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– Si es así, Boswell

– dijo con placidez, casi con humor- Si no, lárgate.

Murió pocos días después, a consecuencia de una segunda apoplejía sufrida por la noche.

La residencia no informó de heridas externas en el cuerpo. Cuando el director del colegio vino a decírmelo, me juré que trabajaría sin descanso para vengar la muerte de Hedges, si conseguía imaginar cómo.

No tengo ánimos para describir con detalle el dolor del funeral celebrado en nuestra capilla del Trinity, los sollozos ahogados de su anciano padre cuando el coro infantil inició los salmos para consolar a los vivos, la rabia que sentí hacia la impotente Eucaristía en su bandeja. Hedges fue enterrado en su pueblo de Dorset, y visité la tumba, yo solo, un templado día de noviembre. La lápida reza REQUIESCAT IN PACE, que habría sido mi elección exacta, de haber dependido de mí la decisión. Para mi infinito alivio, es el más tranquilo de los cementerios rurales, y el párroco habla del entierro de Hedges como si se tratara de un honor para la localidad. No oí historias de vrykolakas ingleses en el pub de la calle mayor, ni siquiera cuando dejé caer descaradas insinuaciones. Al fin y al cabo, Hedges sólo fue atacado una vez, no las diversas que Stoker describe como necesarias para contaminar a una persona viva el mal de los No Muertos. Creo que fue sacrificado como mera advertencia… dirigida a mí. ¿Y también a ti, desventurado lector?

Tuyo con profundo dolor, Bartholomew Rossi

Mi padre agitó los cubitos en el vaso, como para mantener la mano firme y poder hacer algo. El calor de la tarde estaba dando paso a una serena noche veneciana, y las sombras de turistas y edificios se alargaban sobre la piazza. Una bandada enorme de palomas alzo el vuelo desde las piedras del pavimento, asustadas por algo. El frío de las bebidas se me había contagiado por fin, se me había metido en los huesos. Alguien rió a lo lejos, y oí que los chillidos de las gaviotas se imponían al ruido de las palomas. Un joven con camisa blanca y tejanos se acercó para hablar con nosotros. Llevaba colgada al hombro una bolsa de lona, y su camisa estaba manchada de colores.

– ¿Compra un cuadro, signore? -dijo, y sonrió a mi padre-. Usted y la signorina son las estrellas de mi cuadro de hoy.

– No, no, grazie -contestó como un autómata mi padre. Las plazas y callejuelas estaban plagadas de aquellos teóricos estudiantes de arte. Era la tercera escena de Venecia que nos ofrecían aquel día. Mi padre echó un vistazo fugaz al cuadro. El joven, sin dejar de sonreír, tal vez por no querer marcharse sin recibir al menos un cumplido, lo alzó para que yo lo viera, y yo asentí. Un segundo después, se alejó en busca de otros turistas, y yo me quedé petrificada, mientras le seguía con la mirada.

El cuadro que me había enseñado era una acuarela ejecutada con tonos intensos. Plasmaba nuestro café y la esquina del Florián, una impresión luminosa y no provocativa de la tarde.

El artista debía estar situado detrás de mí, pensé, pero bastante cerca del café. Había una mancha de color que reconocí como la parte posterior de mi sombrero de paja rojo, y mi padre era un borrón canela y azul un poco más allá. Era una obra elegante e informal, la imagen de la indolencia veraniega, algo que a un turista le gustaría guardar como recuerdo día en el Adriático. Pero mi vistazo me había revelado una figura solitaria sentada más allá de mi padre, una figura de hombros anchos y cabeza oscura, una silueta negra entre los alegres colores del toldo y los manteles. Recordaba muy bien que la mesa había estado desocupada toda la tarde.

13

Nuestro siguiente viaje nos llevó una vez más hacia el este, más allá de los Alpes Julianos.

La pequeña ciudad de Kostanjevica, «lugar del castaño», estaba llena de castañas en esta época del año, algunas ya en el suelo, de forma que si pisabas mal en las calles adoquinadas corrías el peligro de resbalar. Delante de la residencia del alcalde, construida para albergar a un burócrata austrohúngaro, había castañas por todas partes, con sus cáscaras de aspecto agresivo, un enjambre de diminutos puerco espines.

