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admiración provocó la sonrisa de tía Eva, y Helen, sentada entre nosotros, también sonrió con orgullo.

– Es una ciudad maravillosa -dije, y tía Eva me apretó el brazo como si fuera hijo suyo.

Helen me explicó que su tía quería informarme sobre la reconstrucción del puente.

– Budapest sufrió graves daños durante la guerra -dijo-. Uno de los puentes aún no ha sido reparado por completo y muchos edificios fueron destruidos. Pero este puente fue reconstruido en 1949 para celebrar ¿cómo se dice?, el centenario de su construcción, y estamos muy orgullosos de eso. Y yo en particular, porque mi tía colaboró en la organización de la reconstrucción.

Tía Eva sonrió y asintió, y después pareció recordar que no debía entender nada de lo que decíamos.

Un momento después nos internamos en un túnel que daba la impresión de correr bajo el castillo. Tía Eva nos dijo que había elegido uno de sus restaurantes favoritos, un lugar «auténticamente húngaro» en la calle József Attila. Aún me asombraban los nombres de las calles de Budapest, algunos de ellos sólo extraños o exóticos para mí, y otros, como éste, evocadores de un pasado que yo había vivido sólo en los libros. La calle József Attila era tan majestuosa como casi todo el resto de la ciudad. Ya no era el sendero embarrado

flanqueado de campamentos bárbaros, donde los guerreros hunos comían sobre sus sillas de montar. El restaurante era silencioso y elegante, y el jefe de comedor salió a recibir a tía Eva y la llamó por su nombre. Parecía acostumbrada a este tipo de atenciones. A los pocos minutos estábamos instalados en la mejor mesa de la sala, donde disfrutábamos de la vista de viejos árboles y edificios antiguos, transeúntes con atuendo veraniego y pequeños coches ruidosos que atravesaban la ciudad a toda velocidad. Me recliné en el asiento con un suspiro de placer.

Tía Eva pidió por nosotros, como si lo hubiera decidido de antemano, y cuando llegaron los primeros platos, lo hicieron acompañados de un potente licor llamado pálinka, que según Helen era un destilado de albaricoques.

– Ahora tomaremos algo muy bueno con esto -me explicó tía Eva por mediación de Helen-. Lo llamamos hortobágyi palacsinta. Son una especie de crepes rellenas de carne de ternera, un plato tradicional de los pastores de las tierras bajas de Hungría. Te gustarán.

Me gustaron, y también todos los demás platos que siguieron: el guiso de carne con verduras, el pastel de patatas, salami y huevos duros, las ensaladas, las judías verdes con cordero, el maravilloso pan de un color marrón dorado. No me había dado cuenta hasta entonces del hambre que había padecido durante nuestro largo día de viaje. También reparé en que Helen y su tía comían sin ocultar el placer que sentían, algo que ninguna mujer norteamericana habría osado hacer en público.

Sería un error dar la impresión de que sólo comimos. Mientras todos esos platos

tradicionales eran engullidos, tía Eva hablaba y Helen traducía. Yo hice alguna pregunta, pero recuerdo que me pasé casi todo el rato absorbiendo tanto la comida como la información. Daba la impresión de que tía Eva tenía grabado a fuego en su mente que yo era un historiador. Tal vez hasta sospechaba mi ignorancia sobre el tema de la historia de Hungría, y quería asegurarse de que no la avergonzaría en el congreso, o quizá se sentía impelida por el patriotismo del inmigrante bien integrado. Fueran cuales fueran sus motivos, hablaba de manera brillante, y yo casi podía leer la siguiente frase en su rostro expresivo y vivaz, antes de que Helen tradujera.

Por ejemplo, cuando terminamos de brindar por la amistad entre nuestros países con el pálinka, tía Eva sazonó nuestras crepes de pastor con la descripción de los orígenes de Budapest (había sido una guarnición romana llamada Aquincum, y aún se encontraban ruinas de la época), y pintó un animado cuadro de Atila y los hunos, cuando la arrebataron a los romanos en el siglo V. De hecho, los otomanos fueron rezagados bondadosos, pensé.

El guiso de carne y verduras (un plato al que Helen llamaba gulyás, aunque me aseguró con una severa mirada que no era goulash, al que los húngaros llamaban de otra manera) dio paso a una larga descripción de la invasión de la región por los magiares en el siglo IX.

Mientras comíamos el pastel de patatas y salami, que sin duda era mucho mejor que la carne mechada o los macarrones a la italiana, tía Eva describió la coronación del rey Esteban I (san István, para ellos) por el Papa en el año 1000.

– Era un pagano vestido con pieles de animales -tradujo Helen-, pero fue el primer rey de Hungría y convirtió a los húngaros al cristianismo. En Budapest, verás su nombre por todas partes.

Justo cuando pensaba que no podía comer ni un bocado más, aparecieron dos camareros con bandejas de pasteles y tartaletas que no habrían estado fuera de lugar en un salón del trono austrohúngaro, todo aderezado con remolinos de chocolate o nata montada, además de tazas de café.

– Eszpresszó -explicó tía Eva. No sé cómo, encontramos sitio para todo eso-. El café tiene una historia trágica en Budapest -tradujo Helen-. Hace mucho tiempo, en 1541 para ser exactos, el invasor Solimán I invitó a uno de nuestros generales, llamado Bálint Tórók, a tomar una cena deliciosa con él en su tienda, y al final del ágape, mientras bebía café (fue el primer húngaro en probar café), Solimán le informó de que las mejores tropas turcas habían tomado el castillo de Buda mientras ellos cenaban. Ya podéis imaginar qué amargo debió parecerle el café.

Esta vez su sonrisa fue más triste que luminosa. Otra vez los otomanos, pensé. Qué listos eran, y crueles, una extraña mezcla de refinamiento estético y tácticas bárbaras. En 1541 ya hacía más de un siglo que dominaban Estambul. Recordar esto me dio una idea de su formidable fuerza, el poder desde el cual habían extendido sus tentáculos por toda Europa, y sólo se detuvieron a las puertas de Viena. La resistencia que les había opuesto Vlad Drácula, como muchos de sus compatriotas cristianos, había sido la lucha de un David contra un Goliat, con mucho menos éxito que David. Por otra parte, el esfuerzo de los nobles en la Europa del Este y los Balcanes, no sólo en Valaquia sino también en Hungría, Grecia y Bulgaria, por nombrar sólo unos cuantos países, había acabado a la larga con la ocupación otomana. Helen consiguió transmitir todo esto a mi cerebro, y me dejó, cuando lo reflexioné, cierta perversa admiración por Drácula. Debía saber que su desafío a las fuerzas turcas estaba condenado al fracaso a corto plazo, pero había luchado casi toda su vida por liberar su territorio de invasores.

– Era la segunda vez que los turcos ocupaban esta región. -Helen bebió su café y lo dejó sobre la mesa con un suspiro de satisfacción, como si le supiera mejor que cualquier cosa en el mundo-. János Hunyadí los venció en Belgrado en 1456. Es uno de nuestros grandes héroes, junto con el rey István y el rey Matías Corvino, quien construyó el nuevo castillo y la biblioteca de la que te he hablado. Cuando mañana a mediodía oigas repicar todas las campanas de las iglesias, recuerda que es por la victoria de Hunyadi hace siglos. Aún doblan por él cada día.

– Hunyadi -dije en tono pensativo-. Creo que lo mencionaste la otra noche. ¿Dices que la victoria fue en 1456?

Nos miramos. Cada fecha que abarcaba la vida de Drácula se había convertido en una especie de señal para nosotros.