Helen me estaba contemplando en silencio y percibí, no por primera vez, su habilidad sobrenatural para leer mis pensamientos. Lo confirmó al cabo de un momento.
– Vale la pena, ¿no?
– Sí.
Aparté la vista.
– Muy bien -dijo en voz baja-. Y me alegro de que vayas a conocer a mi tía, que es maravillosa, y a mi madre, que también es maravillosa, pero de una forma diferente, y de que ellas te conozcan.
La miré enseguida (la ternura de su voz había provocado que mi corazón se encogiera de repente), pero su rostro había recuperado la expresión habitual de ironía cautelosa.
– ¿Cuándo nos iremos? -pregunté.
– Recogeremos nuestros visados mañana por la mañana y volaremos al día siguiente, si no hay problemas con los billetes. Mi tía me ha dicho que debemos ir al consulado cae Hungría antes de que abra mañana y llamar al timbre de la puerta, a eso de las siete y media. Desde allí iremos a la agencia de viajes y reservaremos los billetes de avión. Si no hay asientos, tendremos que tomar el tren, lo cual implicaría un viaje muy largo.
Meneó la cabeza, pero mi repentina visión de un ruidoso tren de los Balcanes,
zigzagueando de una antigua capital a otra, me hizo confiar por un momento en que el avión estaría lleno por completo, pese al tiempo que perderíamos.
– ¿Estoy en lo cierto al pensar que esto lo has heredado de tu tía más que de tu madre?
Tal vez fue la aventura mental en tren lo que me impulsó a sonreír a Fleten.
Sólo vaciló un segundo.
– Correcto de nuevo, Watson. Soy muy parecida a mi tía, y gracias a Dios. Pero mi madre te gustará más. A casi todo el mundo le pasa. Y ahora, ¿puedo invitarte a cenar en nuestro local favorito para trabajar en tu conferencia mientras comemos?
– Por supuesto -acepté-, mientras no haya gitanas en las cercanías.
Le ofrecí mi brazo con cautelosa ironía y ella abandonó su periódico para tomarlo. Era extraño, reflexioné cuando salimos a la noche dorada de las calles bizantinas, que aún en las circunstancias más siniestras, en los episodios más turbadores de la vida, muy lejos del hogar y la familia, había momentos de dicha innegable. En una soleada mañana en Boulois, Barley y yo subimos al tren de Perpiñán.
38
El avión del viernes de Estambul a Budapest no estaba muy lleno, y cuando estuvimos acomodados entre los ejecutivos turcos vestidos de negro, los burócratas magiares de chaqueta gris que hablaban a la vez, las ancianas con chaqueta azul y pañuelo en la cabeza (¿iban a trabajar de limpiadoras a Budapest, o sus hijas se habían casado con diplomáticos húngaros?), apenas tuve tiempo de lamentar el viaje en tren que no habíamos hecho, porque el vuelo fue breve.
Ese viaje en tren, con las vías talladas a través de murallas montañosas, sus espacios con bosques y precipicios, ríos y ciudades feudales, tendría que esperar a mi carrera posterior, como ya sabes, y lo he hecho dos veces desde entonces. Hay algo muy misterioso para mí en el cambio que se percibe, a lo largo de esa ruta, del mundo islámico al cristiano, del imperio otomano al imperio austrohúngaro, de lo musulmán a lo católico y protestante. Es una gradación de ciudades, de arquitectura, de minaretes que van dejando paso a cúpulas de iglesias, del mismísimo aspecto del bosque y la orilla del río, de manera que poco a poco empiezas a creer que eres capaz de leer en la propia naturaleza la saturación de historia.
¿Tan diferente parece la ladera de una colina turca de la pendiente de un prado magiar?
Claro que no, pero la diferencia es imposible de borrar del ojo cuando la historia te informa desde la mente. Más tarde, cuando recorrí esta ruta, la vi también alternativamente apacible y bañada en sangre, otro engaño de la visión del historiador, siempre desgarrado entre el bien y el mal, la paz y la guerra. Tanto si imaginaba una incursión otomana por el Danubio como la primera invasión de los hunos desde el este, siempre me atormentaban imágenes conflictivas: una cabeza cortada que llegaba al campamento entre gritos de triunfo y odio, y luego la anciana (tal vez la abuela de todas las abuelas de cara arrugada que veía en el
avión) que vestía a su nieto con ropas de más abrigo, pellizcaba su suave cara turca y extendía su mano experta para impedir que se quemara el guiso de caza.
