Nils cierra la tapa y guarda su botín de guerra en la mochila. Cierra el morral y lo deja junto a su difunto propietario. En realidad no hay mucho más que hacer en el lugar. Debería enterrar a los soldados, pero no lleva nada con que cavar.
Los cuerpos tendrán que quedarse donde están ahora, protegidos por los enebros; quizá pueda regresar otro día con una pala de verdad. En todo caso alarga la mano y les cierra los ojos, para que no se queden con la mirada clavada en el cielo.
Se endereza; es hora de volver a casa. Se cuelga la mochila, alza la escopeta aún caliente y con olor a pólvora y echa a andar en dirección oeste, hacia Stenvik. El sol brilla entre las nubes.
Después de unos cincuenta pasos se da la vuelta un instante y mira la planicie color esmeralda. El claro entre los enebros está en sombras y el verde del uniforme de los soldados se confunde con el del paisaje, pero una mano blanca e inmóvil sobresale entre la hierba, claramente visible a través de las ramas sinuosas.
Nils prosigue su camino. Empieza a pensar en lo que le dirá a su madre, cómo le explicará las manchas de sangre en sus pantalones. Desea contárselo todo, no quiere tener secretos sobre sus actividades en el lapiaz, pero a veces siente que hay cosas que ella prefiere no oír. Quizá la lucha con los soldados sea una de esas cosas. Tendrá que pensarlo.
Por mucho que se devane los sesos no encuentra ninguna respuesta. Y ahora se acerca al camino que conduce a Stenvik. Está desierto, y sigue adelante.
No, el camino no está desierto del todo. En una pequeña curva a un centenar de metros de las primeras casas de la aldea aparece alguien caminando.
El primer impulso de Nils es darse la vuelta, pero a su espalda sólo ve enebros raquíticos. Además, ¿por qué tiene que esconderse? En el lapiaz ha participado en algo grande, algo completamente revolucionario, y no tiene por qué temer a nadie.
Nils se detiene detrás del muro de piedra a unos metros del camino de la aldea y deja que la figura se acerque.
De pronto se da cuenta de que es Maja Nyman.
Maja, la chica de Stenvik a la que sigue con la mirada, la que ocupa sus pensamientos, pero con la que nunca ha hablado. Ahora tampoco puede hablar con ella, pero Maja se acerca cada vez más, esbozando una sonrisa como si éste fuera un día de verano normal y corriente. Ha visto al joven, y aunque no aviva el paso, a Nils le parece que se endereza, levanta la barbilla un par de centímetros y saca pecho.
Paralizado junto al camino, Nils ve cómo ella se detiene al otro lado del bajo muro de piedra.
Lo mira. Él le devuelve la mirada, pero no se le ocurre nada que decirle, ni siquiera un saludo. El silencio se vuelve aún más insoportable pues se oye el canto de un alegre ruiseñor procedente de la acequia que hay al otro lado del muro de piedra.
Al fin Maja abre la boca.
– ¿Has cazado algo hoy, Nils? -inquiere con una voz cristalina.
Al oír la pregunta, Nils de poco da un traspié. Primero cree que Maja lo sabe todo, luego comprende que no se refiere a los soldados. Tiene una escopeta; normalmente lleva los conejos que ha cazado cuando regresa a la aldea.
Niega con la cabeza.
– No -dice-, ningún conejo. -Da un paso hacia atrás, siente el peso del estuche de hojalata en la mochila y añade-: Ahora… tengo que irme. Con mi madre, a la aldea.
– ¿No vas por el camino? -pregunta Maja.
– No. -Nils sigue retrocediendo-. Voy más rápido por el lapiaz.
Las palabras le llegan a los labios cada vez con más facilidad; puede hablar con Maja Nyman. Lo hará otra vez, pero hoy no.
– Adiós -se despide lacónico, y se da la vuelta sin esperar una respuesta.
Sospecha que ella sigue parada y lo observa, y él se aleja del camino de la aldea y cuenta hasta doscientos pasos, luego tuerce hacia el pueblo.
Durante todo el trayecto oye el débil traqueteo del estuche de hojalata que baila en el fondo de su mochila y comprende que no se atreve a llevarlo a casa. Debe de tener cuidado con su botín de guerra.
Unos cuantos pasos más adelante, cuando el camino de la aldea desaparece tras los enebros, surge un pequeño montón de piedras frente a él.
