Al contrario que tía Eva, no utilizaba maquillaje ni joyas y su atuendo era similar al de las amas de casa que había visto en la calle. De hecho, debía de haber estado ocupada en tareas domésticas, porque llevaba las mangas subidas hasta los codos. Estrechó mi mano con cordialidad, sin decir nada, pero con la vista clavada en mis ojos. Después, sólo un momento, vi a la chica tímida que debía haber sido más de veinte años antes, agazapada en las profundidades de aquellos ojos oscuros rodeados de arrugas.
Nos invitó a entrar, y con un gesto indicó que nos sentáramos a la mesa, donde había dispuesto tres tazas desportilladas y una bandeja de panecillos. Percibí el aroma del café recién hecho. También había estado cortando verduras, y un penetrante aroma a cebollas y patatas crudas impregnaba la habitación.
Observé que era la única habitación, aunque procuré no mirar a mi alrededor con excesivo descaro. Hacía las veces de cocina, dormitorio y zona de descanso. Estaba inmaculadamente limpia, la estrecha cama en un rincón con un edredón blanco y adornada con varias almohadas blancas, bordadas con alegres colores. Junto a la cama había una mesa, sobre la cual descansaban un libro, una lámpara con un tubo de cristal y unas gafas, y al lado una silla pequeña. Al pie de la cama vi una cómoda de madera con flores pintadas.
La zona de la cocina, donde estábamos sentados, consistía en unos fogones, una mesa y sillas. No había electricidad, ni cuarto de baño (me enteré de la existencia del retrete del jardín posterior un poco más tarde). En una pared colgaba un calendario con una fotografía de obreros en una fábrica, y en otra pared, una labor de bordado en colores rojo y blanco.
Había flores en un jarrón y cortinas blancas en las ventanas. Una diminuta estufa de leña se alzaba cerca de la mesa de la cocina, con pilas de troncos al lado. La madre de Helen me sonrió, todavía con un poco de timidez, y entonces advertí por primera vez su parecido con tía Eva, y quizás intuí algo de lo que había atraído a Rossi. Su sonrisa transmitía una calidez excepcional, que se desplegaba poco a poco, y después bañaba su rostro de una franqueza absoluta, casi resplandeciente. Se desvaneció también poco a poco, cuando se sentó para seguir cortando verduras. Me miró de nuevo y dijo algo en húngaro a Helen.
– Quiere que te sirva yo el café.
Helen me acercó una taza, a la que añadió azúcar de una lata. La madre de Helen dejó el cuchillo para empujar la bandeja de panecillos hacia mí. Acepté uno y le di las gracias con las dos torpes palabras que sabía en húngaro. Aquella radiante y pausada sonrisa empezó a destellar otra vez, y paseó la mirada entre Helen y yo, para luego decirle algo que no
entendí. Helen enrojeció y se volvió hacia el café.
– ¿Qué ha dicho?
– Nada. Ideas pueblerinas de mi madre, eso es todo. -Vino a sentarse a la mesa, dejó el
café ante su madre y se sirvió una taza-. Bien, Paul, si nos perdonas, voy a preguntarle qué tal está y qué novedades han ocurrido en el pueblo.
Mientras hablaban, Helen con su voz de contralto y su madre entre murmullos, dejé vagar mi mirada por la habitación. Esa mujer no sólo vivía con una notable sencillez (tal vez igual que sus vecinos), sino en una gran soledad. Sólo había dos o tres libros a la vista, ningún animal, ni siquiera una maceta con una planta. Era como la celda de una monja.
Mirándola a hurtadillas, me di cuenta de lo joven que era, mucho más joven que mi madre.
Aunque se podían distinguir algunas hebras blancas en la raya del peinado, y los años habían agrietado su rostro, su aspecto general era sano y saludable, provisto de un atractivo que no tenía nada que ver con la moda o la edad. Podría haberse casado muchas veces, reflexioné, pero había elegido vivir en aquel silencio conventual. Me sonrió de nuevo y yo le correspondí. Su rostro era tan cordial que tuve que resistir el impulso de extender la mano y estrechar la suya mientras pelaba una patata.
