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– Las fichas estaban en su sitio ayer por la mañana -dijo poco a poco, como si dejara un arma sobre la mesa y se preparara para hablar-. Primero busqué Drácula, y había una entrada, sólo un ejemplar. Después me pregunté si tendrían otras obras de Stoker, y también las busqué. Había algunas entradas bajo su nombre, incluyendo una de Drácula.

El indiferente camarero del restaurante dejó los cafés sobre la mesa, y Helen acercó el suyo sin mirarlo. Pensé en Rossi con repentina añoranza, cuando nos servía un café muchísimo mejor que ése, parte de su exquisita hospitalidad. Oh, tenía que hacer más preguntas a esa extraña joven.

– Es evidente que alguien no quiere que usted, yo, o quien sea tome prestado ese libro – indiqué. Lo dije en voz baja, sin dejar de observarla.

– Eso es lo más ridículo que he oído en mi vida -replicó con brusquedad ella, al tiempo que añadía azúcar en el café y lo removía. No obstante, no parecía muy convencida de sus propias palabras, de manera que insistí.

– ¿Aún conserva el libro?

– Sí. -Su cuchara cayó con un estruendo iracundo-. Está en mi bolso.

Bajó la vista y observé a su lado el maletín que llevaba el día anterior.

– Señorita Rossi -dije-, le ruego que me disculpe, y temo que voy a parecer un maníaco, pero creo que la posesión de ese libro comporta cierto peligro, pues es evidente que alguien desea que usted no lo tenga.

– ¿Por qué cree eso? -contestó sin mirarme a los ojos-. ¿Quién cree que es esa persona?

Un leve rubor se había extendido sobre sus pómulos una vez más, y miró su taza con aspecto culpable. Era la única forma de describirlo: su aspecto era claramente culpable. Me pregunté horrorizado si no estaría confabulada con el vampiro: la novia de Drácula, pensé espantado, y las sesiones matinales cinematográficas de los domingos me asaltaron con veloces fotogramas. El pelo oscuro encajaría, el fuerte acento inidentificable, los labios como una mancha de moras sobre la piel pálida, la elegante indumentaria blanca y negra.

Aparté esa idea de mi mente con firmeza. Era una fantasía, propia de mi estado de ánimo agitado.

– ¿Conoce a alguien que querría apartarla de ese libro?

– Pues sí, la verdad, pero no es asunto suyo. -Me fulminó con la mirada y se concentró en su café-. ¿Por qué anda en busca de ese libro? Si quería mi número de teléfono, ¿por qué no se limitó a pedírmelo, sin tantas alharacas?

Esta vez fui yo quien se ruborizó. Hablar con esa mujer era como recibir una serie de bofetadas, asestadas de una manera arrítmica para que no pudieras adivinar cuándo iba a llegar la siguiente.

– No tenía la menor intención de pedirle su número de teléfono hasta que me di cuenta de que habían arrancado esas fichas del archivador, y se me ocurrió que usted sabría algo al respecto -dije tirante-. Necesitaba muchísimo el libro, así que fui a la biblioteca para saber si tenían un segundo ejemplar y poder utilizarlo.

– Y como no lo tenían -dijo ella con vehemencia-, encontró la excusa perfecta para llamarme. Si quería mi libro, ¿por qué no lo reservó?

– Lo necesito ya -repliqué.

Su tono empezaba a exasperarme. Era muy posible que estuviéramos metidos en un lío grave, y ella estaba hablando de nuestro encuentro como si fuera una excusa por mi parte para obtener una cita, cosa que no era cierta. Me recordé que ella no podía saber en qué espantosa situación me hallaba. Después se me ocurrió que, si le contaba toda la historia, tal vez no pensara que estaba loco, aunque podía ponerla en un peligro todavía mayor. Suspiré en voz alta sin querer.

– ¿Intenta intimidarme para que le dé el libro? -Su tono era un poco más suave, y capté el humor que hizo temblar su enérgica boca-. Creo que sí.

– No, de ninguna manera, pero me gustaría saber quién cree que se opone a que haya pedido prestado el libro.

