Recogí mi maletín y corrí a una cabina telefónica cercana al refectorio de los estudiantes.
– Información de la universidad, por favor. -Nadie me había seguido, por lo que yo podía ver, pero cerré la puerta y vigilé a los transeúntes-. ¿Consta inscrita una tal señorita Helen Rossi? Sí, estudiante de posgrado -aventuré.
La operadora de la universidad era lacónica. La oí mover papeles con parsimonia.
– Tenemos a una H. Rossi en el dormitorio femenino de posgrado.
– Esa es. Muchísimas gracias. -Apunté el número y marqué de nuevo. Contestó un ama de llaves, de voz penetrante y protectora.
– ¿La señorita Rossi? ¿Quién llama, por favor?
Oh, Dios. No había pensado en eso.
– Su hermano -me apresuré a contestar-. Me dijo que la localizaría en este número.
Oí pasos que se alejaban del teléfono, otros más firmes que se acercaban, el roce de una mano al levantar el auricular.
– Gracias, señorita Lewis -dijo una voz lejana, a modo de despedida. Después habló en mi oído y escuché el tono bajo y enérgico que recordaba de la biblioteca-. No tengo ningún hermano -dijo. Sonó como una advertencia, no como una mera información-.
¿Quién es usted?
Mi padre se frotó las manos para calentarlas, y las mangas de su chaqueta crujieron como papel de seda. Helen, pensé, aunque no osé repetir el nombre en voz alta. Era un nombre que siempre me había gustado. Me evocaba algo hermoso y valiente, como la portada prerrafaelita que plasmaba a Helena de Troya en mi ejemplar de La Ilíada para niños, que tenía en mi casa de Estados Unidos. Por encima de todo, había sido el nombre de mi madre, un tema del que mi padre nunca hablaba.
Le miré fijamente, pero ya estaba volviendo a hablar.
– Un té caliente en uno de esos cafés de ahí abajo -dijo-. Eso es lo que necesito. ¿Qué opinas?
Observé por primera vez en su cara (la cara hermosa y discreta de un diplomático), las espesas ojeras que dotaban a su nariz de una apariencia de haber sido estrujada en la base, como si nunca durmiera bastante. Se levantó y estiró, y después nos asomamos a cada una de las vistas enmarcadas por última vez. Me retuvo un poco, como temeroso de que fuera a caer.
17
Atenas puso nervioso a mi padre, además de cansarlo. Lo vi con toda claridad nada más pasado un día después de nuestra llegada. Por mi parte, me pareció estimulante. Me gustaban las sensaciones combinadas de decadencia y vitalidad, el tráfico asfixiante y maloliente que daba vueltas alrededor de sus parques, plazas y restos de antiguos monumentos, el Jardín Botánico con un león enjaulado en el centro, la Acrópolis en lo alto, con toldos de restaurantes de aspecto frívolo aleteando alrededor de su base. Mi padre prometió que subiríamos a ver el panorama en cuanto tuviéramos tiempo. Era febrero de 1974, la primera vez en casi tres meses que él viajaba, y me había traído a regañadientes, porque no le gustaba la presencia de los militares en las calles. Yo tenía la intención de disfrutar al máximo de cada momento.
En el ínterin, trabajaba con diligencia en la habitación de nuestro hotel, mirando por una ventana las alturas coronadas de templos, como si pudieran ponerse a volar después de dos mil quinientos años y desaparecer sin que yo los hubiera explorado. Veía las calles, callejas y callejuelas que ascendían hasta la base del Partenón. Sería un paseo largo y lento (estábamos otra vez en un país cálido, donde el verano empezaba pronto), entre casas encaladas y tiendas de albañilería donde servían limonadas, un sendero que desembocaba en antiguos mercados y templos de vez en cuando, y después atravesaba barrios con los techos de tejas. Veía parte de ese laberinto desde la mugrienta ventana. Ascendíamos de una panorámica a otra, veíamos lo que los habitantes del barrio de la Acrópolis veían desde su puerta cada día. Imaginaba desde aquí las vistas de ruinas, edificios municipales, parques semitropicales, calles serpenteantes, iglesias coronadas de oro o de tejas rojas que destacaban en la luz nocturna como rocas de colores diseminadas en una playa grisácea.