Mi padre y yo paseábamos con parsimonia, disfrutando del final de un templado día otoñal (en el dialecto local se llamaba «verano zíngaro», nos dijo una mujer en una tienda), y yo reflexionaba sobre las diferencias entre el mundo occidental, que se hallaba a unos pocos centenares de kilómetros, y este oriental, un poco al sur de Emona. Aquí, todos los comercios parecían iguales, y también los empleados, con sus guardapolvos de color azul marino y sus pañuelos de flores, y sus dientes de oro o acero inoxidable que nos enviaban destellos desde el otro lado del mostrador medio vacío. Habíamos comprado una enorme tableta de chocolate como complemento de nuestro almuerzo de lonchas de salami, pan moreno y queso, y mi padre llevaba botellas de Naranca, mi refresco de naranja favorito, que ya me recordaba Ragusa, Emona, Venecia.

La última reunión celebrada en Zagreb había concluido el día anterior, mientras yo daba el toque final a mi trabajo de historia. Mi padre quería ahora que también estudiara alemán, y yo estaba ansiosa, no por su insistencia, sino a pesar de ella. Iba a empezar al día siguiente, con un método de la librería de idiomas extranjeros de Amsterdam. Tenía un nuevo vestido corto verde y calcetines amarillos largos hasta la rodilla, mi padre sonreía debido a un chiste ininteligible que aquella mañana habían intercambiado dos diplomáticos, y las botellas de Naranca tintineaban en nuestra bolsa. Ante nosotros se extendía un puente de piedra que cruzaba el río Kostan. Corrí para echar mi primer vistazo, pues quería disfrutarlo en privado, sin ni siquiera mi padre al lado.

El río se curvaba hasta perderse de vista cerca del puente, y su curva acunaba un diminuto castillo eslavo del tamaño de una villa, con cisnes que nadaban bajo sus muros y se alimentaban en la orilla. Mientras miraba, una mujer vestida con una chaqueta azul abrió la ventana de arriba empujándola hacia fuera, de manera que sus cristales emplomados centellearon al sol, y sacudió el trapo de sacar el polvo. Bajo el puente se agrupaban sauces jóvenes, y por entre los huecos de sus raíces entraban y salían golondrinas. Vi en el parque del castillo un banco de piedra (no demasiado cerca de los cisnes, que todavía me daban miedo, aunque ya era adolescente), con castaños inclinados sobre él, resguardado a la sombra que arrojaban los muros de la propiedad. El pulcro traje de mi padre estaría a salvo si se sentaba en él, y podría quedarse más tiempo del previsto y hablar aunque no quisiera.

Durante todo el tiempo que estuve examinando esas cartas en mi apartamento -dijo mi padre, mientras se limpiaba los restos de salami de sus manos con un pañuelo de algodón-, algo relacionado con el trágico problema de la desaparición de Rossi seguía atormentándome. Cuando dejé sobre la mesa la carta que relataba el horripilante accidente de su amigo Hedges, me sentí demasiado mal durante unos momentos para pensar con claridad. Tuve la impresión de haber penetrado en un mundo enfermo, un submundo del universo académico que había conocido durante tantos años, un subtexto de la narrativa habitual de la historia que siempre había dado por supuesta.

Según mi experiencia de historiador, los muertos se quedaban respetosamente muertos, la Edad Media había conocido horrores de verdad, no sobrenaturales, Drácula era una pintoresca leyenda de la Europa del Este resucitada gracias a las películas de mi infancia, y en 1930 faltaban tres años para que Hitler asumiera poderes dictatoriales en Alemania, un terror que sin duda excluía todas las demás posibilidades.

De manera que me sentí asqueado un segundo, e irritado con mi desaparecido mentor por haberme legado estas desagradables ilusiones. Después, el tono apesadumbrado y afectuoso de sus cartas me afectó una vez más, y sentí remordimientos por mi deslealtad. Rossi dependía de mí, y sólo de mí. Si yo me negaba a suspender la incredulidad por culpa de principios pedantes, jamás volvería a verle.