– Debe de estar oscuro, sin ninguna ciudad cerca -dije.
Ella asintió.
– Está muy oscuro, pero aquí siempre ha sido igual, ¿no crees? -¿Por qué no vienes a la cama?
Pasé la mano por encima de ti y palmeé su catre.
– De acuerdo -dijo sin protestar. De hecho, sonrió cuando se inclinó para besarme antes de acostarse. La retuve en mis brazos un momento y sentí la fuerza de sus hombros, la piel suave de su cuello. Después se estiró y cubrió, y dio la impresión de dormirse mucho antes de que yo hubiera terminado el capítulo de mi libro y apagado el farol.
Desperté al amanecer, y noté una especie de brisa en la habitación. Reinaba un profundo silencio. Tú respirabas a mi lado bajo tu manta de lana, pero el catre de Helen estaba vacío.
Me levanté sin hacer ruido y me puse los zapatos y la chaqueta. Los claustros estaban oscuros, el patio gris, la fuente era una masa de sombras. Pensé que el sol tardaría bastante en iluminar ese lugar, puesto que antes debía alzarse sobre aquellos enormes picos del este.
Busqué a Helen sin llamarla, porque sabía que le gustaba despertarse temprano, y debía estar absorta en sus pensamientos sentada en un banco, a la espera de la aurora. Sin embargo, no vi ni rastro de ella, y cuando el cielo se aclaró un poco empecé a buscarla con más rapidez, fui una vez al banco en que nos habíamos sentado el día anterior y entré en la capilla, con su olor fantasmal a humo.
Por fin empecé a llamarla por el nombre, primero en voz baja, después a gritos y luego alarmado. Al cabo de unos minutos, un monje salió del refectorio, donde debían estar tomando la primera comida del día y preguntó si podía ayudarme, si necesitaba algo. Le expliqué que mi mujer había desaparecido y empezó a buscar conmigo.
– Puede que madame saliera a pasear.
Pero no descubrimos ni rastro de ella ni en el huerto, ni en el aparcamiento, ni en la cripta.
Buscamos por todas partes mientras el sol se encaramaba a los picos, y después mi
acompañante fue a buscar más monjes, y uno dijo que tomaría el coche para bajar a Les Bains y hacer indagaciones. Guiado por un impulso, le pedí que volviera con la policía.
Después te oí llorar en el hostal. Corrí hacia ti, temeroso de que te cayeras al suelo, pero sólo acababas de despertarte. Te di de comer a toda prisa y te acuné en mis brazos, y luego volví a buscar en los mismos lugares.
Por fin, pedí que todos los monjes se reunieran para interrogarlos. El abad dio su
consentimiento y los condujo hasta los claustros. Nadie había visto a Helen después de que fuéramos al hostal una vez terminada la cena. Todo el mundo estaba preocupado. La pauvre, dijo un monje anciano, lo cual me irritó. Pregunté si alguien había hablado con ella el día anterior o si habían observado algo raro.
– Por regla general, no hablamos con mujeres -me dijo el abad con mansedumbre.
Pero un monje se adelantó, y reconocí al instante al anciano cuya tarea consistía en estar sentado en la cripta. Su rostro se veía tan sereno y bondadoso como había aparecido a la luz del farol en la cripta el día anterior, con aquella leve confusión que yo ya había observado.
– Madame se paró a hablar conmigo -dijo-. No me gustó quebrantar nuestra norma, pero era una dama tan educada y amable que contesté a sus preguntas.
– ¿Qué le preguntó?
Mi corazón ya se había acelerado, pero ahora se desbocó.
– Me preguntó quién estaba enterrado allí, y yo expliqué que era uno de nuestros primeros abades, y que reverenciamos su memoria. Después preguntó qué grandes cosas había hecho, y yo le expliqué que tenemos una leyenda -miró al abad, el cual asintió para animarle a continuar-, la leyenda de que vivió una vida de santidad, pero en la muerte tuvo la desgracia de recibir una maldición, de manera que se alzó de su tumba para atacar a los monjes, y su cuerpo tuvo que ser purificado. Después una rosa blanca creció en su corazón como muestra de que la Virgen le había perdonado.