El viejo mojón. Es un punto de referencia por el que pasa casi siempre al ir y venir de Stenvik, pero ahora se acerca a él y se detiene. Observa las piedras de todos los tamaños, recapacita y mira alrededor.
El lapiaz está totalmente desierto. Sólo se oye el viento.
En su interior toma forma una idea; se descuelga la mochila y la coloca en el suelo. La abre y saca el estuche con las piedras preciosas, lo sostiene en la mano y se acerca al mojón.
Al este, casi en línea recta, se encuentra la iglesia de Marnäs. La torre de la iglesia se yergue como una pequeña flecha negra en el horizonte. Nils observa la torre, se pone en posición de firmes y da un buen salto desde el mojón. A continuación empieza a cavar.
Llevan varios días de sol y el suelo está completamente seco; puede levantar una capa de hierba y cavar la tierra con las manos y el pequeño cuchillo de los alemanes. No se tarda mucho en llegar a la roca, la capa de tierra es muy fina en todo el lapiaz.
Nils retira la tierra para ensanchar el agujero, desmenuza y cava y mira sin cesar alrededor.
Cuando consigue abrir un amplio agujero en el suelo de aproximadamente un pie de profundidad, Nils toca la roca de debajo, pero es suficiente. Coge el estuche y lo coloca con cuidado en el fondo y después toma unas cuantas piedras planas del mojón y construye una pequeña bóveda a su alrededor. Luego rellena rápidamente el agujero y aplana la tierra lo mejor que puede con la palma de la mano.
Dedica mucho tiempo a colocar los trozos de hierba sobre la tierra; es importante que todo parezca igual que siempre junto al mojón.
Le lleva un buen rato recolocar la hierba, pero al final se levanta y mira el lugar desde diferentes ángulos. El suelo parece intacto, piensa, pero al colgarse la mochila ve que tiene las manos sucias.
Prosigue su camino a casa.
Ha decidido que le contará a su madre su encuentro con los alemanes, pero lo explicará con tranquilidad para que ella no se preocupe.
No mencionará las piedras preciosas que ha escondido. Todavía no; más adelante le dará una sorpresa. Ahora el botín de guerra es un tesoro escondido que sólo él conoce.
Al final salta un muro de piedra y vuelve al camino de la aldea, pero más cerca de donde se encontró a Maja. Está justo al lado de Stenvik.
Antes de llegar a casa se cruza con dos hombres que regresan del mar y caminan penosamente con sus gruesas botas. Son dos pescadores de anguilas con las manos negras que cargan un cedazo recién embreado.
No se saludan; al pasar, los dos hombres miran a otro lado. Nils no recuerda sus nombres, pero no importa. Su descortesía tampoco.
Nils Kant es más grande que ellos, más grande que todo Stenvik. Hoy lo ha demostrado durante la batalla en el lapiaz.
Casi ha anochecido. Abre la verja de su casa y entra en el silencioso jardín y sube por el sendero de piedra dando largas y orgullosas zancadas. El jardín desierto reverdece y florece. La hierba despide un aroma agradable.
Nada ha cambiado desde que ha salido de casa por la mañana a cazar conejos, pero Nils es otra persona.
12
De pie junto a la mesa de Gerlof, Lennart Henriksson sopesaba la bolsa de plástico con la pequeña sandalia, como si el peso pudiera confirmar su autenticidad. El descubrimiento no parecía alegrarle lo más mínimo.
– Tienes que contárselo a la policía, Gerlof.
– Lo sé -dijo éste.
– Estas cosas hay que notificarlas inmediatamente.
– Sí, sí -asintió Gerlof en voz baja-. Se me pasó. Pero ¿qué te parece?
– ¿Esto? -El policía miró la sandalia-. No sé, no quiero sacar conclusiones precipitadas. ¿Qué te parece a ti?
– Creo que tendríais que haber buscado en otros sitios aparte de la playa -respondió.
– Lo hicimos, Gerlof-señaló Lennart-. ¿No te acuerdas? Buscamos por la cantera y en todas las casas y cobertizos de la aldea, y yo mismo recorrí todo el lapiaz con el coche. No encontramos nada. Pero si Julia dice que es la sandalia de su hijo, tendremos que tomar cartas en el asunto.