonreído desde que abandonamos la tumba de Rossi.

– Está en mi maletín -dije-. De momento.

Turgut nos miró fijamente, atónito, y tardó un largo minuto en reanudar su labor de intérprete.

– ¿Y cómo llegó a alojarse en él?

Helen estaba muda, sonriente, así que fui yo quien dio las explicaciones.

– No volví a pensar en ello hasta que estuvimos de vuelta en Sofía, en el hotel.

No, no podía contarles toda la verdad, de modo que me decanté por una versión educada.

La verdad era que, cuando por fin habíamos podido estar solos diez minutos en la

habitación de Helen, la tomé en mis brazos y besé su cabello oscuro, la apreté contra mi hombro, la amoldé a mi cuerpo a través de nuestras ropas de viaje sucias, como si fuera la otra parte de mí (la parte ausente de Platón, supongo), y entonces noté no sólo alivio por haber sobrevivido y poder abrazarnos, así como la belleza de sus largos huesos y su aliento en mi cuello, sino algo muy peculiar en su cuerpo, algo abultado y duro. Retrocedí y la miré aterrado, y vi su sonrisa irónica. Se llevó un dedo a los labios. Era un simple recordatorio.