Segunda Parte
¿A qué clase de lugar había ido a parar, y entre qué clase de gente?
¿En qué especie de sombría aventura me había embarcado?
Empecé a frotarme los ojos y me pellizqué para comprobar que estaba despierto.
Todo se me antojaba una horrible pesadilla, y esperaba que despertaría de repente y me encontraría en casa, mientras la aurora se filtraba lentamente por las ventanas, tal como me había sentido una y otra vez por las mañanas después de uno o dos días de trabajo excesivo.
Pero mi carne respondió a la prueba del pellizco, y mis ojos no podían engañarse.
Estaba despierto en los Cárpatos.
Lo único que podía hacer ahora era tener paciencia y esperar la llegada del amanecer.
Bram Stoker, Drácula, 1897
25
La estación de tren de Amsterdam era un lugar familiar para mí. La había cruzado docenas de veces. Pero nunca había ido sola. Nunca había viajado sola, y cuando me senté en el banco para esperar el expreso de la mañana a París, sentí una aceleración en el pulso que no se debía tan sólo a la angustia que sentía por mi padre, sino a una nueva vitalidad que tenía que ver con el primer momento de libertad total que había conocido. La señora Clay, que estaría lavando los platos del desayuno en casa, pensaba que iba camino del colegio.
Barley, despachado al muelle del transbordador, también creía que iba camino del colegio.
Sentí mucho tener que engañar a la aburrida y bondadosa señora Clay, y todavía más separarme de Barley, quien me había besado la mano con repentina galantería en la puerta y entregado una de sus tabletas de chocolate, aunque yo le recordé que podía comprar delicias holandesas siempre que me diera la gana. Pensé que le escribiría una carta cuando todos mis problemas se hubieran solucionado, pero me resultaba imposible vislumbrar ese futuro.
De momento, la mañana de Amsterdam centelleaba, relucía, mudaba a mi alrededor.
Incluso en esa mañana encontré cierto consuelo en pasear a lo largo de los canales desde nuestra casa hasta la estación, el aroma del pan en el horno y el olor a humedad de los canales, la limpieza ajetreada, no demasiado elegante, de todo. Revisé mi equipaje en el banco de la estación: una muda, las cartas de mi padre, pan, queso y zumos envasados.
También había cogido dinero de la generosa caja que estaba en la cocina (si iba a cometer una fechoría, daba igual que fueran veinte) como complemento de lo que llevaba en el bolso. Eso pondría en guardia a la señora Clay enseguida, pero no había otro remedio. No podía esperar hasta que los bancos abrieran para sacar dinero de mi humilde libreta de ahorros. Tenía un jersey grueso, una gabardina, mi pasaporte, un libro para los trayectos largos en tren y mi diccionario de francés de bolsillo.
Había robado algo más. Había cogido de nuestro salón un cuchillo de plata que descansaba en la vitrina de curiosidades, entre los recuerdos de las primeras misiones diplomáticas de mi padre, los viajes que habían constituido sus primeros intentos de establecer su fundación. En aquel tiempo yo era demasiado pequeña para acompañarle, y me había dejado en Estados Unidos con diversos parientes. El cuchillo estaba siniestramente afilado y tenía un mango repujado. Estaba guardado dentro de una funda, también muy adornada.
Era la única arma que había visto en nuestro hogar. A mi padre no le gustaban las armas de fuego, y sus gustos de coleccionista no abarcaban espadas ni hachas de guerra. No tenía ni idea de cómo iba a protegerme con el pequeño cuchillo, pero me sentía más segura sabiendo que viajaba en mi bolso.
La estación estaba abarrotada cuando el expreso se detuvo. Sentí entonces, igual que ahora, que no existe alegría comparable a la de la llegada de un tren, por más grave que sea tu situación, en especial un tren europeo, y en especial uno que te lleva al sur. Durante aquel período de mi vida, el último cuarto del siglo XX, oí el silbato de una de las últimas locomotoras a vapor que cruzaban los Alpes con regularidad. Subí aferrando mi bolsa del colegio, casi sonriente. Tenía horas por delante, e iba a necesitarlas, no para leer mi libro sino para examinar de nuevo aquellas preciosas cartas de mi padre. Pensaba que había elegido bien mi punto de destino, pero necesitaba reflexionar sobre por qué había elegido
bien.
Encontré un compartimiento tranquilo y corrí las cortinas que daban al pasillo, con la esperanza de que nadie entrara. Al cabo de un momento, una mujer de edad madura con abrigo y sombrero azul entró, pero me sonrió y se acomodó con una pila de revistas holandesas. En mi confortable rincón, mientras veía desfilar la ciudad vieja, y después los verdes suburbios, desdoblé de nuevo la primera carta de mi padre. Me sabía de memoria las primeras líneas, la forma sorprendente de las palabras, el lugar y fecha asombrosos, la caligrafía firme y perentoria.
Mi querida hija:
Si estás leyendo esto, perdóname. He ido a buscar a tu madre. Durante muchos años he creído que estaba muerta, y ahora ya no estoy tan seguro. La incertidumbre es casi peor que el dolor, como tal vez comprendas algún día. Tortura mi corazón día y noche. Nunca te he hablado mucho de ella, y eso ha sido una cobardía por mi parte, lo sé, pero nuestra historia fue demasiado dolorosa para contártela con facilidad. Siempre tuve la intención de revelarte más cosas a medida que te fueras haciendo mayor y pudieras entender mejor sin ser presa del pánico, si bien nuestra historia me ha asustado hasta tal punto, siempre y en todo momento, que ésta ha sido la más débil de mis excusas.
Durante los últimos meses he intentado compensar esta cobardía contándote poco a poco lo que podía de mi pasado, y albergaba la intención de introducir a tu madre en la historia de manera gradual, aunque ella entró en mi vida de una forma bastante repentina. Ahora temo que no haya conseguido contarte todo lo que deberías saber de tu herencia antes de que sea silenciado (literalmente incapacitado para informarte), o caiga presa de mi propio silencio.
Te he descrito parte de mi vida como estudiante de postgrado antes de tu nacimiento, y te he referido algunos detalles de las extrañas circunstancias que rodearon la desaparición del director de mi tesis después de las revelaciones que me hizo. También te he dicho que conocí a una joven llamada Helen, tan interesada como yo en encontrar al profesor Rossi, tal vez más que yo. En todas las oportunidades que la tranquilidad nos ha deparado he intentado anticiparte fragmentos de esta historia, pero ahora creo que debería empezar a escribir el resto, encomendarlo a la seguridad del papel. Si has de leerla ahora, en lugar de escucharme en alguna colina rocosa o en una piazza silenciosa, en algún puerto protegido o en un confortable café, la culpa es mía por no habértelo contado antes.
Mientras escribo estas líneas estoy mirando las luces de un antiguo puerto, mientras tú duermes tranquila e inocente en la habitación de al lado. Estoy cansado después de todo un día de trabajo, y cansado sólo de pensar en empezar este largo relato, una triste tarea, una desventurada precaución. Creo que cuento con semanas, tal vez meses, para continuar el relato en persona, de manera que no repetiré lo que ya te he desvelado durante nuestros paseos por tantos países. Pasado ese período de tiempo, semanas o meses, mi certeza disminuye. Estas cartas son mi seguro contra tu soledad. En el peor de los casos, heredarás mi casa, mi dinero, mis muebles y libros, pero no me cuesta creer que atesorarás estos documentos escritos por mi mano más que cualquier otro objeto, porque contendrán tu relato, tu historia.