El coche quedó en silencio. Pasaron ante la iglesia de Marnäs, y Gerlof recordó a su amigo y el entierro inminente. No tenía ganas de ir.
– Sabes más de lo que cuentas -dijo Julia al final.
– Un poco sí -reconoció Gerlof en voz baja-, pero no mucho. Tenemos unas cuantas hipótesis, John y yo.
Ernst también había tenido unas cuantas hipótesis, pensó con tristeza.
– Esto no es un juego -le reconvino Julia en voz baja-. Jens es mi hijo.
– Lo sé. -A Gerlof le habría gustado ser capaz de pedirle que dejara de hablar de Jens como si todavía estuviera vivo-. Y pronto oirás todo lo que pienso.
– ¿Por qué le hablaste de la sandalia a Astrid? -quiso saber Julia.
– Para que se divulgue la noticia -explicó Gerlof-. Seguro que Astrid la divulga, se le da bien. -Miró a Julia-. ¿Le contaste a la policía ayer lo de la sandalia?
– No. Tenía otras cosas en que pensar. ¿Y por qué deberíamos contarlo?
– Bueno, quizá logremos que suceda algo. Que aparezca alguien.
– ¿Que aparezca alguien?
– Nunca se sabe -dijo Gerlof, pero ya habían llegado a la residencia de ancianos.
Julia le ayudó de nuevo a salir del coche.
– ¿Qué vas a hacer ahora? -preguntó él.
– No sé. Quizá vaya a la iglesia.
– Bien, hazlo. Puedes encender una vela en la tumba de Ella. Arriba, en la habitación, tengo una.
– Vale -aceptó Julia, y lo acompañó a la puerta.
– Puedes dar una vuelta por el cementerio. Cuando hayas encendido la vela de tu madre date una vuelta hasta el muro oeste de la iglesia y mirar las tumbas que hay allí.
– Vale. ¿Por qué? -preguntó Julia, y apretó el timbre que abría la puerta de entrada a la residencia de ancianos.
– Lo sabrás cuando lo veas -respondió Gerlof.
11
Julia se hallaba en el cementerio de Marnäs mirando la tumba de Nils Kant.
Se encontraba junto al muro oeste, y era la última de una larga hilera de sepulcros. El nombre NILS KANT estaba grabado en la lápida al igual que las fechas 1925-1963. Ésta era baja y modesta, de piedra caliza corriente que seguramente procedía de la cantera de Stenvik. Quizá fue Ernst Adolfsson el que la cortó. Tenía más de treinta años, y manchas de liquen blanco habían comenzado a cubrir su parte superior.
Sobre la tumba crecía una hierba seca amarillenta, pero no había flor alguna.
Julia se había preguntado por qué nadie nombró a Nils Kant como sospechoso al desaparecer Jens. En respuesta, Gerlof la había conducido hasta allí, hasta el desierto cementerio a las afueras de Marnäs, y ahora descubría que Nils Kant no podía tener relación con la desaparición de Jens. En 1972 Kant llevaba muerto casi diez años. Era una respuesta tallada en la piedra.
Bueno. Un nuevo callejón sin salida.
Dos metros más allá había otra lápida, también de piedra caliza, pero más alta y más ancha. Había un nombre y una fecha grabados: KARL-EINAR ANDERSSON 1889-1935 y VERA ANDERSSON KANT 1897-1972. Debajo de esos nombres y en un texto más pequeño se leía: AXEL TEODOR KANT 1929-1936. Era el hermano menor de Nils Kant, cuyo cuerpo había desaparecido en el estrecho.
Cuando Julia se dio la vuelta para irse vio algo pequeño y blanco que se agitaba tras la lápida de la tumba de Nils Kant. Se detuvo, dio un par de pasos hacia delante y se agachó.
Lo que se movía ligeramente con el viento era un sobre blanco, sujeto entre los tallos de un par de rosas secas.
Julia supuso que alguien habría dejado unas rosas detrás de la lápida no hacía mucho tiempo, pues aún conservaban algunos pétalos granates y secos. Cuando cogió el sobre lo notó húmedo. Si tenía algo escrito, la tinta se habría borrado con la lluvia.
Miró alrededor. El cementerio seguía desierto. La iglesia blanca de Marnäs se alzaba a unos cincuenta metros de distancia, pero la puerta estaba cerrada cuando Julia había intentado entrar y al otro lado de las ventanas no se veía ningún movimiento.
