Drácula y Hunyadi eran feroces enemigos, y después lo fueron Drácula y Matías Corvino, de modo que te topas con nuestro personaje cada dos por tres. Te dije durante la comida que había encontrado un manuscrito encargado por Corvino, el documento que habla del fantasma en el ánfora.
– Oh, sí -dije con vehemencia-. ¿Fue en ese manuscrito donde viste también la palabra Ivireanu?
– Pues no. El manuscrito de Corvino es muy interesante, pero por motivos diferentes. El manuscrito dice… Bien, he copiado una parte. El original está en latín.
Sacó su libreta y me leyó unas cuantas líneas.
– «En el año de Nuestro Señor de 1463 este humilde servidor del rey le ofrece estas palabras de grandes escritos, todo para proporcionar información a Su Majestad sobre la maldición del vampiro, que en el infierno perezca. Esta información es para la colección real de Su Majestad. Ojalá le ayude a curar la maldad que asola nuestra ciudad, a terminar con la presencia de vampiros y alejar la epidemia de nuestras moradas.» Etcétera, etcétera.
Después el buen escriba, fuera quien fuera, incluye la lista de las referencias que ha encontrado en varias obras clásicas, incluyendo relatos del fantasma en el ánfora. Como ya adivinarás, la fecha del manuscrito es la del año posterior a la detención de Drácula y su primer confinamiento en Buda. Tu descripción de la misma preocupación por parte del sultán turco, que detectaste en aquellos documentos de Estambul, me inclina a pensar que Drácula causaba problemas allá adonde iba. Ambos mencionan la epidemia y ambos muestran preocupación por la presencia del vampirismo. Muy similar, ¿eh?
Hizo una pausa con aire pensativo.
– De hecho, esa relación con la epidemia no está tan traída por los pelos. Leí en un documento italiano de la Biblioteca Británica que Drácula utilizó armas biológicas contra los turcos. Debió de ser uno de los primeros europeos en hacer uso de ellas. Le gustaba enviar a súbditos que habían contraído enfermedades contagiosas a los campamentos turcos, disfrazados de otomanos.
A la luz del farol, los ojos de Hugh se entornaron, y su rostro brillaba con una intensa concentración. Se me ocurrió en aquel momento que en Hugh James había encontrado un aliado de agudísima inteligencia.
– Todo esto es fascinante -dije-, pero ¿qué me dices de la mención de la palabra Ivireanu?
– Oh, lo siento mucho -sonrió Hugh-. Me he ido un poco por las ramas. Sí, vi esa palabra en la biblioteca de aquí. Me topé con ella hace tres o cuatro días, diría yo, en un Nuevo Testamento en rumano del siglo diecisiete. Lo estaba examinando porque pensé que la portada mostraba una influencia del diseño otomano poco común. En la página del título estaba escrita la palabra Ivireanu. Estoy seguro de que era esa palabra. No le concedí ninguna importancia en aquel momento. Para ser sincero, siempre encuentro palabras rumanas que me desconciertan, porque conozco muy poco el idioma. Llamó mi atención debido al tipo de letra, que era bastante elegante. Imaginé que debía ser el nombre de algún lugar, o algo por el estilo.
– ¿Y nada más? -rezongué-. ¿No volviste a verla?
– Me temo que no. -Hugh estaba prestando atención a su taza de café vacía-. Si me vuelvo a cruzar con ella, no dudes de que te avisaré.
– Bien, tal vez no tenga nada que ver con Drácula -dije para consolarme-. Ojalá tuviera más tiempo para examinar esa biblioteca. Por desgracia, hemos de volver a Estambul el lunes. Sólo tengo permiso para quedarme hasta que termine el congreso. Si encuentras algo interesante…
– Por supuesto -dijo Hugh-. Yo me quedaré seis días más. Sí encuentro algo, ¿te escribo a tu departamento?
El corazón me dio un vuelco. Hacía días que no pensaba en mi país, y no tenía ni idea de cuándo volvería a examinar el correo del buzón de mi departamento.
– No, no -dije a toda prisa-. De momento no. Si encuentras algo que consideras que puede ayudarnos, haz el favor de llamar al profesor Bora. Explícale que hemos hablado. Si le telefoneo, le avisaré de que tal vez te pondrás en contacto con él.
