La calle enfilaba hacia el interior y subía por una ladera; el viento le daba en la espalda. En la cima había una arboleda y tras ella un muro bordeaba el jardín de una casa encalada y un gallinero de piedra con un corral vallado.
No se veía gallina alguna, pero un cartel de madera junto a la verja anunciaba: «SE VENDEN HUEVOS».
Julia se adentró por un camino de desiguales baldosas de piedra caliza. Pasó junto a una bomba de agua pintada de verde y recordó las palabras de Gunnar Ljunger sobre la red de agua municipal.
La puerta de la casa estaba cerrada, pero había un timbre. Tras pulsarlo, no ocurrió nada; pasado un rato se oyó un ruido sordo y a continuación se abrió la puerta. Apareció un anciano, delgado y lleno de arrugas, con un ralo cabello plateado pegado al cráneo.
– Hola -saludó.
– Hola -respondió Julia.
– ¿Vienes por huevos?
El anciano debía de haber interrumpido su almuerzo, pues aún masticaba.
Julia asintió. Buena idea, podía comprar huevos.
– ¿Es usted Sven-Olof? -dijo ella, sin sentir el malestar que experimentaba cada vez que hablaba con una persona nueva.
Quizás había empezado a acostumbrarse a tratar a desconocidos en Öland.
– Sí, sí -confirmó el hombre, y se calzó un par de grandes botas negras de goma que estaban al otro lado de la puerta-. ¿Cuántos quiere?
– Bueno… Media docena será suficiente.
Sven-Olof Nilsson salió de la casa y justo antes de que cerrase la puerta un silencioso gato salió a hurtadillas como una sombra negra detrás de él. No le dedicó a Julia ni una mirada.
– Voy a buscarlos -dijo el hombre.
– Vale -repuso Julia, pero cuando Sven-Olof se encaminó hacia el gallinero ella lo siguió.
Él abrió la puerta verde y entró en el suelo de tierra, y Julia se detuvo en el umbral; allí no había gallina alguna, sólo bandejas con huevos blancos sobre una mesita.
– Voy a coger unos recién puestos -anunció Sven-Olof; abrió una puerta desvencijada y entró en el cuarto de las gallinas.
Julia sintió el olor de las aves y vislumbró estanterías de madera en las paredes, pero apenas había luz, pues las bombillas estaban apagadas. El aire estaba cargado y polvoriento.
– ¿Cuántas gallinas tiene? -preguntó.
– Ahora ya no muchas -respondió Sven-Olof-. Unas cincuenta…, ya veremos durante cuánto tiempo podré conservarlas.
Se oyó un ligero cloqueo en el interior de la habitación.
– Me han dicho que Lambert murió.
– ¿Qué… Lambert? Sí, murió en el ochenta y siete -declaró Sven-Olof desde la oscuridad.
Julia no entendía por qué el hombre no encendía la luz, pero quizá tuviera las bombillas fundidas.
– Conocí a Lambert -explicó Julia-, hace muchos años.
– Vaya -replicó Sven-Olof-. Hay que ver.
No parecía especialmente interesado en escuchar ninguna historia sobre su hermano muerto, pero Julia no tenía más remedio que continuar:
– Fue en Stenvik, donde vivo.
– Vaya -repitió Sven-Olof.
Julia dio un paso hacia él atravesando el umbral en la oscuridad. El aire estaba lleno de polvo y olía a cerrado. Oía cómo las gallinas se agitaban nerviosas cerca de la pared, pero no podía ver si estaban libres o enjauladas.
– Mi madre, Ella, llamó a Lambert -prosiguió-, necesitábamos… Necesitábamos ayuda para encontrar a una persona. Llevaba desaparecida tres días, no había rastro de él por ninguna parte. Entonces Ella empezó a hablar de Lambert. Dijo que él podía encontrar cosas. Dijo que todo el mundo lo conocía por ese don.
– ¿Ella Davidsson? -preguntó Sven-Olof.
– Sí. Llamó y al día siguiente él llegó en una vieja motocicleta de carga.
– Sí, le gustaba ayudar -asintió Sven-Olof, que ahora sólo era una sombra en la habitación. Su voz baja apenas se oía entre el sordo cloqueo de las gallinas-: Lambert encontraba cosas. Soñaba con ellas y luego las encontraba. Cuando la gente se lo pedía también buscaba agua con una varita de zahorí de madera de avellano. Eso era muy apreciado.