Introdujo el sobre en el bolsillo de su abrigo y se alejó.
Regresó a la tumba de su madre, retiró una hoja amarilla de abedul que había caído durante los minutos que había estado lejos y se agachó para comprobar que la vela aún ardía. Sí, no se había apagado.
Luego regresó a su coche para recorrer el kilómetro que la separaba del centro de Marnäs.
Cuando Julia era pequeña, una excursión desde la casa de verano hasta Marnäs, al este de la isla, era toda una aventura. Allí no sólo había un quiosco, sino también tiendas. Se podían comprar juguetes.
Ahora, mientras avanzaba en coche por el pequeño pueblo lo que más agradecía era que se pudiera aparcar gratuitamente: una gran ventaja respecto a Gotemburgo. Había sitio junto a la tienda de ICA, en toda la pequeña calle principal y en el puerto. Al final eligió el puerto. Allí vio una pequeña taberna, Moby Dick, restaurante y pub, cuyas mesas, al otro lado de las ventanas, estaban completamente vacías media hora antes de la hora del almuerzo.
No había barcos de pesca ni de recreo en el pequeño puerto. Julia salió del coche y se dirigió al desierto muelle de hormigón que apuntaba hacia el horizonte. Permaneció ahí unos minutos contemplando el mar gris surcado de pequeñas olas. No se veía nada en el horizonte. Detrás de él, hacia el nordeste, estaba Gotland, y al otro lado del mar Báltico se encontraba Europa del Este, con los antiguos, y ahora nuevos, países que se habían separado de la Unión Soviética: Estonia, Lituania y Letonia. Un mundo que Julia nunca había visitado.
Se dio media vuelta y caminó lentamente por la calle principal; no vio un alma. Pasó ante una pequeña tienda de ropa, una floristería y un cajero automático donde se detuvo para sacar trescientas coronas. Como de costumbre, no tenía mucho saldo, y estrujó el recibo rápidamente.
En la puerta siguiente colgaba un letrero: «ÓLANDS-POSTEN». Debajo del nombre, y escrito con letras más pequeñas: «El diario de todo el norte de Öland».
Julia vaciló unos segundos antes de entrar.
Al abrir la puerta hizo sonar una campanilla de latón encima de su cabeza. Entró en un pequeño local con buena luz pero con el aire viciado: apestaba a humo de cigarrillo viejo. Había un mostrador vacío, y detrás, una oficina con dos mesas repletas de periódicos y papeles. Ante cada uno de sus susurrantes ordenadores se sentaban dos hombres mayores, uno canoso y el otro completamente calvo; ambos vestían tejanos y camisas que pedían a gritos un buen planchado. Sobre la mesa del calvo reposaba un letrero con el nombre LARS T. BLOHM. La mesa del canoso carecía de letrero, pero Julia reconoció a Bengt Nyberg, el reportero que había llegado a la cantera enseguida. Lo había vislumbrado a través de la ventana y Lennart Henriksson le había dicho quién era.
Una larga serie de titulares colgaba de la pared: «TRÁGICO ACCIDENTE MORTAL EN LA CANTERA» rezaba uno en el extremo izquierdo en gruesas letras negras.
¿Acaso no eran trágicos todos los accidentes mortales?
– ¿Qué desea? -Bengt Nyberg no pareció reconocerla cuando la miró a través de un par de gruesas gafas de lectura. Julia se acercó al mostrador-. ¿Quiere poner un anuncio?
– No -respondió Julia, que no sabía realmente por qué había entrado en la redacción-. Sólo pasaba por aquí… Ahora estoy en Stenvik y… Mi hijo ha desaparecido.
Parpadeó. ¿Por qué había dicho eso?
– Vaya -dijo Nyberg-. Pero esto no es la comisaría. Está en el edificio de al lado.
– Gracias -repuso Julia, y sintió que se le aceleraba el pulso, como si hubiera dicho algo embarazoso.
– ¿O quiere que escribamos sobre ello?
– No -contestó Julia rápidamente-. Iré a la policía.
– ¿Cuándo ha desaparecido? -preguntó Lars Blohm, el otro hombre. Tenía una voz profunda, ronca-. ¿Qué hora era? ¿Ha sido aquí, en Marnäs?
– No. No ha sido hoy -respondió Julia. Sintió que se ruborizaba cada vez más, como si les estuviera mintiendo a los dos periodistas-. Tengo que irme. Gracias.