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efectuado una pacífica y completa invasión. Más adelante, vi sus equivalentes en otras ciudades: Praga y Sofía, Budapest y Moscú, Belgrado y Beirut. Esa elegancia prestada se encontraba en todo Oriente.

– Entren, por favor. -Turgut se detuvo ante una hilera de casas antiguas, nos precedió por la escalera frontal doble y miró el interior de un pequeño buzón, en apariencia vacío, con el nombre de «Profesor Bora». Abrió la puerta y se apartó-. Por favor, bienvenidos a mi humilde morada, donde todo es de ustedes.

Entramos primero en un vestíbulo de suelo y paredes de madera pulimentada, donde imitamos a Turgut y nos quitamos los zapatos para calzarnos las zapatillas bordadas que nos dio. Después nos condujo hasta una sala de estar, y Helen emitió una nota de admiración, que yo no pude evitar repetir. La sala estaba bañada por una luz verdosa muy agradable, mezclada con tonos rosas y amarillos. Al cabo de un momento caí en la cuenta de que era la luz del sol, que se filtraba a través de unos árboles que se alzaban ante dos ventanas grandes con vaporosas cortinas de un antiguo encaje blanco. La habitación contaba con muebles extraordinarios, muy bajos, tallados en madera oscura, con cojines de ricas telas. Un banco repleto de almohadas cubiertas de encaje corría a lo largo de tres paredes. Las paredes encaladas estaban llenas de grabados y cuadros de Estambul, el retrato de un anciano con fez y otro de un hombre más joven con traje negro, un pergamino enmarcado cubierto de fina caligrafía árabe. Había descoloridas fotografías viradas en sepia de la ciudad y vitrinas que albergaban servicios de café de latón. Las esquinas estaban llenas de jarrones vidriados rebosantes de rosas. Pisábamos mullidas alfombras de color escarlata, rosa y verde claro. En el centro de la sala se alzaba sobre unas patas una gran bandeja redonda, muy pulimentada, como si esperara la siguiente comida.

– Es muy bonita -dijo Helen, al tiempo que se volvía hacia nuestro anfitrión, y recordé el agradable aspecto que adoptaba cuando la sinceridad relajaba las duras arrugas que rodeaban su boca y ojos-. Es como en Las mil y una noches.

Turgut rió y desechó el cumplido con un ademán de su enorme mano, pero no cabía duda de que estaba satisfecho.

– Es todo gracias a mi mujer -dijo-. Quiere mucho nuestras viejas artes y artesanías, y su familia le pasó muchas cosas hermosas. Hasta puede que haya algo del imperio del sultán Mehmet. -Me sonrió-. No hago el café tan bien como ella, eso es lo que me dice, pero haré un esfuerzo máximo.

Nos acomodó en los muebles, muy juntos, y pensé con placer en todos aquellos objetos dignificados por el tiempo que significaban comodidad: almohadón, diván y, al fin y al cabo, una otomana.

El «esfuerzo máximo» de Turgut resultó ser la comida, que trajo de una pequeña cocina situada al otro lado del vestíbulo. Rehusó nuestros insistentes ofrecimientos de ayudarle.

Cómo había conseguido pergeñar un banquete en tan poco tiempo desafiaba a mi

imaginación. Debía estar esperándole. Trajo bandejas con salsas y ensaladas, un cuenco con melón, un guiso de carne y verduras, brochetas de pollo, la mezcla omnipresente de pepinos y yogur, café y una avalancha de dulces rellenos de almendras y miel. Comimos con apetito, y Turgut nos animó a devorar hasta que nos quejamos.

– Bien -dijo-. No puedo permitir que mi mujer piense que los he matado de hambre.

A todo esto siguió un vaso de agua con algo blanco y dulce en el plato que lo acompañaba.

– Esencia de rosas -dijo Helen, y lo probó-. Muy bueno. En Rumanía también hay.

Dejó caer un poco de la pasta blanca en el vaso y bebió, y yo la imité. No estaba seguro de qué efecto obraría el agua en mi digestión, pero no era el momento de preocuparse por esas minucias.

Cuando estábamos a punto de estallar, nos reclinamos contra los bajos divanes (ahora comprendí su uso, recuperarse tras una gigantesca comida) y Turgut nos miró con satisfacción.

