Gerlof dobló el periódico y lo dejó de nuevo en la mesita, y entonces vio el monedero de Ernst. Lo había guardado al regresar de Stenvik. Lo cogió, lo abrió y miró todos los billetes y un fajo aún mayor de recibos. Dejó los billetes en el monedero, pero hojeó lentamente los recibos.
La mayor parte correspondía a pequeñas compras en los supermercados de Marnäs y Långvik, o eran recibos escritos a mano de las ventas de esculturas durante el verano pasado.
Gerlof buscó el último recibo, por si había uno fechado el mismo día en que la escultura de la torre de la iglesia de Marnäs le había caído encima a su amigo. No lo encontró.
Pero debajo de los recibos del supermercado encontró algo diferente: una pequeña entrada a un museo.
En el billete se leía «MUSEO DE LA MADERA DE RAMNEBY» junto a un pequeño dibujo de tablas apiladas y una fecha sellada con tinta azuclass="underline" «13 SEPT».
Guardó la entrada en la mesita de noche. Sujetó el resto de recibos con un clip y los guardó en un cajón. Luego se sentó al escritorio, alcanzó su libreta y pasó las páginas hasta llegar a una hoja en blanco. Cogió un lápiz, reflexionó un rato y escribió dos notas.
«VERA KANT SONRIÓ CUANDO ENTERRABAN EL FÉRETRO DE NILS.»
Y:
«ERNST VISITÓ A LOS PARIENTES DE KANT EN RAMNEBY.»
A continuación puso la entrada del museo de la madera en la libreta, la cerró y se sentó a esperar el café de la tarde. Rutinas, todo eran rutinas cuando uno se hacía viejo.
13
Julia ni siquiera recordaba el primer vaso de vino que había tomado. Había visto cómo Astrid lo servía en la mesa de la cocina, había visto cómo el líquido rojo remolineaba en la copa y había alargado la mano ansiosa para cogerla, y de pronto ya estaba vacía. El sabor a vino permanecía en su boca y una cálida dosis de alcohol se esparcía por su cuerpo; era la misma sensación que haberse reencontrado con un viejo amigo.
El sol se ponía al otro lado de la ventana de la casa de Astrid, y Julia, que había dado un largo paseo en bicicleta por la costa, tenía agujetas en las piernas.
– ¿Quieres otro? -preguntó Astrid.
– Sí, gracias -aceptó Julia, intentando parecer lo más tranquila e indiferente posible-. Estaba bueno.
Se lo habría bebido aunque hubiera sabido a vinagre.
Intentó tomarse el segundo con más calma. Dio un par de tragos, lo dejó sobre la mesa y suspiró.
– ¿Has tenido un día duro? -preguntó Astrid.
– Bastante -respondió Julia.
Pero en realidad no había ocurrido gran cosa.
Había paseado en bicicleta por la costa en dirección norte hasta Långvik, el pueblo vecino, donde había almorzado. Y después había tenido que oír cómo un viejo vendedor de huevos de una pequeña granja le decía que su hijo Jens había sido asesinado. No sólo estaba muerto y enterrado desde hacía tiempo, sino que había sido asesinado.
– Un día bastante duro -repitió Julia, y apuró su segundo vaso de vino.
La noche anterior, que Julia se había preparado para pasar sola en el cobertizo, había sido estrellada.
Las estrellas parecían constituir su única compañía en la playa desierta. La luna pendía como la esquirla de un hueso grisáceo en el este, pero Julia permaneció en la playa oscura como boca de lobo mirando las estrellas durante media hora antes de subir al cobertizo. Desde allí se veía otra luz tranquilizadora: la lámpara del jardín de Astrid en la acera de enfrente. Las demás luces de las casas habitadas que brillaban a lo largo de la costa de sur a norte estaban alejadas y eran casi tan tenues como las de las estrellas, pero la luminosa lámpara de Astrid anunciaba que había otras personas en la oscuridad.
