Turgut corrió la cortina de nuevo y yo me alegré de ver desaparecer aquellos ojos terribles y brillantes.
– Tengo otras curiosidades que enseñarles -dijo al tiempo que señalaba una vitrina de madera-. Esto es un sello de la Orden del Dragón que encontré en un mercado de anticuarios cerca del puerto de la ciudad vieja. Y esto es una daga, hecha de plata, que procede de la primera era otomana de Estambul. Creo que se utilizaba para cazar vampiros, porque unas palabras en la funda indican algo por el estilo. Estas cadenas y púas -nos enseñó otra vitrina- eran instrumentos de tortura, me temo, de la propia Valaquia. Y aquí, amigos míos, hay una joya.
Del borde del escritorio tomó una caja de madera con hermosas incrustaciones y abrió el cierre. Dentro, entre pliegues de raso negro herrumbrado, había varias herramientas afiladas que parecían instrumentos quirúrgicos, así como una diminuta pistola de plata y un cuchillo de plata.
– ¿Qué es esto?
Helen extendió una mano vacilante hacia la caja, pero enseguida la retiró.
– Es un auténtico equipo de cazar vampiros, de cien años de antigüedad -informó Turgut con orgullo-. Creo que procede de Bucarest. Un amigo mío, coleccionista de antigüedades, lo compró para mí hace varios años. Había muchos como éste. Los vendían a quienes viajaban por la Europa del Este en los siglos dieciocho y diecinueve. En este espacio de aquí se ponía ajo, pero yo cuelgo los míos.
Señaló con el dedo, y vi con un nuevo escalofrío largas ristras de ajos secos a cada lado de la puerta, encarados hacia su escritorio. Se me ocurrió, al igual que con Rossi la semana anterior, que tal vez el profesor Bora no sólo era meticuloso, sino que también estaba loco.
Años después comprendí mejor esta primera reacción, la cautela que experimenté cuando vi el estudio de Turgut, que bien habría podido ser una habitación del castillo de Drácula, una estancia medieval con instrumentos de tortura. Es un hecho que los historiadores nos interesamos por lo que es, en parte, un reflejo de nosotros, tal vez un aspecto que preferimos no examinar salvo por mediación de la erudición. También es cierto que, a medida que profundizamos en nuestros intereses, cada vez arraigan más en nuestro ser.
Cuando visité una universidad norteamericana (no era la mía) varios años después de esto, me presentaron a uno de los primeros historiadores norteamericanos de la Alemania nazi, uno de los mejores en su especialidad. Vivía en una cómoda casa situada en el límite del campus, donde coleccionaba no sólo libros sobre el tema, sino también la vajilla oficial del
Tercer Reich. Sus perros, dos enormes pastores alemanes, patrullaban el patio delantero día y noche. Mientras tomábamos unas copas en su sala de estar, en compañía de otros miembros de la facultad, me confesó sin el menor asomo de ambigüedad lo mucho que despreciaba los crímenes de Hitler y cuánto deseaba revelar hasta el más ínfimo detalle de ellos al mundo civilizado. Me fui de la fiesta temprano, después de pasar con suma cautela junto a los enormes perros, incapaz de sacudirme de encima mí asco.
– Tal vez piensen que es demasiado -dijo Turgut un poco como disculpándose, como si hubiera captado mi expresión. Aún señalaba los ajos-. Es que no me gusta estar aquí rodeado de estos malvados pensamientos del pasado sin protección, ¿saben? Y ahora permítanme enseñarles lo que ha hecho que les traiga aquí.
Nos invitó a tomar asiento en unas butacas algo desvencijadas tapizadas en damasco. El respaldo de la mía parecía incrustado de… ¿Era hueso? No quise apoyarme en él. Turgut sacó un grueso expediente de una librería. Extrajo de él copias hechas a mano de los documentos que habíamos examinado en los archivos (dibujos similares a los de Rossi, sólo que éstos habían sido ejecutados con más cuidado) y luego una carta, que me tendió.
