Desde que éramos jóvenes, amor mío, se ha producido una revolución sexual, una bacanal de proporciones míticas que tú no has vivido para ver. Ahora, al menos en el mundo occidental, da la impresión de que los jóvenes se acuestan sin más preliminares. Pero recuerdo nuestras restricciones con casi tanto anhelo como recuerdo nuestra consumación legal, mucho más tarde. Es un tipo de recuerdos que no puedo compartir con nadie: la familiaridad que teníamos con la ropa de cada uno, en una situación en que debíamos aplazar la satisfacción del deseo, la manera en que desprenderse de una prenda suscitaba una candente pregunta entre nosotros, de modo que recuerdo con dolorosa claridad (y cuando menos lo deseo) la delicada base de tu cuello y el delicado color de tu blusa, esa blusa cuya silueta conocía de memoria, antes incluso de que mis dedos rozaran su textura o tocaran sus botones de nácar. Recuerdo el olor del viaje en tren y el del jabón basto en el hombro de tu chaqueta negra, la leve aspereza de tu sombrero de paja negro, tanto como la suavidad de tu pelo, que era casi exactamente del mismo tono. Cuando osábamos pasar media hora juntos en la habitación de mi hotel de Sofía, antes de aparecer en otra comida sombría, pensaba que mi deseo iba a destruirme. Cuando colgabas tu chaqueta en una silla y dejabas la blusa encima, lenta y deliberadamente, cuando volvías la cara hacia mí con ojos que nunca se apartaban de los míos, el fuego me paralizaba. Cuando colocabas mis manos en tu cintura y tenían que elegir entre el lustre denso de tu falda y el lustre más leve de tu piel, podría haberme puesto a llorar.
Tal vez fue entonces cuando descubrí tu única mácula, tal vez el único lugar que no había besado, el diminuto dragón ensortijado en tu omóplato. Mis manos debieron acariciarlo antes de verlo. Recuerdo que respiré hondo, al igual que tú, cuando lo descubrí y acaricié con un dedo curiosamente reacio. Con el tiempo se convirtió en parte de la geografía de tu suave espalda, pero en aquel primer momento insufló un temor reverente en mi deseo. Si esto sucedió o no en nuestro hotel de Sofía, debí descubrirlo más o menos cuando estaba memorizando el borde de tus dientes inferiores y la hermosa hilera que formaban, así como la piel que cercaba tus ojos, con sus primeras señales de envejecimiento, como telarañas…
Aquí se interrumpe la nota de mi padre, y sólo puedo volver a las cartas que me dirigió, más mesuradas.
50
Turgut Bora y Selim Aksoy nos estaban esperando en el aeropuerto de Estambul.
– ¡Paul! -Turgut me abrazó y besó, y me dio palmadas en los hombros-. ¡Madame profesora! -Estrechó la mano de Helen entre las suyas-. Gracias a Dios que habéis vuelto sanos y salvos. ¡Bienvenidos en vuestro triunfal regreso!
– Bien, yo no lo llamaría triunfal -dije, y reí a pesar de todo.
– ¡Conversaremos, conversaremos! -gritó Turgut al tiempo que me daba sonoras
palmadas en la espalda. Selim Aksoy seguía el reencuentro con más calma. Al cabo de una hora estábamos a la puerta del apartamento de Turgut, donde la señora Bora se mostró muy contenta por nuestra reaparición. Helen y yo lanzamos una exclamación al verla: ese día iba vestida de azul muy claro, como una florecilla de primavera. Nos miró con aire inquisitivo.
– Nos gusta su vestido -dijo Helen, al tiempo que estrechaba la menuda mano de la señora Bora.
Ella rió.
– Gracias -dijo-. Me hago todos los vestidos.
Después Selim Aksoy y ella nos sirvieron café y algo a lo que ella llamó biirek, un rollo de hojaldre relleno de queso salado, así como un banquete compuesto por cinco o seis platos más.
– Ahora, amigos míos, contadnos lo que habéis averiguado.
Era una orden perentoria, pero entre los dos le explicamos nuestras experiencias en el congreso de Budapest, mi encuentro con Hugh James, la historia de la madre de Helen.
Turgut nos miró con ojos desorbitados cuando dijimos que Hugh James también tenía un libro con el dragón. Mientras contaba todo esto, me di cuenta de que habíamos averiguado muchas cosas. Por desgracia, ninguna indicaba el paradero de Rossi.
Turgut nos dijo a su vez que habían padecido graves problemas durante nuestra ausencia de Estambul. Dos noches antes, su buen amigo el archivista había sido atacado por segunda vez en el apartamento donde ahora descansaba. El primer hombre que le había vigilado se había quedado dormido estando de guardia y no había visto nada. Ahora habían apostado un guardia nuevo y confiaban en que sería más puntilloso. Estaban tomando todas las precauciones posibles, pero el pobre señor Erozan no se encontraba nada bien.
También tenían otro tipo de noticias. Turgut vació su segunda taza de café y fue a recuperar algo de su macabro estudio (me sentí aliviado cuando no me pidió que le acompañara).
Salió con una libreta y se sentó al lado de Selim Aksoy. Los dos nos miraron muy serios.
– Te dije por teléfono que habíamos descubierto una carta en tu ausencia -empezó Turgut-. La carta original está en eslavo, el antiguo idioma de las iglesias cristianas.
