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Helen se acercó a hablar con ella, y observé que se comportaban con suma formalidad.

Costaba creer que la noche anterior se había lanzado a sus brazos. Helen me tradujo la felicitación de su tía.

– Muy buen trabajo, joven. A juzgar por las caras de todo el mundo, comprobé que había logrado no ofender a nadie, de modo que no debió decir gran cosa, pero usted se yergue en toda su estatura en el estrado y mira a la gente a los ojos. Eso le llevará lejos. -Tía Eva

suavizó estos comentarios con su deslumbrante sonrisa-. He de volver a casa para trabajar un poco, pero mañana por la noche cenaremos juntos. Podemos hacerlo en su hotel. -

Ignoraba que íbamos a cenar con ella otra vez, pero me alegró saberlo-. Lamento muchísimo no poder prepararle una buena cena casera, tal como me gustaría, pero si le digo que yo estoy en obras, como el resto de Budapest, sé que usted me comprenderá. No puedo permitir que un invitado vea mi comedor hecho un desastre. -Su sonrisa era fascinadora, pero conseguí extraer dos datos de este discurso: uno, que en esta ciudad de (suponía) diminutos apartamentos, ella tenía comedor; y dos, que estuviera hecho o no un desastre, era demasiado cauta para llevar a su casa a un visitante estadounidense-. He de hablar con mi sobrina. Helen podría venir a mi casa esta noche, si usted puede pasar sin ella.

Helen tradujo todo esto con culpable exactitud.

– Por supuesto -contesté, y devolví la sonrisa a tía Eva-. Estoy seguro de que tienen que hablar de muchas cosas después de una separación tan larga. Por mi parte, ya tengo planes para cenar.

Mis ojos estaban escrutando la sala en busca de la chaqueta de tweed de Hugh James.

– Muy bien.

Me ofreció de nuevo la mano, y esta vez la besé como un auténtico húngaro, la primera vez que besaba la mano de una mujer, y tía Eva se fue.

A este descanso siguió una charla en francés sobre las revueltas campesinas en Francia a principios de la era moderna, y otras conferencias en alemán y húngaro. Las escuché sentado en la parte de atrás, al lado de Helen, disfrutando de mi anonimato. Cuando el investigador ruso sobre las repúblicas bálticas abandonó el estrado, Helen me aseguró en voz baja que ya habíamos hecho suficiente acto de presencia y que podíamos irnos.

– Aún queda una hora para que cierre la biblioteca. Escapémonos ahora.

– Un momento -dije-. Quiero confirmar mi cita para cenar.

Poco me costó localizar a Hugh James. Él también me estaba buscando. Acordamos encontrarnos en el vestíbulo del hotel de la universidad. Helen iba a tomar el autobús para ir a casa de su tía, y vi en su cara que estaría todo el rato preguntándose qué tenía que decirnos Hugh James.

Cuando llegamos, las paredes de la biblioteca universitaria eran de un ocre inmaculado, y me maravillé de nuevo de la rapidez con que la nación húngara se estaba reconstruyendo después de la catástrofe de la guerra. Hasta el Gobierno más tiránico no podía ser malo del todo si era capaz de recuperar tanta belleza para los ciudadanos en un plazo tan breve de tiempo. Este esfuerzo debía haber sido espoleado tanto por el nacionalismo húngaro, especulé, al recordar los comentarios evasivos de tía Eva, como por el fervor comunista.

– ¿En qué estás pensando? -me preguntó Helen. Se había puesto los guantes y de su brazo colgaba con firmeza el bolso.

– Estoy pensando en tu tía.

– Si tanto te gusta mi tía, tal vez mi madre no sea de tu estilo -dijo con una carcajada provocadora-. Pero mañana lo sabremos. Ahora, vamos a buscar algo aquí.

– ¿El qué? Deja de ser tan misteriosa.

Helen no me hizo caso y entramos juntos en la biblioteca franqueando pesadas puertas talladas.

– ¿Renacimiento? -susurré a Helen, pero negó con la cabeza.

– Una imitación del siglo diecinueve. La colección original no vino a Pest hasta el siglo dieciocho. Estaba en Buda, como la universidad. Recuerdo que un bibliotecario me contó una vez que muchos de los libros más antiguos de esta colección fueron donados a la biblioteca por familias que huían de los invasores otomanos en el siglo dieciséis. Como ves, debemos algunas cosas a los turcos. ¿Quién sabe dónde estarían ahora todos estos libros?

Era estupendo volver a entrar en una biblioteca. El olor era como el de casa. Era un edificio neoclásico, todo en madera oscura tallada, balcones, galerías, frescos. Pero lo que atrajo mi atención fueron las hileras de libros, cientos de miles de ejemplares que tapizaban las salas del suelo al techo, sus encuadernaciones rojas, marrones y doradas formando pulcras filas, sus portadas color mármol y sus guardas suaves al tacto, las vértebras abultadas de sus lomos marrones como huesos viejos. Me pregunté dónde habrían estado escondidos durante la guerra, y cuánto habrían tardado en ordenarlos de nuevo en las estanterías reconstruidas.

Algunos estudiantes estaban todavía examinando volúmenes, sentados frente a largas mesas, y un joven estaba clasificando pilas de libros detrás de un gran escritorio. Helen se detuvo a hablar con él y el hombre asintió. Indicó con un gesto que le siguiéramos hacia una gran sala de lectura que yo había vislumbrado a través de una puerta abierta. Allí nos localizó un enorme infolio, lo dejó sobre una mesa y se fue. Helen se sentó y se quitó los guantes.