Julia asintió con la cabeza.
– Cuando vino a nuestra casa se trajo su propia almohada. Quería dormir en el cuarto de Jens, rodeado de las cosas del niño. Y se lo permitimos.
– Sí, siempre lo hacía así -confirmó Sven-Olof-. Veía cosas en sueños. Gente que se había ahogado y cosas que habían desaparecido. Y acontecimientos futuros, cosas que ocurrirían. Soñó durante varias semanas con el día de su propia muerte. Dijo que le llegaría pronto en la cama de su habitación, a las dos y media de la madrugada, y que el corazón se le pararía y la ambulancia no llegaría a tiempo. Y eso fue lo que pasó, justo el día que él había predicho. Y la ambulancia no llegó a tiempo.
– Pero ¿aquello funcionaba siempre? -preguntó Julia-. ¿Todo coincidía?
– No siempre -dijo Sven-Olof-. A veces no soñaba nada. O no recordaba el sueño; eso pasaba a veces. Y nunca aparecían los nombres; en sus sueños nadie tenía nombre.
– Pero cuando decía algo -insistió Julia-, ¿acertaba siempre?
– Casi siempre. La gente confiaba en él.
Julia dio un par de pasos adelante. Tenía que contárselo.
– Yo llevaba tres noches sin dormir cuando su hermano llegó en su motocicleta -musitó-. Pero esa noche tampoco logré dormir. Permanecí tumbada despierta y lo oí acostarse en la cama de la habitación de Jens. Los muelles crujían cuando se movía. Después se hizo el silencio, pero fui incapaz de conciliar el sueño. Cuando se despertó a las siete de la mañana yo estaba sentada en la cocina, esperándolo.
Las gallinas cloqueaban nerviosas a su alrededor, pero Sven-Olof no hizo ningún comentario.
– Lambert había soñado con mi hijo -prosiguió ella-. Lo vi en su mirada cuando entró en la cocina con su almohada bajo el brazo. Me miró, y cuando le pregunté dijo que había soñado con Jens. Parecía triste; estoy segura de que pensaba contar más cosas, pero yo no tuve fuerzas para escucharlo. Le di una bofetada y le grité que se marchara. Mi padre, Gerlof, lo acompañó hasta la motocicleta junto a la verja, y yo me quedé en la cocina llorando y oí cómo se alejaba. -Hizo una pausa y suspiró-. Fue la única vez que vi a Lambert. Lo siento.
El gallinero se sumió en el silencio. Hasta las gallinas se habían calmado.
– Ese niño… -empezó Sven-Olof en la oscuridad-. ¿Se refiere a ese horrible caso que ocurrió? ¿El pequeño que desapareció en Stenvik?
– Era mi hijo, Jens -dijo Julia, que ahora hubiera dado lo que fuese por una copa de vino-. Sigue desaparecido.
Sven-Olof no dijo nada.
– Me gustaría saber… ¿Nunca comentó Lambert nada sobre lo que soñó aquella noche?
– Aquí hay cinco huevos -dijo una voz desde la oscuridad-. No encuentro más.
Julia comprendió que no pensaba responder a más preguntas.
Exhaló un pesado y profundo suspiro.
– No tengo nada -se dijo a sí misma-. No tengo nada.
La vista se le había empezado a acostumbrar poco a poco a la oscuridad, y pudo ver a Sven-Olof inmóvil en medio del gallinero, mirándola, con cinco huevos apretados contra el pecho.
– Lambert tuvo que haber dicho algo, Sven-Olof -insistió ella-. Alguna vez tuvo que decirle algo sobre lo que soñó aquella noche. ¿Qué dijo?
Sven-Olof tosió.
– Sólo habló del niño en una ocasión. -Julia guardó silencio. Contuvo la respiración-. Había leído un artículo en el Ölands-Posten -prosiguió Sven-Olof-. Fue unos cinco años después de lo ocurrido. Lo leímos durante el desayuno. Pero el periódico no contaba nada nuevo.
– Para variar -dijo Julia, cansada-. Nunca había nada nuevo que contar, y sin embargo, han seguido escribiendo sobre el caso.
– Estábamos sentados a la mesa de la cocina y yo había leído el periódico primero -explicó Sven-Olof-. Luego lo cogió Lambert. Y cuando vi que leía el artículo sobre el niño le pregunté qué pensaba. Lambert bajó el periódico y dijo que el niño estaba muerto.