Más lejos, veíamos las cordilleras lejanas de edificios de apartamentos, hoteles más nuevos que el nuestro, una extensión de suburbios que habíamos atravesado en tren el día anterior.
Más allá, la distancia era excesiva para dar rienda suelta a la imaginación. Mi padre se secó la cara con el pañuelo. Y supe, al mirarle de reojo, que cuando llegáramos a la cumbre no sólo me enseñaría las ruinas antiguas, sino también otro destello de su pasado.
El restaurante que había elegido -dijo mi padre- estaba lo bastante lejos del campus para sentirme fuera del alcance del siniestro bibliotecario (quien no debía abandonar su puesto de trabajo, pero probablemente hacía un alto para comer en algún sitio), pero lo bastante cerca para constituir una proposición razonable, no un lugar solitario donde un asesino múltiple se citaría con una mujer a la que apenas conocía. No estoy seguro de si esperaba que llegaría con retraso, vacilante acerca de mis motivos, pero Helen se me adelantó, de manera que cuando abrí la puerta del restaurante, la vi quitándose su pañuelo de seda azul en un rincón alejado, y también sus guantes blancos. Recuerda que aún vivíamos en una época de complementos encantadores pero poco prácticos, incluso para las universitarias menos feministas. Llevaba el pelo apartado de la cara, de manera que cuando se volvió a mirarme, tuve la sensación de que sus ojos eran todavía más enormes de lo que había pensado el día anterior, en la mesa de la biblioteca.
– Buenos días -dijo con voz fría-. Le he pedido un café, pues sonaba muy fatigado por teléfono.
Esto se me antojó presuntuoso (¿cómo podía diferenciar mi voz fatigada de la descansada, y qué pasaría si mi café llegaba frío?), pero esta vez me presenté y estreché su mano, mientras intentaba disimular mi inquietud. Deseaba interrogarla de inmediato sobre su apellido, pero pensé que sería mejor esperar una buena oportunidad. Sentí su mano suave, seca y fría en la mía, como si aún llevara los guantes. Me senté ante ella, y me arrepentí de no haberme puesto una camisa limpia, aunque fuera a cazar vampiros. Su blusa blanca masculina, severa bajo la chaqueta negra, tenía un aspecto inmaculado.
– ¿Por qué pensé que volvería a saber de usted?
Su tono era casi insultante.
– Sé que le parecerá extraño. -Me senté muy tieso y traté de mirarla a los ojos, mientras me preguntaba si podría hacerle todas las preguntas que quería antes de que se levantara y me dejara plantado otra vez-. Lo siento. No se trata de ninguna broma pesada, y no es mi intención molestarla o inmiscuirme en su trabajo.
Ella asintió, como si me siguiera la corriente. Al examinar su rostro, me sorprendió que su apariencia general (y su voz, sin la menor duda) era una mezcla de fealdad y elegancia, lo cual me dio ánimos, como si la revelación la hiciera más humana.
– Esta mañana he descubierto algo extraño -empecé con renovada confianza-. Por eso la llamé sin pensarlo dos veces. ¿Aún conserva el ejemplar de Drácula de la biblioteca?
Fue rápida, pero yo más, puesto que estaba esperando el estremecimiento y la pérdida de color de la cara ya de por sí pálida.
– Sí -dijo con cautela-. ¿Por qué le interesa lo que otra persona pide prestado en la biblioteca?
Hice caso omiso de su cebo.
– ¿Arrancó todas las fichas del catálogo pertenecientes a ese libro?
Esta vez su reacción fue sincera y sin disimulos.
– ¿Cómo dice?
– Esta mañana fui al fichero para buscar información sobre…, sobre el tema que, al parecer, los dos estamos estudiando. Descubrí que todas las fichas sobre Drácula y Stoker habían sido arrancadas del cajón.
Su rostro se había puesto tenso y me estaba mirando, la fealdad muy cerca de la superficie ahora, los ojos demasiado brillantes. Pero en aquel momento, por primera vez desde la desaparición de Rossi, sentí un alivio infinitesimal de mi carga, un desplazamiento del peso de la soledad. Ella no se había reído de mi melodrama, como habría podido llamarlo, ni había fruncido el ceño, perpleja. Lo más importante: no había astucia en su expresión, nada que indicara que estaba hablando con una enemiga. Su rostro sólo registró una emoción, máximo que se permitió: un destello fugaz de miedo.