Dejé mi taza sobre la mesa y la miré.

Movió los hombros inquieta bajo la lana ligera de su chaqueta. Vi un pelo largo pegado a la solapa, una hebra de su oscuro cabello, pero que lanzaba destellos cobrizos sobre la tela negra. Dio la impresión de que estaba meditando antes de decir algo.

– ¿Quién es usted? -preguntó de repente.

Tomé la pregunta en su sentido académico.

– Soy estudiante de posgrado, de la rama de historia.

– ¿Historia?

Fue una interrupción veloz, casi airada.

– Estoy escribiendo mi tesis sobre el comercio holandés en el siglo diecisiete.

– Ah. -Permaneció en silencio un momento-. Yo soy antropóloga -dijo por fin-, pero también me interesa mucho la historia. Estudio las costumbres y tradiciones de los Balcanes y la Europa Central, sobre todo de mi nativa… -su voz bajó un poco de volumen, pero con tristeza, no en tono de secretismo-, de mi nativa Rumanía.

Esta vez fui yo quien dio un respingo. Esto era cada vez más peculiar.

– ¿Por eso quería leer Drácula? -pregunté.

Su sonrisa me sorprendió (blanca, uniforme, los dientes algo pequeños para una cara de rasgos tan marcados, los ojos brillantes). Después apretó los labios de nuevo.

– Supongo que podría decirse así.

– No está contestando a mi pregunta -señalé.

– ¿Debería hacerlo? -Se encogió de hombros-. Es usted un completo desconocido, y encima quiere llevarse mi libro.

– Puede que esté en peligro, señorita Rossi. No intento amenazarla, sino que hablo muy en serio. Sus ojos se entornaron.

– Usted también está ocultando algo -dijo-. Hablaré si usted habla.

Yo nunca había visto, conocido ni hablado a una mujer así. Era combativa sin flirtear ni un ápice. Tuve la sensación de que sus palabras eran un estanque de agua fría, en el cual me zambullía sin pararme a pensar en las consecuencias.

– De acuerdo. Usted contesta antes a mi pregunta -dije, imitando su tono-. ¿Quién cree que se opone a que el libro se halle en su posesión?

– El profesor Bartholomew Rossi -replicó con voz sarcástica, áspera-. Usted estudia historia. Puede que haya oído hablar de él.

Me quedé patidifuso.

– ¿El profesor Rossi? ¿Qué…? ¿Qué quiere decir?

– Yo he contestado a su pregunta -dijo. Se enderezó, ajustó su chaqueta y colocó un guante sobre el otro, una vez más, como si hubiera finalizado una tarea. Me pregunté por un momento si estaba disfrutando del efecto que sus palabras habían obrado en mí al verme tartamudear-. Ahora hábleme de ese melodrama sobre el peligro que supone un libro.

– Señorita Rossi -dije-, se lo diré. Lo que pueda. Pero haga el favor de explicarme cuál

es su relación con el profesor Bartholomew Rossi.

La mujer se inclinó, abrió la bolsa donde guardaba el libro y sacó un estuche de piel.

– ¿Le importa si fumo? -Por segunda vez, vi aquella desenvoltura masculina que parecía apoderarse de ella cuando dejaba a un lado sus gestos defensivos femeninos-. ¿Le apetece uno?

Negué con la cabeza. Detestaba los cigarrillos, aunque casi habría aceptado uno de aquella suave mano. Inhaló el humo sin florituras, como una experta.

– No sé por qué cuento esto a un desconocido -dijo en tono pensativo-. Supongo que me afecta la soledad de este lugar. Apenas he hablado con nadie desde hace dos meses, salvo sobre trabajo. Usted no me parece un chismoso, aunque bien sabe Dios que mi departamento está lleno de ellos. -Oí que su acento tomaba forma bajo las palabras, que pronunció con suave resentimiento-. Pero si cumple su promesa… -Apareció de nuevo la mirada dura. Se estiró, con el cigarrillo sobresaliendo de manera desafiante de su mano-. Mi relación con el famoso profesor Rossi es muy sencilla. O debería serlo. Es mi padre.