Julia se quedó plácidamente dormida con una rapidez inusual, y tras ocho horas de descanso se despertó con el rumor de las olas que rompían contra la playa, de forma casi acompasada con su respiración.
El paisaje pedregoso estaba en calma; abrió la puerta y miró las olas sin pensar en restos de huesos.
Subió a la casa de Gerlof para lavarse y desayunar. Más tarde se dio una vuelta por el jardín, donde encontró una vieja bicicleta de mujer detrás del cobertizo de las herramientas. Julia supuso que sería de Lena. Estaba oxidada y necesitaba que la engrasaran, pero tenía las ruedas hinchadas.
Así que decidió ir al norte y almorzar en Långvik. Allí intentaría encontrar a un anciano llamado Lambert y le pediría disculpas por haberle golpeado años atrás.
El camino de la costa era de grava, estaba polvoriento y tenía muchos baches, pero se podía circular por él en bicicleta. Y el paisaje era maravilloso, como lo había sido siempre, con el lapiaz a la derecha y el mar reluciente unos metros más abajo del acantilado a la izquierda. Al pasar en bicicleta, Julia evitó mirar hacia el fondo de la cantera; no quería saber si los rastros de sangre aún seguían allí.
Después de eso, el resto del paseo en bicicleta fue muy agradable; el sol le daba de lado y el viento por la espalda.
Långvik se encontraba a cinco kilómetros al norte de Stenvik, pero era un pueblo más grande y completamente diferente. Tenía una playa con arena de verdad, un puerto deportivo para barcos de recreo, varios edificios de apartamentos en el centro y casitas de verano tanto al norte como al sur.
«TERRENOS A LA VENTA», anunciaban los carteles al borde del camino. Todavía se edificaba en Långvik: las cercas y las estacas para señalar los linderos y los nuevos caminos de grava que avanzaban por el lapiaz iban a morir entre grandes palés de tejas plastificadas y montones de madera impermeabilizada.
También había un hotel en el puerto, cómo no, que iba de un lado a otro de la playa, y tenía tres pisos y un restaurante enorme.
Julia comió un plato de pasta en el establecimiento y la invadió una vaga sensación de nostalgia. Había ido a bailar al lugar a principios de los años sesenta con otros jóvenes de Stenvik. Aunque entonces el hotel era más pequeño, ya imponía. Tenía un gran porche de madera que daba a la playa, y allí bailaban hasta la medianoche. Ponían música rock americana e inglesa, y entre disco y disco escuchaban el rumor de las olas en la oscuridad. Olor a sudor, a aftershave y a cigarrillos. Julia había bebido su primer vaso de vino en Långvik y a veces la llevaban a casa en una motocicleta estridente a altas horas de la noche. Mientras atravesaba la oscuridad a toda velocidad y sin casco, tenía la profunda sensación de que la vida sería cada vez más maravillosa.
El porche había desaparecido, y el hotel había sido ampliado y disponía de luminosos salones de conferencias y piscina propia.
Tras almorzar, Julia comenzó a leer el libro que Gerlof le había dejado, titulado Crímenes de Öland. En el capítulo «El asesino fugado», leyó unas páginas dedicadas a Nils Kant, sobre lo que había hecho un día de verano de 1945 en el lapiaz, y a continuación:
Así pues, ¿quiénes eran los dos hombres uniformados que Nils Kant ejecutó a sangre fría aquel soleado día en el lapiaz?
Probablemente fueran soldados alemanes que habían conseguido cruzar el mar Báltico, huyendo de los duros combates en Kurland, en la costa oeste de Letonia, durante la etapa final de la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes de Kurland estaban rodeados por el Ejército Rojo, y la única manera de escapar era hacerse a la mar en un navío. Los riesgos eran enormes en esa época, a pesar de lo cual tanto soldados como civiles eligieron escapar a Suecia cruzando el Báltico.
Sin embargo, no son más que conjeturas. Los soldados muertos no llevaban ni papeles ni pasaportes que pudieran identificarlos, y acabaron reposando en una tumba anónima.