– ¿Están seguros de que han comido bastante? -Helen rió y yo gemí un poco, pero de todos modos él volvió a llenar nuestros vasos y las tazas de café-. Estupendo. Bien,

vamos a hablar de lo que aún no hemos podido comentar. Antes que nada, me asombra pensar que ustedes también conocen al profesor Rossi, pero aún no entiendo su relación.

¿Es el director de su tesis, joven?

Y se sentó en una otomana, inclinado hacia nosotros con aire expectante.

Miré a Helen y ella hizo un leve movimiento de cabeza. Me pregunté si la esencia de rosas había suavizado sus sospechas.

– Bien, profesor Bora, temo que no hemos sido del todo sinceros con usted en este punto -confesé-. Pero nos hemos embarcado en una misión peculiar y no sabemos en quién confiar.

– Entiendo. -Sonrió-. Tal vez son más sagaces de lo que creen.

Eso me dio que pensar, pero Helen volvió a asentir y continué. -El profesor Rossi también posee un interés especial para nosotros, no sólo porque es el director de mi tesis, sino debido a cierta información que nos comunicó, me comunicó, y porque ha…, bien, ha desaparecido.

La mirada de Turgut era penetrante.

– ¿Desaparecido, amigo mío?

– Sí.

Le hablé a toda prisa de mi relación con Rossi, de mi tesis doctoral, en la que estábamos trabajando, y del extraño libro que había encontrado en mi cubículo de la biblioteca.

Cuando empecé a describir el libro, Turgut se incorporó en su asiento y dio una palmada, pero sin decir nada. Se limitó a escuchar con mayor atención. Proseguí explicando que había enseñado el libro a Rossi y conté la historia del hallazgo de su libro. Tres libros, pensé cuando hice una pausa para recuperar el aliento. Conocíamos la existencia de tres de esos extraños libros: un número mágico. Pero ¿cómo estaban relacionados, cosa indudable?

Hablé de lo que Rossi nos había revelado sobre su investigación en Estambul (en este punto Turgut meneó la cabeza, como desconcertado) y de su descubrimiento en el archivo de que la imagen del dragón coincidía con la silueta de los mapas antiguos.

Conté a Turgut el modo en que Rossi había desaparecido, y también hablé de la grotesca sombra que había visto pasar sobre la ventana de su despacho la noche de su desaparición, y de que había empezado a buscarle sin ayuda de nadie, al principio escéptico acerca de su historia. Hice una nueva pausa, para dejar hablar a Helen, pues no quería revelar su historia sin permiso. Se removió y me miró en silencio desde las profundidades del diván, y ante mi sorpresa retomó la historia donde yo la había interrumpido y contó a Turgut todo lo que ya me había dicho, hablando con su voz grave y a veces áspera: la historia de su nacimiento,

su venganza personal contra Rossi, la intensidad de su investigación de la historia de Drácula y su intención de investigar la leyenda en esta ciudad. Las cejas de Turgut se enarcaron hasta el borde de su pelo untado con brillantina. Las palabras de Helen, su profunda y clara articulación, la evidente magnificencia de su mente y tal vez también el rubor de sus mejillas en contraste con el azul claro del cuello de su blusa tiñeron de admiración el rostro del turco, o eso pensé yo, y por primera vez desde que habíamos conocido a Turgut sentí una punzada de hostilidad hacia él.

Cuando Helen hubo terminado nuestra historia, todos guardamos silencio unos momentos. La luz verde que bañaba aquella hermosa sala dio la impresión de acentuarse a nuestro alrededor, y una sensación de irrealidad todavía mayor me invadió. Por fin, Turgut habló.

– Su experiencia es muy notable y les agradezco que me la hayan contado. Y siento la triste historia de su familia, señorita Rossi. Aún me gustaría saber por qué el profesor Rossi se vio impelido a escribirme diciendo que no conocía nuestros archivos, lo cual parece una mentira, ¿verdad? Pero es terrible la desaparición de un erudito tan brillante. El profesor Rossi fue castigado por algo…, o tal vez esté padeciendo el castigo en estos mismos momentos.