Lo había adivinado, por supuesto. Me estaba haciendo una buena idea de sus poderes intelectuales, y pensé con cierta nostalgia en conversaciones que podríamos compartir si las circunstancias fueran diferentes. Por otra parte, no me gustaba que fuera tan perspicaz.
– ¿Por qué lo quieres saber? -repliqué-. ¿Para tu investigación?
– Por supuesto -contestó con seriedad-. ¿Te pondrás en contacto conmigo cuando vuelvas?
De repente, me sentí muy cansado.
– ¿Cuando vuelva? No tengo ni idea de en qué me estoy metiendo, y mucho menos de cuándo volveré. Quizá me ataque el vampiro cuando llegue adonde sea.
Había intentado expresarme con ironía, pero fui consciente de la irrealidad de toda la situación en cuanto hablé. Ahí estaba yo, delante de la biblioteca, como tantos cientos de veces antes, sólo que esa vez estaba hablando de vampiros (como si creyera en ellos) con una antropóloga rumana, y estábamos viendo un enjambre de conductores de ambulancia y agentes de policía en el lugar de una muerte en la que yo estaba implicado, al menos de manera indirecta. Intenté no contemplar su siniestra ocupación. Pensé que debía marcharme del patio cuanto antes, pero sin aparentar prisa. No podía permitir que la policía me detuviera en ese momento, ni siquiera para interrogarme unas pocas horas. Tenía mucho que hacer, y cuanto antes. Necesitaría un visado para Turquía, y un billete de avión, y dejar en casa una copia de la información que ya poseía. Ese trimestre no daba clases, gracias a Dios, pero debería presentar una excusa aceptable para el departamento, y dar una explicación a mis padres que les ahorrara preocupaciones.
Me volví hacia Helen.
– Señorita Rossi -dije-, Si no dices nada de esto a nadie te prometo que te llamaré en cuanto regrese. ¿Puedes contarme algo más? ¿Se te ocurre alguna manera de ponerme en contacto con tu madre antes de marchar?
– Ni yo misma puedo ponerme en contacto con ella, excepto por carta -dijo la joven-. Además, no habla inglés. Cuando vuelva a casa dentro de dos años, la interrogaré acerca de estos asuntos.
Suspiré. Dos años era demasiado tarde. Ya estaba experimentando una especie de angustia por tener que separarme de esa extraña compañera de pocos días (horas, en realidad), la única persona, además de mí, que sabía todo sobre la naturaleza de la desaparición de Rossi. Después de esto, estaría solo en un país en el que apenas había pensado nunca. No obstante, tenía que hacerlo. Extendí la mano.
– Gracias por aguantar a un lunático inofensivo durante un par de días. Si vuelvo sano y salvo, no dudes de que te informaré… Quiero decir que si regreso con tu padre sano y salvo…
Hizo un vago ademán con la mano enguantada, como si no le interesara en absoluto el regreso de Rossi, pero después estrechó mi mano con cordialidad. Tuve la impresión de que su firme apretón era mi último contacto con el mundo que conocía.
– Adiós -dijo-. Te deseo la mejor suerte posible en tu investigación.
Dio media vuelta y se abrió paso entre la multitud. Los conductores de la ambulancia estaban cerrando las puertas. Yo también di media vuelta. Empecé a bajar la escalera para atravesar el patio. A unos treinta metros de la biblioteca, me detuve y miré hacia atrás, con la esperanza de ver la figura vestida de negro entre los curiosos. Sorprendido, vi que corría hacia mí. Me alcanzó enseguida y vi que un rubor acentuado cubría sus pómulos. Su expresión era perentoria.
– He estado pensando -dijo, y entonces enmudeció. Dio la impresión de que respiraba hondo-. Esto concierne a mi vida más que cualquier otra cosa en el mundo. -Su mirada era directa, desafiante-. No sé muy bien cómo hacerlo, pero creo que iré contigo.
24
Mi padre ofreció diversas excusas afables por haber estado estudiando la colección sobre vampiros de Oxford en lugar de acudir a su reunión. La habían cancelado, dijo, al tiempo que estrechaba la mano de Stephen Barley con su acostumbrada cordialidad. Mi padre dijo que había ido a la Cámara espoleado por una antigua obsesión. Entonces calló, se mordió el labio y probó de nuevo. Había estado buscando un poco de paz y tranquilidad (cosa muy creíble). Su gratitud por la presencia de Stephen, por la buena salud de Stephen, por su solidez, era palpable. Al fin y al cabo, ¿qué habría dicho mi padre si me hubiera presentado allí sola? ¿Cómo habría podido explicar, o cerrar como si tal cosa, el infolio que había bajo su mano? Lo hizo, pero demasiado tarde. Yo ya había visto el título de un capítulo que se destacaba sobre el grueso papel marfileño:
«Vampires de Provence et des Pyrénées».
