Pero habían dejado muchos rastros tras sí. Lo que Nils Kant no sabía al abandonar los dos cuerpos tendidos en el lapiaz era que esa misma mañana habían encontrado abandonada en una ensenada a algunos kilómetros al sur de Marnäs una pequeña motora verde con nombre ruso.
En la barca medio inundada se encontraron, entre otras cosas, cascos de soldados alemanes, docenas de latas de conserva oxidadas, un orinal, un remo roto y un pequeño bote de polvos contra los piojos rusos del doctor Theodor Morell, médico personal de Hitler, confeccionado en Berlín exclusivamente para soldados de la Wehrmacht.
El hallazgo de la barca despertó la curiosidad -al igual que cualquier objeto extraño que apareciera en la costa de Öland- y muchos habitantes de Marnäs se enteraron antes que Kant de la presencia de extraños en la zona. Algunos incluso salieron en su búsqueda, con o sin armas.
Nils Kant no enterró a los soldados que había matado, ni siquiera los ocultó. Un cadáver en el lapiaz suele atraer rápidamente muchos animales y aves carroñeras, y su alboroto y sus peleas por la presa se ven y oyen a mucha distancia.
Era sólo una cuestión de tiempo que alguien que rastreara el lapiaz encontrara a los soldados muertos.
Cuando la camarera del restaurante recogió los platos de su mesa, Julia cerró el libro y contempló la playa desierta a unos pasos del hotel.
La historia sobre Nils Kant era interesante, pero el hombre estaba muerto y enterrado, y no entendía por qué Gerlof consideraba de vital importancia que ella la leyera.
– ¿Me dice cuánto es?
– Sí. Cuarenta y dos coronas.
La camarera era joven, probablemente no había cumplido los veinte, y parecía contenta con su trabajo.
– ¿Abrís todo el año? -preguntó Julia al entregar el dinero.
Le sorprendía ver tanta gente, no sólo en Långvik sino también en el hotel del puerto, pues ya estaban en otoño.
– Entre noviembre y marzo sólo abrimos los fines de semana, para conferencias -explicó ella.
Tomó el dinero y abrió la cartera que llevaba a la cintura para sacar unas cuantas monedas de una corona.
– Quédate con el cambio -dijo Julia, que lanzó una mirada al agua gris al otro lado de la ventana del restaurante y continuó-: Una pregunta… ¿Sabes si en Långvik vive un tal Lambert? Lambert y un apellido acabado en «son»; Svensson, Nilsson o Karlsson. ¿Vive algún Lambert por aquí?
La camarera lo pensó un momento y luego negó con la cabeza.
– ¿Lambert? Ese nombre debería recordarlo, pero no creo haberlo oído.
Julia pensó que era demasiado joven para conocer a los ancianos de Långvik. Asintió y se levantó, pero la camarera prosiguió:
– Pregúntele a Gunnar. Gunnar Ljunger. Es el dueño del hotel. Conoce a casi todo el mundo de Långvik. -Se dio la vuelta y señaló-. Vaya a la entrada principal y tuerza a la izquierda, y luego siga por el ala corta del hotel. Allí encontrará las oficinas. A estas horas Gunnar debería estar allí.
Julia dio las gracias por la información y salió del restaurante. Con el almuerzo había bebido agua: un día más, empezaba a convertirse en una costumbre. Era agradable tener la cabeza despejada, pensó cuando notó el aire frío del aparcamiento del hotel, aunque si tenía que ver a Lambert otra vez le habría venido bien un trago de vino.
Svensson o Nilsson o Karlsson.
Julia se atusó el cabello y dio la vuelta al hotel. Vio una puerta de madera, y a su lado una serie de letreros con nombres de empresas; en el superior ponía «LÅNGVIK CONFERENCE CENTER AB». Abrió la puerta y penetró en un pequeño recibidor con moqueta amarilla y grandes plantas de plástico.
Tuvo la sensación de haber entrado en una oficina del centro de Gotemburgo. Sonaba música de fondo. En la recepción había una joven bien vestida, y a su lado, acodado sobre el mostrador, un hombre igual de joven con camisa blanca. Ambos miraron a Julia como si hubiera interrumpido una importante conversación, pero la recepcionista sonrió y la saludó enseguida. Julia devolvió el saludo, tensa como siempre que hablaba con personas desconocidas, y a continuación preguntó por Gunnar Ljunger.