– Sí -dijo en voz baja-, creo que es esto lo que recordaba. Miré este volumen justo antes de irme de Budapest el año pasado, pero no pensé que poseyera un gran significado.

Lo abrió por la página del título y vi que estaba en un idioma desconocido para mí. Las palabras se me antojaron extrañamente familiares, pero no pude descifrar ni una.

– ¿Qué es esto?

Apoyé el dedo en lo que me pareció el título. La página era de papel grueso de buena calidad, impreso con tinta marrón.

– Es rumano -me informó Helen.

– ¿Sabes leerlo?

– Desde luego. -Apoyó la mano sobre la página, cerca de la mía. Observé que nuestras manos eran casi del mismo tamaño, aunque la de ella tenía huesos más finos y dedos estrechos y de extremos cuadrados-. Aquí -dijo-. ¿Has estudiado francés?

– Sí -admití, y empecé a descifrar el título-. Baladas de los Cárpatos, 1790.

– Bien -dijo-. Muy bien.

– Creía que no sabías rumano -dije.

– Lo hablo mal, pero más o menos puedo leerlo. Estudié latín durante diez años en el colegio, y mi tía me enseñó a leer y escribir en rumano. Contra los deseos de mi madre, por supuesto. Ella es muy tozuda. Nunca habla de Transilvania, pero en el fondo de su corazón nunca la ha abandonado.

– ¿De qué va este libro?

Pasó la primera página con delicadeza. Vi una larga columna de texto, que no pude entender a primera vista. Además del desconocimiento de las palabras, muchas de las letras latinas estaban adornadas con cruces, cedillas, acentos circunflejos y otros símbolos. Se me antojó más un texto sobre brujería que una lengua románica.

– Descubrí este libro durante mis últimas investigaciones, poco antes de partir hacia Inglaterra. No hay mucho material sobre Drácula en esta biblioteca. Encontré unos pocos documentos sobre vampiros en general, porque Matías Corvino, nuestro rey bibliófilo, sentía curiosidad por el tema.

– Hugh dijo lo mismo -murmuré.

– ¿Qué?

– Te lo explicaré después. Continúa.

– Bien, no quería dejar ninguna piedra por levantar, así que leí una enorme cantidad de material sobre la historia de Valaquia y Transilvania. Tardé varios meses. Me obligué a leer lo que había en rumano. Montones de documentos y crónicas sobre Transilvania están en húngaro, por supuesto, debido a cientos de años de dominación húngara, pero también hay documentación rumana. Esto es una colección de textos de canciones populares de Transilvania y Valaquia, publicadas por un recopilador anónimo. Algunas son mucho más que canciones populares. Son poemas épicos.

Me sentí un poco decepcionado. Esperaba alguna especie de documento histórico raro, algo acerca de Drácula.

– ¿Alguna habla de nuestro amigo?

– No, me temo que no. No obstante, una canción se me quedó grabada y pensé en ella otra vez cuando me hablaste de lo que Selim Aksoy quería que viéramos en el archivo de Estambul, ya sabes, ese pasaje sobre los monjes de los Cárpatos que entran en la ciudad de Estambul con sus carretas y mulas, ¿te acuerdas? Lamento no haberle pedido a Turgut que nos escribiera la traducción.

Empezó a pasar las páginas del volumen con mucho cuidado. Algunos de los largos textos estaban ilustrados en la parte superior con xilografías, la mayoría adornos con aspecto de bordados populares, pero también algunas toscas representaciones de árboles, casas y animales. La tipografía era muy nítida, pero el libro en sí era chapucero, como hecho en casa. Helen siguió con los dedos las primeras líneas de los poemas, mientras sus labios se movían poco a poco, y meneó la cabeza.

– Algunas de estas baladas son muy tristes -dijo-. En el fondo, los rumanos somos muy diferentes de los húngaros.

– ¿Por qué?

– Bien, existe un proverbio húngaro que dice: «El magiar vive los placeres con tristeza». Y es verdad. Hungría está plagada de canciones tristes, y en las aldeas hay violencia, alcoholismo y suicidios.

Pero los rumanos son aún más tristes. Creo que no nos hace tristes la vida, sino que somos tristes por naturaleza. -Inclinó la cabeza sobre el libro-. Escucha esto. Es típico de estas canciones.

Tradujo despacio, y el resultado fue algo parecido a esto, aunque esta canción en concreto es diferente y procede de un pequeño volumen de traducciones del siglo XIX que se encuentra ahora en mi biblioteca privada:

La niña que ha muerto fue siempre dulce y bondadosa.

Ahora la hermana menor exhibe la misma sonrisa.

Dijo a su madre: «Oh, madre querida,

mi buena hermana muerta me dijo que no temiera.

La vida que no pudo vivir me entrega,

para darte renovada felicidad».

Pero no, la madre no pudo levantar la cabeza,

y siguió llorando por la hija que estaba muerta.

– Santo Dios -dije estremecido-. No cuesta creer que una cultura capaz de crear una canción semejante creyera en vampiros e incluso los engendrara.

– Sí -dijo Helen, y meneó la cabeza, pero ya estaba pasando más páginas del volumen-.

Espera. -Hizo una repentina pausa-. Podría ser esto.