Estas visiones me aguardaban en el futuro, pero durante nuestro viaje en avión añoraba el panorama sin saber cuál era o qué ideas me induciría más adelante. Helen, una viajera más curtida y menos entusiasta, aprovechó la oportunidad para dormir aovillada en su asiento.
Habíamos estado hasta tarde en la mesa del restaurante de Estambul dos noches seguidas, trabajando en la conferencia que yo pronunciaría en el congreso de Budapest. Tuve que reconocerle mayores conocimientos sobre las batallas de Vlad contra los turcos de los que yo había disfrutado (o no) antes, aunque eso no era decir mucho. Confiaba en que nadie haría preguntas a continuación de mi recitado de este material sólo aprendido a medías. No obstante, era notable lo que Helen almacenaba en su cerebro, y me maravillé una vez más
de que su autoeducación sobre Drácula hubiera sido estimulada por la escurridiza esperanza de darle lecciones a un padre al que apenas podía reivindicar como suyo. Cuando su cabeza descansó sobre mi hombro, la dejé posada allí y procuré no aspirar el aroma (¿champú húngaro?) de sus rizos. Estaba cansada. Me mantuve meticulosamente inmóvil mientras dormía.
Mi primera impresión de Budapest, a través de las ventanillas del taxi que tomamos en el aeropuerto, fue de inmensa nobleza. Helen me había explicado que nos hospedaríamos en un hotel cercano a la universidad, en la orilla este del Danubio, en Pest, pero por lo visto pidió a nuestro conductor que nos llevara junto al Danubio antes de dejarnos. En un momento dado estábamos recorriendo señoriales calles de los siglos XVIII y XIX, animadas de vez en cuando por estallidos de fantasías art nouveau o un majestuoso árbol viejo, y al siguiente vimos el Danubio. Era enorme (yo no estaba preparado para su grandeza), y tres grandes puentes lo cruzaban. En nuestra orilla del río se alzaban las increíbles agujas y cúpulas neogóticas del Parlamento, y en el lado contrario se elevaban los flancos, alfombrados de árboles, del palacio real y las agujas de iglesias medievales. En mitad de todo se hallaba la extensión del río, verdegrisácea, con la superficie agitada apenas por el viento y reflejando la luz del sol. Un gigantesco cielo azul se arqueaba sobre las cúpulas, monumentos e iglesias, y pintaba el agua con colores cambiantes.
Había esperado que Budapest me intrigara y que llegara a admirarla. No esperaba que me sobrecogiera. Había asimilado innumerabies invasores y aliados, empezando con los romanos y terminando con los austriacos, o los soviéticos, pensé, al recordar los amargos comentarios de Helen, y no obstante era diferente de todos ellos. No era del todo occidental, ni oriental como Estambul, ni del norte de Europa, pese a toda su arquitectura gótica. Veía por la ventanilla del taxi un esplendor de lo más personal. Helen también estaba mirando, y al cabo de un momento se volvió hacia mí. Parte de la emoción debía
reflejarse en mi cara, porque estalló en carcajadas.
– Veo que te gusta nuestra pequeña ciudad -dijo, y percibí bajo su ironía un gran orgullo-. ¿Sabías que Drácula es uno de los nuestros aquí? En 1462 fue encarcelado por el rey Matías Corvino a unos treinta kilómetros de Buda, porque había amenazado los intereses de Hungría en Transilvania. Al parecer, Corvino le trató más como a un invitado que como a un prisionero, e incluso le dio una esposa de una familia real húngara, aunque nadie sabe con exactitud quién fue. Se convirtió en la segunda esposa de Drácula. Éste demostró su gratitud convirtiéndose al catolicismo, y se les permitió vivir en Pest una temporada. En cuanto le liberaron…