– Mi madre quiere saber todo sobre ti -dijo Helen, y con su ayuda contesté a todas las preguntas con la mayor exactitud posible, cada una formulada en sereno húngaro, con una mirada escrutadora de la interlocutora, como si el poder de su mirada bastara para que yo la entendiera. ¿De qué parte de Estados Unidos era? ¿Por qué había ido allí? ¿Quiénes eran mis padres? ¿Les preocupaba que hubiera viajado tan lejos? ¿Cómo había conocido a Helen? En este punto introdujo varias preguntas que Helen no se molestó en traducir, una de ellas mientras acariciaba la mejilla de su hija. Helen parecía indignada, y yo no insistí en pedir explicaciones. En cambio, seguimos con mis estudios, mis planes, mis platos favoritos.
Cuando la madre de Helen se quedó satisfecha, se levantó y empezó a disponer verduras y pedazos de carne en una gran bandeja, que especió con algo rojo de un bote que había encima de la cocina y luego introdujo en el horno. Se secó las manos en el delantal y volvió a sentarse. Luego nos miró sin hablar, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Por fin, Helen se removió, y supe por su carraspeo que pretendía abordar el propósito de nuestra visita. Su madre la miró en silencio, sin cambiar de expresión, hasta que Helen me señaló al tiempo que pronunciaba la palabra «Rossi». Tuve que apelar a toda mí serenidad, sentado a una mesa de un pueblo alejado de todo cuanto me era familiar, para clavar mis ojos en el rostro calmo sin encogerme. La madre de Helen parpadeó una vez, casi como si alguien hubiera amenazado con abofetearla, y por un segundo sus ojos se desviaron hacia mi cara. Después asintió con aire pensativo y formuló una pregunta a Helen.
– Quiere saber desde cuándo conoces al profesor Rossi. -Desde hace tres años.
– Ahora le explicaré su desaparición -dijo Helen.
Con dulzura y determinación, no tanto como si estuviera hablando con una niña como si se obligara a continuar en contra de su voluntad, Helen habló a su madre. A veces me señalaba, y de vez en cuando formaba una imagen en el aire con las manos. Al fin, capté la palabra Drácula, y entonces ví que la madre de Helen palidecía y se aferraba al borde de la mesa. Los dos nos pusimos de pie de un salto, y Helen le sirvió enseguida un vaso de agua de la jarra. Su madre dijo algo con voz rápida y ronca. Helen se volvió hacia mí.
– Dice que siempre supo que esto sucedería.
Me quedé sin saber qué hacer, pero la madre de Helen tomó unos sorbos de agua y pareció recobrarse un poco. Alzó la vista y después, ante mi sorpresa, cogió mi mano como yo había querido tomar la suya unos minutos antes y me llevó de nuevo hacia la silla. Sujetó mi mano con ternura, acariciándola como si calmara a un niño. Fui incapaz de imaginar a una mujer de mi cultura haciendo algo así la primera vez que conocía a un hombre, pero nada se me antojó más natural. Comprendí lo que Helen había querido decir cuando comentó que, de las dos mujeres mayores de su familia, su madre sería la que me caería mejor.
– Mi madre quiere saber si crees de verdad que Drácula secuestró al profesor Rossi.
Respiré hondo.
– Sí.
– También desea saber si quieres al profesor Rossi.
La voz de Helen era algo desdeñosa, pero su expresión mostraba una gran seriedad. Si hubiera podido tomar su mano con la que me quedaba libre, lo habría hecho.
– Moriría por él -dije.
Repitió esto a su madre, quien de repente estrujó mi mano con una garra de hierro.
Comprendí más tarde que era una mano endurecida por el trabajo incesante. Sentí la aspereza de los dedos, los callos de las palmas, los nudillos hinchados. Contemplé aquella mano pequeña pero fuerte y vi que era muchos años más vieja que la mujer a la que pertenecía.