Estaba mecanografiada con membrete de una universidad y firmada por Rossi. No cabía duda en lo tocante a la firma, pensé. Conocía muy bien sus bes y erres ensortijadas. Y Rossi había estado dando clases en Estados Unidos cuando había sido escrita. Las pocas líneas de la carta confirmaban lo que Turgut nos había contado: él, Rossi, no sabía nada sobre el archivo del sultán Mehmet. Lamentaba decepcionarle y esperaba que el trabajo del profesor Bora saliera adelante. Era una carta muy desconcertante.
A continuación, Turgut sacó un pequeño libro encuadernado en piel envejecida. Me costó no lanzarme sobre él de inmediato, pero esperé inmerso en una fiebre de autocontrol mientras él lo abría con delicadeza y nos enseñaba las páginas en blanco del principio y el final, y después la xilografía del centro, aquel perfil ya familiar, el dragón coronado con las malvadas alas extendidas, y en sus garras la bandera que albergaba una sola y amenazadora palabra. Abrí mi maletín, que había traído conmigo, y saqué mi libro. Turgut puso los dos volúmenes uno al lado del otro sobre el escritorio. Cada uno comparó su tesoro con el otro regalo maléfico y comprobamos que los dos dragones eran iguales, que el suyo llenaba las páginas hasta los bordes, con la imagen más oscura, la mía más desteñida, pero eran iguales, iguales. Incluso había una mancha similar cerca de la punta de la cola del dragón, como si la xilografía hubiera tenido un punto rugoso que hubiera corrido un poco la tinta en cada impresión. Helen meditaba en silencio mientras los examinaba.
– Es notable -susurró Turgut por fin-. Nunca había soñado que un día vería otro libro como éste.
– Y oiría hablar de un tercero -le recordé-. Éste es el tercer libro que yo he visto con mis propios ojos, recuerde. La xilografía del de Rossi también era la misma.
Turgut asintió.
– ¿Y qué puede significar esto, amigos míos? -Pero ya estaba colocando las copias de los mapas al lado de nuestros libros y comparando con un grueso dedo los perfiles de los dragones y el río y las montañas-. Asombroso -murmuró-. Pensar que nunca me había dado cuenta. Es muy similar. Un dragón que es un mapa. Pero un mapa ¿de qué?
Sus ojos brillaban.
– Eso era lo que Rossi vino a descubrir en los archivos de aquí -dije con un suspiro-. Ojalá hubiera dado más pasos para averiguar lo que significaba. -Quizá lo hizo.
La voz de Helen era pensativa, y me volví hacia ella para preguntarle qué quería decir. En aquel momento, la puerta que había entre las siniestras ristras de ajos se abrió más y los dos pegamos un bote. No obstante, en lugar de una terrible aparición, vimos a una menuda y sonriente dama vestida de verde. Era la esposa de Turgut, y todos nos levantamos para saludarla.
– Buenas tardes, querida. -Turgut la invitó a entrar enseguida-. Éstos son mis amigos, los profesores de Estados Unidos de los que te hablé.
Hizo las presentaciones con mucha galantería, y la señora Bora estrechó nuestra mano con una sonrisa afable. Medía exactamente la mitad de Turgut, tenía ojos verdes de largas
pestañas, una delicada nariz aguileña y una mata de rizos rojizos.
– Siento muchísimo no haber venido antes. -Su inglés era lento, pronunciado con
cuidado-. Es probable que mi marido no les haya dado de comer, ¿verdad?
Dijimos que nos había alimentado de maravilla, pero ella meneó la cabeza.
– El señor Bora nunca da bien de comer a nuestros invitados. Le… reñiré!
Agitó un diminuto puño en dirección a su marido, quien parecía muy complacido.
– Le tengo un miedo horroroso a mi esposa -nos dijo-. Es tan feroz como una amazona.
Helen, que le sacaba una cabeza a la señora Bora, sonrió a los dos. Eran irresistibles.
– Y ahora -dijo la señora Bora-, los aburre con sus horribles colecciones. Lo siento.
Al cabo de unos minutos, volvíamos a estar en los divanes, mientras la señora Bora nos
servía café y sonreía. Comprobé que era muy hermosa, delicada como un pájaro, una mujer de modales tranquilos, tal vez de unos cuarenta años. Su inglés era limitado, pero lo hablaba con buen humor, como si su marido tuviera la costumbre de arrastrar hasta su casa a visitantes angloparlantes. Su vestido era sencillo y elegante, y sus gestos exquisitos.