– ¿Por eso alguien se sienta siempre a su lado, para vigilarle? -pregunté enfurecido.
El abad se encogió de hombros.
– Honrar su recuerdo es una de nuestras tradiciones.
Me volví hacia el monje anciano, pero tuve que reprimir el deseo de retorcerle el pescuezo y ver teñirse de azul su cara.
– ¿Le contó esto a mi esposa?
– Me interrogó acerca de nuestra historia, monsieur. No me pareció mal contestar a sus preguntas.
– ¿Y qué le dijo ella?
El hombre sonrió.
– Me dio las gracias con su dulce voz y me preguntó mi nombre, y yo le dije que era frère Kiril.
Enlazó las manos sobre la cintura.
Tardé un momento en asimilar aquellos sonidos, pues el nombre me resultaba desconocido por el acento francés en la segunda sílaba, por aquel inocente frère. Después te estreché entre mis brazos para no dejarte caer.
– ¿Ha dicho que se llama Kiril? ¿Me puede deletrear el nombre?
El atónito monje obedeció.
– ¿De dónde sacó ese nombre? -pregunté. No podía evitar que mi voz temblara-. ¿Es su nombre verdadero? ¿Quién es usted?
El abad intervino, tal vez porque el anciano parecía muy perplejo.
– No es su nombre de pila -explicó-. Todos adoptamos un nombre cuando hacemos los votos. Siempre ha habido un Kiril, alguien siempre lleva este nombre, y un frère Michel, ése de ahí…
– ¿Me está diciendo que hubo un hermano Kiril antes que él, y también otro antes? – pregunté al tiempo que te sujetaba con fuerza.
– Oh, sí -dijo el abad, claramente perplejo por mi feroz interrogatorio-. A lo largo de toda nuestra historia, por lo que nosotros sabemos. Estamos orgullosos de nuestras tradiciones. No nos gustan las costumbres nuevas.
– ¿Cuál es el origen de esta tradición?
A estas alturas, casi me había puesto a gritar.
– No lo sabemos, monsieur -dijo el abad en tono paciente-. Siempre ha existido.
Me acerqué a él y nuestras narices casi se tocaron.
– Quiero que abra el sarcófago de la cripta -dije.
El hombre retrocedió, estupefacto.
– ¿Qué está diciendo? No podemos hacer eso.
– Acompáñeme. Tenga -Te deposité en los brazos del joven monje que nos había
enseñado el monasterio el día anterior-. Haga el favor de sostener a mi hija. -Te cogió, sin tanta torpeza como yo esperaba, y te sostuvo en brazos. Tú te pusiste a llorar-. Venga -dije al abad. Le arrastré hacia la cripta e indicó a los monjes con un gesto que no nos siguieran. Bajamos los peldaños a toda prisa. En el gélido agujero, donde el hermano Kiril había dejado dos velas ardiendo, me volví hacia el abad-. No es necesario que cuente a nadie esto, pero debo ver el interior del sarcófago. -Hice una pausa para dotar de mayor énfasis a mis palabras-. Si no me ayuda, descargaré todo el peso de la ley sobre su monasterio.
Me lanzó una mirada (¿de miedo?, ¿de resentimiento?, ¿de compasión?) y se encaminó a un extremo del sarcófago. Juntos deslizamos a un lado la pesada losa, lo suficiente para atisbar en el interior. Alcé una vela. El sarcófago estaba vacío. El abad abrió los ojos sorprendido y volvió a colocar la losa en su sitio con un enérgico empujón. Nos miramos. Tenía un hermoso y astuto rostro galo, que en otras circunstancias me habría gustado muchísimo.
– Le ruego que no diga nada de esto a los hermanos -susurró, y luego se volvió y subió la escalera.
Le seguí, mientras me esforzaba por decidir qué debía hacer a continuación. Volveríamos de inmediato a Les Bains, concluí, y avisaríamos a la policía. Tal vez Helen había decidido volver a París antes que nosotros (aunque no podía imaginar por qué), o incluso a casa.
Notaba un terrible martilleo en los oídos, el corazón en la garganta, el sabor de la sangre en la boca.