Saqué la tarjeta de Turgut y apunté el número para Hugh.
– Muy bien. -La guardó en el bolsillo de la camisa-. Toma mi tarjeta. Espero volver a vernos. -Permanecimos en silencio unos segundos, él con la vista clavada en la mesa, con sus tazas vacías, los platillos y la luz parpadeante de la vela-. Mira -dijo por fin-, si es cierto todo lo que me has dicho y lo que dijo Rossi, y existe un conde Drácula o un Vlad el Empalador vivo de alguna manera horrible, me gustaría ayudarte…
– ¿A eliminarle? -terminé en voz baja-. Lo recordaré.
Dio la impresión de que ya nos lo habíamos dicho todo, aunque yo confiaba en que volveríamos a hablar algún día. Encontramos un taxi que nos condujo a Pest, y Hugh insistió en acompañarme hasta el vestíbulo del hotel. Nos estábamos despidiendo cordialmente cuando el recepcionista con el que había hablado antes salió como una exhalación de su cubículo y me agarró del brazo.
– ¡Herr Paul! -dijo en tono perentorio.
– ¿Qué ocurre?
Hugh y yo nos volvimos hacia el hombre. Era un individuo alto y encorvado, vestido con una chaqueta azul proletaria y provisto de un bigote digno de un guerrero huno. Tiró de mí para que me acercara y habló en voz baja. Conseguí indicar con un ademán a Hugh que no se marchara. No había nadie más a la vista y no quería afrontar solo una nueva crisis.
– Herr Paul, sé quién estuvo en su Zimmer esta tarde.
– ¿Qué? ¿Quién?
El recepcionista empezó a canturrear y a mirar a su alrededor y se introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta de una manera que habría debido ser significativa si yo hubiera entendido el significado. Me pregunté si sería un poco retrasado.
– Quiere una propina -tradujo Hugh en voz baja.
– Oh, por el amor de Dios -dije exasperado, pero daba la impresión de que los ojos del hombre se habían vidriado, y sólo volvieron a brillar cuando saqué dos enormes billetes húngaros. Los aceptó con aire furtivo y los ocultó en el bolsillo, pero no dijo nada que reconociera mi capitulación.
– Herr norteamericano -susurró-, sé que no sólo hubo ein hombre esta tarde. Dos hombres. Uno llega primero, hombre muy importante. Después el otro. Le veo cuando subo con una maleta a otra Zimmer. Entonces los veo. Hablan. Salen juntos.
– ¿Nadie los detuvo? -repliqué irritado-. ¿Quiénes eran? ¿Eran húngaros?
El hombre no paraba de mirar alrededor de él y tuve que reprimir las ansias de
estrangularle. Esa atmósfera de censura me estaba crispando los nervios. Mi expresión debía de ser de furia, porque Hugh apoyó una mano en mi brazo para tranquilizarme.
– Importante hombre, húngaro. Otro hombre, no húngaro.
– ¿Cómo lo sabe?
Bajó la voz.
– Un hombre húngaro, pero hablar anglisch juntos.
No volvió a hablar, pese a mis preguntas cada vez más amenazadoras. Puesto que, al parecer, había decidido que ya me había facilitado suficiente información por los forints que le había dado, quizá no habría pronunciado ni una palabra más, de no ser por algo que pareció llamar su atención de súbito. Estaba mirando algo a mi espalda, y al cabo de un segundo yo también me volví y seguí su mirada a través de la gran vidriera de la puerta del hotel. Durante una fracción de segundo vi un semblante ansioso de ojos hundidos que había llegado a conocer demasiado bien, un rostro que pertenecía a una tumba, no a una calle. El recepcionista estaba farfullando, apretando mi brazo.
– Ahí está, con su cara de demonio… ¡El anglascher!
Emitiendo una especie de aullido me solté del recepcionista y corrí hacia la puerta. Hugh, con gran presencia de ánimo -me di cuenta después-, se apoderó de un paraguas del paragüero que había al lado del mostrador y salió tras de mí. Pese a mi impetuosidad, seguí aferrando con firmeza el maletín, lo cual me impidió correr más deprisa. Fuimos de un lado a otro, recorrimos la calle de arriba abajo, pero fue inútil. Ni siquiera había oído los pasos del hombre, y no sabía en qué dirección había huido.