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Me quedé inmóvil en la calle, invadida por una sensación de irrealidad. Los coches que pasaban eran tan sólidos como antes, sonó la bocina de uno, un hombre que llevaba a un perro sujeto con una correa intentó pasar entre mí y un árbol. Alcé la vista al instante hacia las ventanas del museo, pensando en la bibliotecaria, pero los vidrios sólo reflejaban las casas de delante. No se movía ninguna cortina de encaje, y ninguna puerta se cerró al instante cuando miré alrededor de mí. No vi nada anormal en la calle.

En la habitación de mi hotel dejé mi libro sobre la mesa con cubierta de cristal y me lavé la cara y las manos. Después me acerqué a las ventanas y contemplé la vista de la ciudad. Un poco más abajo de la manzana vi la majestuosa fealdad del ayuntamiento de Filadelfia, con la estatua del pacifista William Penn en equilibrio sobre la parte superior. Desde aquel punto, los parques eran cuadrados verdes formados por copas de árboles. Las torres de los bancos reflejaban la luz. Lejos, a mi izquierda, vi el edificio federal que había sido bombardeado el mes anterior, las grúas rojas y amarillas que trabajaban en el centro, y oí el rugido de los trabajos de reconstrucción.

Pero no fue esa escena la que abarcaron mis ojos. Estaba pensando, pese a todo, en otra, que me daba la impresión de haber visto antes. Me apoyé contra la ventana, sentí el calor del verano, me sentí extrañamente segura pese a la altura que me separaba del suelo, como si la inseguridad perteneciera a un plano de la existencia completamente diferente.

Estaba imaginando una transparente mañana de otoño de 1476, una mañana lo bastante fría para que la niebla se elevara de la superficie del lago. Una barca encalla en el borde de la isla, bajo las murallas y las cúpulas, con sus cruces de hierro. Se oye el suave roce de la proa de madera contra las rocas, y dos monjes salen corriendo de entre los árboles para tirar de ella hacia la orilla. El hombre que desciende está solo y los pies que posa sobre el muelle de piedra están protegidos por unas excelentes botas de cuero rojo, cada una provista de una espuela. Es más bajo que los dos jóvenes monjes, pero da la impresión de que se alza sobre ellos. Va vestido de damasco púrpura y rojo bajo una larga capa de terciopelo negro, ceñida sobre su ancho pecho con un broche muy adornado. Se toca la cabeza con un gorro puntiagudo negro, con plumas rojas sujetas a la parte delantera. Su mano, cuyo dorso está surcado de cicatrices, juguetea con la espada corta sujeta al cinto. Sus ojos son verdes, separados y de un tamaño preternatural, la boca y la nariz crueles, el pelo y el bigote negros veteados de blanco.

Ya han avisado al abad, el cual corre a recibirle bajo los árboles.

– Nos sentimos honrados, mi señor -dice, y extiende la mano. Drácula besa su anillo y el abad hace la señal de la cruz-. Bendito seas, hijo mío -añade en señal espontánea de agradecimiento. Sabe que la aparición del príncipe es poco menos que milagrosa. Es muy probable que Drácula haya atravesado territorios conquistados por los turcos para llegar hasta allí. No es la primera vez que el amo del abad aparece como por intercesión divina. El abad se ha enterado de que los habitantes de Curtea de Arges no tardarán en nombrar de nuevo a Drácula gobernador de Valaquia, y entonces, sin duda, el Dragón expulsará por fin a los turcos de la región. Los dedos del abad tocan la amplia frente del príncipe cuando le bendice.

– Nos imaginamos lo peor cuando no vinisteis en primavera. Dios sea alabado.

