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– Esto es lo que Selim Aksoy deseaba enseñarnos esta mañana -dijo con semblante muy serio-. Ignoro, con sinceridad, si nos ayudará en nuestra búsqueda. Os lo leeré. Se trata de un volumen compilado a principios del siglo diecinueve por unos editores cuyos nombres no había visto nunca, expertos en la historia de Estambul. Reunieron aquí toda la información que pudieron encontrar sobre la vida en Estambul en los primeros años de nuestra ciudad, o sea, a principios de 1453, cuando el sultán Mehmet la conquistó y la proclamó capital de su imperio.

Señaló una página escrita en árabe y pensé por enésima vez en la maldición de que los idiomas humanos, incluso los alfabetos, estuvieran separados entre sí por aquella frustrante babel de diferencias, de modo que cuando miré una página impresa en otomano sólo vi un batiburrillo de símbolos tan impenetrables para mí como un seto de brezo mágico.

– Este párrafo lo recordaba el señor Aksoy de una de las investigaciones que llevó a cabo aquí. El autor es anónimo y relata algunos acontecimientos ocurridos en el año 1477. Sí, amigos míos, el año después de que Drácula muriera en combate en Valaquia. Aquí dice que aquel año se produjeron casos de la epidemia en Estambul, una epidemia causante de que los imanes enterraran algunos cadáveres con una estaca clavada en el corazón. Después cuenta que entró en la ciudad un grupo de monjes procedentes de los Cárpatos en una carreta tirada por mulas. Los monjes suplicaron asilo en un monasterio de Estambul y residieron en él durante nueve días y nueve noches. Eso es todo cuanto refiere, y las relaciones entre ambos hechos no están claras. No dice nada más sobre los monjes, ni explica qué fue de ellos. La palabra Cárpatos impulsó a mi amigo Selim a citarnos aquí.

Selim Aksoy asintió enérgicamente, pero yo no pude reprimir un suspiro. El párrafo poseía una siniestra resonancia. Me provocó la inquietante sensación de que no arrojaría la menor luz sobre nuestros problemas. El año 1477… Eso sí que era extraño, pero podía tratarse de una coincidencia. No obstante, la curiosidad me impulsó a formular una pregunta a Turgut. -Si la ciudad ya estaba gobernada por los otomanos, ¿cómo es que existía un monasterio que pudiera alojar a los monjes?

– Una buena pregunta, amigo mío -comentó con aire solemne Turgut-. Pero debo decirte que hubo cierto número de iglesias y monasterios en Estambul desde el mismísimo principio de la dominación otomana. El sultán tuvo la bondad de permitirlos.

Helen meneó la cabeza.

– Después de dar permiso a su ejército para que destruyera casi todas las iglesias de la ciudad o se apoderara de ellas para convertirlas en mezquitas.

– Es cierto que el sultán Mehmet conquistó la ciudad y permitió que sus tropas se entregaran al pillaje durante tres días -admitió Turgut-, pero no lo hubiera hecho si la ciudad se hubiera rendido en lugar de resistir. De hecho, ofreció un acuerdo pacífico.

También está escrito que cuando entró en Constantinopla y vio los daños que habían causado sus soldados (los edificios destruidos, las iglesias profanadas, los ciudadanos asesinados) lloró por la hermosa ciudad. Desde aquel momento permitió que abrieran cierto número de iglesias y concedió muchas ventajas a los habitantes bizantinos.

– También hizo esclavos a más de cincuenta mil de ellos -replicó Helen con sequedad-. No lo olvide.

Turgut le dedicó una sonrisa de admiración.

– Madame, es usted implacable. Yo sólo quería demostrar que nuestros sultanes no fueron monstruos. En cuanto conquistaban una región, se mostraban más bien permisivos, para lo que eran aquellos tiempos. Era la conquista lo que no se hacía de forma placentera. – Señaló la pared del fondo del archivo-. Allí está Su Gloriosa Majestad Mehmet en persona, por si quieren saludarle.

Yo me acerqué a mirar, aunque Helen se negó a moverse de donde estaba, testaruda. La reproducción enmarcada (la copia barata de una acuarela, al parecer) mostraba a un hombre corpulento, sentado, con un turbante blanco y rojo. Tenía la piel clara y una barba delicada, con cejas caligráficas y ojos color avellana. Sostenía una sola rosa frente a su gran nariz aguileña, que olía mientras miraba a la distancia. A mí me pareció más un sufí místico que un conquistador cruel.