Como ya te dije, la escribió un monje de los Cárpatos, y se refiere a sus viajes a Estambul.
A mi amigo Selim le sorprende que no esté en latín, pero quizás ese monje era eslavo. ¿La leo?
– Por supuesto -dije, pero Helen levantó la mano.
– Un momento, por favor. ¿Cómo y dónde la encontraron?
Turgut asintió con aire de aprobación.
– El señor Aksoy la descubrió en el archivo que ustedes visitaron con nosotros. Se ha pasado tres días mirando todos los manuscritos del siglo quince que hay en el archivo. Allí encontró una pequeña colección de documentos de las iglesias infieles, o sea, de las iglesias cristianas que recibieron permiso para seguir abiertas en Estambul durante el reinado del conquistador y sus sucesores. No hay muchos en el archivo, porque solían guardarlos en los monasterios, sobre todo en el patriarcado de Constantinopla. No obstante, algunos documentos eclesiásticos llegaban a manos del sultán, sobre todo si estaban relacionados con nuevos acuerdos establecidos con las iglesias bajo el imperio. Esos acuerdos se llamaban firman. A veces el sultán recibía cartas de… ¿Cómo se dice? Peticiones relacionadas con algunos asuntos eclesiásticos, y ésas también están en el archivo.
Tradujo a toda prisa para Aksoy, quien quería que Turgut explicara algo más.
– Sí, mi amigo nos proporciona buena información sobre esto. Me recuerda que en cuanto el conquistador se apoderó de la ciudad nombró a un nuevo patriarca para los cristianos, el patriarca Gennadius. -Aksoy, que estaba escuchando, asintió enérgicamente-. El sultán y Gennadius mantenían una amistad muy civilizada. Ya te dije que el sultán fue tolerante con los cristianos de su imperio una vez que los conquistó. El sultán Mehmet pidió a Gennadius que le escribiera una explicación de la fe ortodoxa, y después mandó traducirla para su biblioteca particular. Hay una copia de esta traducción en el archivo. Además, hay copias de algunos estatutos de las iglesias, los cuales debían ser aprobados por el conquistador, y también están. El señor Aksoy estaba estudiando uno de esos estatutos, el de una iglesia de Anatolia, y encontró esta carta entre dos de las hojas.
– Gracias.
Helen se reclinó en los almohadones.
– La pena es que no puedo enseñaros el original, porque no pudimos sacarlo del archivo.
Podéis ir a verlo mientras estéis aquí si queréis. Está escrito con una hermosa caligrafía, en una pequeña hoja de pergamino, con un borde roto. Ahora os leeré la traducción, que hemos hecho. Recordad que es la traducción de una traducción, y puede que se hayan perdido algunos detalles en el camino.
Y nos leyó lo siguiente:
Su Excelencia, señor abad Maxim Eupraxius:
Un humilde pecador suplica vuestra atención. Como ya he descrito, se produjo una gran controversia en esta congregación desde que nuestra misión fracasó ayer. La ciudad no es un lugar seguro para nosotros, y no obstante pensamos que no podíamos abandonarla sin saber qué ha sido del tesoro que buscamos. Esta mañana, por la gracia del Todopoderoso, se ha abierto una nueva vía, que debo explicaros. El abad de Panachantros, al saber por el abad nuestro anfitrión, su buen amigo, de nuestras penalidades, vino a vernos en persona a Santa Irene. Es un hombre santo y gentil de unos cincuenta años, que ha vivido su larga vida primero en el Gran Lavra de Azos y ahora, desde muchos años, es monje y abad de
Panachantros. Nada más llegar se reunión a solas con nuestro anfitrión y después hablaron con nosotros en los aposentos de nuestro anfitrión, en completo secreto, tras ordenar que se fueran todos los novicios y criados. Nos dijo que no se había enterado de nuestra presencia hasta aquella mañana, y tras saberlo había ido a ver a su amigo para darle noticias que no había querido compartir antes, pues no deseaba poner en peligro ni a él ni a sus monjes. En suma, nos reveló que lo que buscamos ya había sido transportado desde la ciudad hasta un refugio de las tierras ocupadas de los búlgaros. Nos ha dado las instrucciones más secretas para que viajemos con seguridad y nos ha dicho el nombre del refugio que hemos de buscar. Nos íbamos a esperar un poco más aquí, para informaros y recibir vuestras órdenes en este asunto, pero estos abades también nos dijeron que algunos jenízaros de la corte del sultán ya han ido a ver al Patriarca para interrogarle sobre la desaparición de lo que buscamos. Es muy peligroso para nosotros demorarnos incluso un día, y estaremos más seguros atravesando las tierras de los infieles que aquí. Excelencia, perdonad nuestra obstinación en partir sin haber podido solicitaron instrucciones, y que Dios y vos bendigáis nuestra decisión. En caso necesario, destruiré incluso este documento antes de que llegue a vuestras manos e iré a informaros de nuestra búsqueda con mi lengua, si antes no me la han
cortado.
El humilde pecador hermano Kiril
Abril, el Año de Nuestro Señor 6985
Se hizo un profundo silencio cuando Turgut terminó. Se pasó una mano inquieta por la melena plateada. Helen y yo nos miramos.
– ¿El año 6985? -dije por fin-. ¿Qué significa eso?