Recordarás que había tres mapas, graduados en escala para plasmar la misma región anónima cada vez en más detalle. Dicha región, incluso dibujada con mi mano nada artística aunque minuciosa, poseía una forma muy definida. Parecía una bestia de alas simétricas. Un largo río surgía de ella hacia el sudoeste, ensortijado como la cola del dragón. Estudié la xilografía y mi corazón palpitó de una manera extraña. La cola del dragón estaba provista de púas, y su extremo era una flecha que apuntaba (aquí casi lancé una exclamación en voz alta, olvidando todas las semanas transcurridas desde que me había recuperado de mi antigua obsesión) hacia el punto que correspondía en mi mapa al emplazamiento de la Tumba Impía.
El parecido visual entre las dos imágenes era tan sorprendente que no podía ser una coincidencia. ¿Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta, en el archivo, de que la región representada en aquellos mapas tenía la forma exacta de mi dragón, como si arrojara su sombra desde lo alto? La xilografía que tanto me había intrigado antes de mi viaje debía contener un significado preciso, un mensaje. Estaba pensada para amenazar e intimidar, para conmemorar el poder. Pero, para los testarudos, podía ser una pista. Su cola apuntaba a la tumba al igual que un dedo apunta a uno mismo: éste soy yo. Estoy aquí. ¿Y quién estaba allí, en el punto central, en aquella Tumba Impía? El dragón sostenía la respuesta en sus garras cruelmente afiladas: DRAKULYA.
Percibí el sabor de una tensión acre, como si fuera mi sangre, en el fondo de la garganta. Sabía que debía defenderme de estas conclusiones, tal como me advertía mi preparación, pero sentía una convicción más profunda que la razón. Ninguno de los mapas plasmaba el lago Snagov, donde se suponía que Vlad Tepes había sido enterrado. Esto debía significar que Tepes (Drácula) descansaba en otro lugar, un lugar que ni siquiera la leyenda había conservado. Pero ¿dónde se hallaba esa tumba?, me pregunté en voz alta, bien a mi pesar.
¿Y por qué se había conservado en secreto su emplazamiento?
Mientras intentaba ensamblar estas piezas del rompecabezas, oí el sonido familiar de unos pasos en el corredor (el paso lento y entrañable de Hedges), y pensé distraído que debía esconder estos materiales, ir a la puerta, servir jerez, prepararme para una charla cordial.
Estaba ya medio levantado, recogiendo papeles, cuando de pronto oí el silencio. Era como un error en una pieza musical, una nota sostenida demasiado rato, de manera que paralizaba al oyente como ningún otro acorde podría conseguirlo. Los pasos familiares se habían detenido ante mi puerta, pero Hedges no había llamado, tal como era su costumbre. Mi corazón reprodujo como un eco aquella nota errónea. Sobre el crujido de mis papeles y el tamborileo de la lluvia sobre el canalón que había encima de mi ventana, ahora oscurecida, oí un zumbido, el sonido de la sangre que retumbaba en mis oídos. Dejé caer el libro, corrí hacia la puerta exterior de mis aposentos, giré la llave y la abrí.
Hedges estaba allí, pero tendido en el suelo, con la cabeza echada hacia atrás y el cuerpo torcido de costado, como si una gran fuerza le hubiera derrumbado. Caí en la cuenta, casi al borde de la náusea, de que no le había oído gritar ni caer. Tenía los ojos abiertos, perdidos en la lejanía. Durante un segundo eterno pensé que estaba muerto. Entonces, su cabeza se movió y mi amigo emitió un gruñido. Me agaché a su lado.
– ¡Hedges!
Gimió de nuevo y parpadeó varias veces.