Dormí muy mal aquella noche en la cama con dosel de calicó, y cada pocas horas
despertaba de algún sueño extraño. En una ocasión vi luz bajo la puerta del cuarto de baño que separaba mi habitación de la de mi padre, lo cual me tranquilizó. A veces, no obstante, esta sensación de que no estaba dormido, de silenciosa actividad en la habitación de al lado, me arrancaba de pronto de mi descanso. Cerca del amanecer, cuando una neblina color pizarra empezaba a insinuarse entre las cortinas, desperté por última vez.
Esta vez fue el silencio lo que me despertó. Todo estaba demasiado quieto: la tenue silueta de los árboles en el patio (aparté un poco las cortinas para mirar), el enorme armario contiguo a mi cama y, sobre todo, la habitación de mi padre. No esperaba que estuviera levantado a esa hora. En todo caso, estaría dormido todavía, tal vez roncando un poco si estaba tumbado de espaldas, intentando borrar las preocupaciones del día anterior, aplazando el agotador calendario de conferencias y seminarios y debates que le aguardaban.
Durante nuestros viajes, solía dar un leve golpecito en mi puerta cuando ya se había levantado, una invitación a darme prisa para reunirme con él y dar un paseo antes de desayunar.
Esa mañana el silencio me abrumaba, por ningún motivo en concreto, de modo que bajé de mi gran cama, me vestí y colgué una toalla de mi hombro. Me lavaría en la palangana del cuarto de baño e intentaría escuchar la respiración nocturna de mi padre. Llamé con suavidad a la puerta del cuarto de baño para asegurarme de que no estaba dentro. El silencio se hizo aún más intenso cuando me sequé la cara delante del espejo. Apliqué el oído a la puerta. Dormía sin emitir el menor sonido. Sabía que sería cruel interrumpir su bien merecido reposo, pero el pánico había empezado a trepar por mis piernas y brazos.
Llamé con suavidad. No se oyó nada dentro. Durante años habíamos respetado nuestra intimidad, pero ahora, con la luz grisácea del amanecer que entraba por la ventana del cuarto de baño, giré el pomo de la puerta.
Los pesados cortinajes del cuarto de mi padre seguían corridos, de manera que tardé unos segundos en vislumbrar el tenue perfil de muebles y cuadros. El silencio me erizó el vello de la nuca. Avancé un paso hacia la cama, le hablé, pero la cama estaba impecable en la habitación oscura. La habitación estaba vacía. Expulsé el aire contenido en mis pulmones.
Él se había ido, había salido a pasear solo, tal vez necesitaba soledad y tiempo para reflexionar. No obstante, algo me impulsó a encender la luz de la mesita de noche, mirar a mi alrededor con más detenimiento. Dentro del círculo de luminosidad había una nota dirigida a mí, y sobre la nota descansaban dos objetos que me sorprendieron: un pequeño crucifijo de plata colgado de una robusta cadena y una cabeza de ajos. La hiriente realidad de esos objetos consiguió revolver mi estómago, incluso antes de leer las palabras de padre.
Querida hija:
Siento sorprenderte así, pero he sido requerido para un nuevo asunto y no quería molestarte durante la noche. Estaré ausente unos días, espero. He acordado con Master James que vuelvas a casa en compañía de nuestro joven amigo Stephen Barley. Le han excusado de sus clases durante dos días, y te acompañará a Amsterdam esta noche. Yo quería que la señora Clay viniera a buscarte, pero su hermana está enferma y ha vuelto a Liverpool. Intentará estar en casa esta noche. En cualquier caso, estarás en buenas manos, y espero que sepas cuidar de ti con sensatez. No te preocupes por mi ausencia. Es un asunto confidencial, pero volveré a casa lo antes posible y te lo explicaré todo. En el ínterin, te pido con todo mi corazón que lleves el crucifijo en todo momento y que pongas unos ajos en cada uno de tus bolsillos. Ya sabes que nunca he querido obligarte a aceptar ninguna religión o superstición, y sigo siendo un firme incrédulo respecto a ambas. Pero hemos de enfrentarnos al mal con sus propias armas, en la medida de lo posible, y tú ya conoces el alcance de dichas armas. Desde mi corazón de padre te ruego que no hagas caso omiso de mis deseos en este punto.