– ¿Gunnar? -repitió la recepcionista, y miró al hombre del mostrador-. ¿Ha vuelto de comer?
– Sí -afirmó él, y cabeceó hacia Julia-. Venga. Le mostraré el camino.
Julia le siguió por un corto pasillo que acababa en una puerta entreabierta. Llamó con los nudillos mientras la abría.
– ¿Papá? Tienes visita.
– Muy bien -respondió una voz grave-. Pase.
El despacho no era especialmente grande, pero la vista de la playa y el Báltico que se dominaba desde la ventana panorámica era fantástica. El dueño del hotel, Gunnar Ljunger, estaba sentado a un escritorio; tenía la barba canosa y pobladas cejas grises, y tecleaba una rechinante calculadora. Vestía camisa blanca y tirantes, y una chaqueta marrón colgaba del respaldo de su silla. Sobre la mesa, junto a la calculadora, había un ejemplar abierto del Ölands-Posten, y parecía estar ojeando el periódico al mismo tiempo que calculaba.
– Hola -saludó, y le lanzó una mirada a Julia.
– Hola.
– ¿En qué puedo ayudarla?
Ljunger sonrió y siguió realizando operaciones en la calculadora.
– Sólo quería preguntarle una cosa -dijo Julia, y dio un tímido paso hacia el interior-. Estoy buscando a Lambert.
– ¿Lambert?
– Lambert de Långvik… Lambert Karlsson creo que se llama.
– Querrá decir Lambert Nilsson -corrigió Ljunger-. No hay otro Lambert por aquí.
– Sí…, se llama Nilsson -se apresuró a rectificar Julia.
– Pero Lambert ha muerto -apuntó Ljunger-. Murió hace cinco o seis años.
– Ah.
Julia sintió una repentina decepción, aunque en parte había esperado esa respuesta. Lambert ya parecía viejo esa tarde de los años setenta en que había llegado en su motocicleta para averiguar qué le había ocurrido a su hijo.
– Sven-Olof, su hermano pequeño, aún vive aquí -añadió Ljunger, y señaló detrás de Julia-. Sven-Olof Nilsson. Está en la colina, detrás de la pizzería, donde también vivía Lambert. Sven-Olof vende huevos, así que tendrá que buscar una casa que tenga gallinas en el jardín.
– Gracias.
– Si va a verlo, dígale que ahora es mucho más barato conectarse a la red de agua municipal -añadió Ljunger, y sonrió-. Es el único en todo Långvik que aún piensa que es mejor usar el pozo de su propiedad.
– Se lo diré.
– ¿Es usted cliente del hotel? -preguntó Ljunger, cuando Julia se disponía a marcharse.
– No, pero solía venir a bailar aquí cuando era joven… Vivo en Stenvik. Me llamo Julia Davidsson.
– ¿Es familia del viejo Gerlof? -preguntó Ljunger.
– Soy su hija.
– Vaya -exclamó él-. Pues dele recuerdos de mi parte. Nos ha hecho unos cuantos barcos en botellas para el restaurante. Queríamos encargarle más.
– Se lo diré.
– Stenvik es muy bonito, ¿verdad? -comentó Ljunger-. Tranquilo y apacible, con la cantera cerrada y las casas de campo vacías. -Esbozó una sonrisa-. Aquí hemos optado por otra vía, claro: expandirnos y apostar por el turismo, el golf y las conferencias. Creemos que es la única manera de mantener con vida los pueblos de la costa del norte de Öland.
Julia asintió, no sin cierta vacilación. -Parece que funciona -comentó.
¿Debería Stenvik haber apostado también por el turismo?, se preguntó Julia mientras abandonaba la oficina del hotel y salía al aparcamiento ventoso. Ya nunca se sabría, pues Långvik les había tomado demasiada delantera. En Stenvik nunca se podría construir un hotel en la playa ni una pizzería. La aldea continuaría semidesierta la mayor parte del año y sólo reviviría un par de meses cuando llegaran los veraneantes; y no había nada que hacer.
Pasó ante una pequeña gasolinera junto al puerto, continuó por la calle principal del pueblo y dejó atrás la pizzería.