– ¿Me oyes? -pregunté con voz estrangulada, casi sollozando de alivio porque estaba vivo. En aquel momento, su cabeza giró de manera convulsiva y reveló un corte sanguinolento en un lado del cuello. No era grande, pero parecía profundo, como si un perro le hubiera desgarrado la carne; la sangre manaba en abundancia sobre el cuello de su camisa y caía al suelo, al lado de su hombro-. ¡Socorro! -grité. Dudo de que alguien hubiera roto de forma tan violenta el silencio que reinaba en el pasillo chapado en roble en todos los siglos transcurridos desde su construcción. Tampoco sabía si serviría de algo. Era la noche en que la mayoría de compañeros cenaban con el director del colegio. Entonces una puerta se abrió al final del corredor y el mayordomo del profesor Jeremy Forester vino corriendo, un tipo estupendo llamado Ronald Egg, que ya se ha marchado de la institución.
Dio la impresión de que comprendió la situación al punto, con los ojos desorbitados, y después se arrodilló para atar su corbata sobre la herida del cuello de Hedges.
– Hemos de sentarle, señor -me dijo-, curar ese corte, si no tiene más heridas. -Palpó con cuidado el cuerpo rígido de Hedges, y como mi amigo no protestó lo apoyamos contra la pared. Yo le sostenía con mi hombro, en el que se apoyó con fuerza, los ojos cerrados-.Voy a buscar al médico -dijo Ronald, y se alejó por el pasillo.
Tomé el pulso a Hedges. Su cabeza descansó en mi hombro, pero los latidos de su corazón parecían firmes. Intenté que recuperara el sentido.
– ¿Qué ha pasado, Hedges? ¿Alguien te atacó? ¿Me oyes, Hedges?
Abrió los ojos y me miró. Tenía la cabeza inclinada a un lado, y la mitad de su cara parecía flácida, azulina, pero habló de manera inteligible.
– Me dijo que te dijera…
– ¿Qué? ¿Quién?
– Me dijo que te dijera que él no tolerará intromisiones.
La cabeza de Hedges se apoyó de nuevo contra la pared, aquella excelente cabeza grande que alojaba una de las mentes más brillantes de Inglaterra. El vello de mis brazos se erizó cuando le sostuve.
– ¿Quién, Hedges? ¿Quién te dijo eso? ¿Te hizo daño? ¿Le viste?
Unas burbujas de saliva se formaron en la comisura de su boca, y movió las manos.
– No tolerará intromisiones -gorjeó.
– Estáte quieto -le urgí-. No hables. El médico llegará enseguida. Intenta relajarte y respirar.
– Qué pena -murmuró Hedges-. Pope y los aliterativos. Dulce ninfa. Para polemizar.
Le miré, y sentí un nudo en el estómago.
– ¿Hedges?
– «La violación de la cerradura»
– dijo cortésmente Hedges-. Sin duda.
El médico de la universidad que le ingresó en el hospital me dijo que Hedges había sufrido una apoplejía además de la herida.
– Producida por el shock. Ese corte en el cuello… -añadió ante la habitación de Hedges-. Da la impresión de que fue producido por algo afilado, lo más probable unos dientes afilados, de un animal. ¿No tendrán un perro?
– Por supuesto que no. No se permiten en los aposentos del colegio.
El médico meneó la cabeza.
– Qué raro. Creo que fue atacado por un animal cuando se dirigía a su habitación, y el shock desencadenó una apoplejía que tal vez iba a producirse tarde o temprano. De momento, no está en sus cabales, aunque es capaz de formar palabras coherentes. Temo que habrá una investigación, debido a la herida, pero a mí me parece que al final encontraremos el perro guardián de alguien. Intente pensar qué camino pudo seguir Hedges para llegar a sus aposentos.
La investigación no descubrió nada satisfactorio, pero tampoco fui acusado, pues la policía no encontró ningún móvil ni pruebas de que hubiera atacado a Hedges. Éste fue incapaz de testificar, y al final calificaron el incidente de «autolesión», lo cual me pareció una mancha que podría haberse evitado en su reputación. Un día, cuando fui a verle a la residencia, pedí a Hedges que reflexionara sobre las palabras «No toleraré intromisiones».
Volvió hacia mí sus ojos desprovistos de curiosidad, y se tocó con los dedos morcilludos la herida del cuello.