Drácula sonríe pero no dice nada, y dirige al abad una larga mirada. Ya han discutido acerca de la muerte en anteriores ocasiones, recuerda el abad. Al confesarse, Drácula le ha preguntado varias veces si él, un hombre santo, cree que todos los pecadores serán admitidos en el paraíso si se arrepienten con sinceridad. Al abad le preocupa sobremanera que su amo reciba la extremaunción cuando llegue el momento, aunque tiene miedo de decírselo. No obstante, gracias a la diplomática insistencia del abad, Drácula ha vuelto a bautizarse en la verdadera fe para demostrar su arrepentimiento por haberse convertido de manera temporal a la herética Iglesia occidental. El abad se lo ha perdonado todo en privado, todo. ¿Acaso no ha dedicado Drácula toda su vida a repeler a los infieles, al monstruoso sultán que está derribando todas las murallas de la cristiandad? Pero en privado se pregunta si el Todopoderoso aceptará a ese hombre extraño. Confía en que Drácula no saque a colación el tema del paraíso, y se siente aliviado cuando el príncipe solicita ver los progresos que ha hecho en su ausencia. Pasean juntos alrededor del patio del monasterio, y las gallinas huyen despavoridas a su paso. Drácula inspecciona los edificios recién terminados y los huertos en flor con mirada de satisfacción, y el abad se apresura a enseñarle los caminos que han abierto desde su última visita.

Toman té en la cámara del abad, y después Drácula deposita una bolsa de terciopelo ante el monje.

– Abridla -dice, al tiempo que se alisa el bigote. Está sentado con las musculosas piernas abiertas. La espada omnipresente cuelga todavía a su lado. Al abad te gustaría que Drácula hiciera sus regalos con más humildad, pero abre la bolsa en silencio-. Tesoros turcos – dice Drácula con una amplia sonrisa. Se le ha caído un diente de abajo, pero los demás se ven blancos y fuertes. El abad encuentra dentro de la bolsa joyas de una belleza absoluta, grandes ramilletes de esmeraldas y rubíes, pesados anillos de oro y broches de manufactura otomana, y entre ellos otros objetos, incluida una hermosa cruz de oro engastada de zafiros oscuros. El abad no quiere saber cuál es su procedencia-. Amueblaremos la sacristía y pondremos una nueva pila bautismal -dice Drácula-. Quiero que traigáis artesanos de donde más os plazca. Esto pagará con largura sus servicios, y quedará suficiente para mi tumba.

– ¿Vuestra tumba, mi señor?

El abad clava la mirada respetuosamente en el suelo.

– Sí, eminencia. -Acerca de nuevo la mano al pomo de la espada-. He estado pensando en ello y me gustaría que me enterraran ante el altar, con una losa de mármol encima. Me dispensaréis la mejor ceremonia cantada posible, por supuesto. Mandad que venga un segundo coro a tal efecto. -El abad hace una reverencia, pero el rostro del hombre el brillo calculador en los ojos verdes le acobardan-. Además, haré otras peticiones, que recordaréis con exactitud. Quiero que pinten mi retrato en la losa, sin cruz.

El abad alza la vista sorprendido.

– ¿Sin cruz, mi señor?

– Sin cruz -afirma el príncipe. Mira fijamente al abad, y por un momento éste no se atreve a hacer más preguntas, pero es el consejero espiritual del hombre, y al cabo de otro momento habla.

– Todas las tumbas llevan la marca del sufrimiento de nuestro Salvador, y la vuestra ha de recibir el mismo honor.

El rostro de Drácula se nubla.

– No pienso plegarme durante mucho tiempo a la muerte -dice en voz baja.

– Sólo hay una forma de escapar a la muerte -contesta con valentía el abad-, y es por mediación del Redentor, si Él nos concede Su gracia.

Drácula le mira durante unos segundos, y el abad se esfuerza por no desviar la mirada.

– Tal vez -dice el príncipe por fin-. Pero hace poco conocí a un hombre, un mercader que ha viajado a un monasterio de Occidente. Dijo que existe un lugar en la Galia, la iglesia más antigua de esa parte del mundo, en que algunos monjes han vencido a la muerte mediante métodos secretos. Se ofreció a venderme esos secretos, que ha anotado en un libro.

El abad se estremece.

– Dios nos libre de tales herejías -se apresura a decir-. Estoy seguro, hijo mío, de que habéis rechazado esa tentación.

Drácula sonríe.

– Ya sabéis que soy un amante de los libros.