– Una imagen bastante sorprendente -comenté.

– Sí. Fue un fervoroso mecenas de las artes y la arquitectura, y construyó muchos edificios hermosos. -Turgut se dio unos golpecitos en la barbilla con un grueso dedo-. Bien, amigos míos, ¿qué opináis de esta información que Selim Aksoy ha descubierto?

– Es interesante -dije por cortesía-, pero no veo cómo nos ayudará a descubrir la tumba.

– Yo tampoco -reconoció Turgut-. Sin embargo, observo cierta similitud entre este párrafo y el fragmento de la carta que te leí esta mañana. Los sucesos ocurridos en la tumba de Snagov, fueran cuales fueran, tuvieron lugar en el mismo año: 1477. Ya sabemos que es el año posterior a la muerte de Drácula y que un grupo de monjes estaba muy preocupado por algo que ocurrió en Snagov. ¿Pudieron ser los mismos monjes que vinieron a Estambul, o se trataba de otro grupo relacionado con Snagov?

– Es posible -admití-, pero no es más que una conjetura. Esta información sólo documenta que los monjes procedían de los Cárpatos. Los Cárpatos debían estar llenos de monasterios en aquella época. ¿Cómo podemos estar seguros de que procedían del monasterio de Snagov? ¿Qué opinas, Helen?

Debí pillarla por sorpresa, porque descubrí que me estaba mirando con una especie de anhelo que nunca había percibido en su cara. La impresión, sin embargo, se desvaneció al instante, y pensé que la había imaginado o que tal vez estaba pensando en su madre y en nuestro inminente viaje a Hungría. Fueran cuales fueran sus pensamientos, se recuperó al instante.

– Sí, había muchos monasterios en los Cárpatos. Paul tiene razón. No podemos relacionar a los dos grupos sin más información.

Tuve la impresión de que Turgut parecía decepcionado, y empezó a decir algo, pero en aquel momento nos interrumpió una exclamación ahogada. Era el señor Erozan, que todavía reposaba sobre la chaqueta de Turgut.

– ¡Se ha desmayado! -gritó Turgut-. Aquí estamos, charlando como cotorras… – Acercó el ajo de nuevo a la nariz de su amigo, y el hombre farfulló y revivió un poco- Hemos de llevarle a casa, deprisa. Profesor, madame, ayudadme. Llamaremos un taxi y le llevaremos a mi apartamento. Mi esposa y yo le cuidaremos. Selim se quedará al frente del archivo. Ha de abrir dentro de unos minutos.

Dio a Aksoy unas veloces órdenes en turco.

Después Turgut levantó al pálido y débil hombre del suelo, le enderezó entre nosotros y le condujo con cuidado hacia la puerta posterior. Helen nos siguió con la chaqueta de Turgut, cruzamos el callejón, y un momento después salimos al sol de la mañana. Cuando la luz bañó el rostro del señor Erozan, éste dio un respingo, se encogió contra mi hombro y alzó una mano para taparse los ojos, como para parar un golpe.

36

La noche que pasé en aquella granja de Boulois, con Barley al otro lado de la habitación, fue una de las más insomnes de mi vida. Nos acostamos alrededor de las nueve, puesto que no había gran cosa que hacer, salvo escuchar a las gallinas y ver la luz desvanecerse sobre los combados techos de los corrales. Ante mi asombro, descubrimos que no había luz eléctrica en la granja («¿No te has dado cuenta de que no hay cables?», preguntó Barley), y la granjera nos prestó un farol y dos velas antes de desearnos buenas noches. Debido a su luz, las sombras de los muebles antiguos aumentaron de altura y se cernieron sobre nosotros. El bordado que colgaba de la pared osciló un poco.

Al cabo de unos cuantos bostezos, Barley se acostó vestido en una cama y no tardó en caer dormido. Yo no me atreví a imitarle, pero también tenía miedo de dejar arder las velas toda la noche. Por fin, las apagué y dejé tan sólo la luz del farol, la cual consiguió intensificar de una forma horripilante las sombras que me rodeaban, así como la oscuridad que revelaba nuestra única ventana. Las enredaderas murmuraban contra el cristal, los árboles parecieron acercarse más y un ruido amortiguado, que habrían podido ser búhos o palomas, llegó hasta mí cuando me aovillé en la cama. Barley se me antojaba muy lejos. Antes me había alegrado de tener camas separadas, porque así no habría problemas a la hora de dormir, pero ahora deseé que nos hubiéramos visto obligados a dormir espalda contra espalda.