Julia cerró los ojos. Y asintió con la cabeza en silencio.
– ¿En el estrecho? -preguntó.
– No. Lambert dijo que había ocurrido en el lapiaz. Lo habían asesinado en el lapiaz.
– Asesinado -dijo Julia, y un escalofrío le recorrió la piel.
– Lambert dijo que lo había matado un hombre. El mismo día de su desaparición, un hombre lleno de odio lo había matado en el lapiaz. Luego había enterrado al niño en una tumba junto a un muro de piedra.
Reinó de nuevo el silencio. Una gallina aleteó nerviosa en alguna parte junto a la pared.
– Lambert no dijo nada más -concluyó Sven-Olof-. Ni sobre el niño ni sobre el hombre.
«Ningún nombre», pensó Julia. En los sueños de Lambert nadie tenía nombre.
Sven-Olof se movió de nuevo. Salió de la habitación de las gallinas con los cinco huevos en el regazo y miró asustado a Julia, como si temiera que la mujer fuera a pegarle.
Ella suspiró.
– Ahora ya lo sé. Gracias.
– ¿Necesita una caja? -preguntó Sven-Olof.
Julia lo sabía.
Podía intentar convencerse de que Lambert se había equivocado o que su hermano se lo había inventado todo, pero no valía la pena. Lo sabía.
Cuando volvía a casa desde Långvik se detuvo en el camino de la costa sobre la playa desierta, contempló cómo el agua se convertía en espuma en el rompiente y lloró durante diez minutos.
Lo sabía, y la certeza era terrible. Era como si sólo hubieran pasado unos días desde la desaparición de Jens, como si aún sangraran todas las heridas internas. Ahora comenzaba a aceptar su muerte en su corazón, paso a paso. Tenía que suceder lentamente, para que la pena no la ahogara.
Jens estaba muerto.
Lo sabía. Aun así deseaba ver a su hijo de nuevo, ver su cuerpo. Si no era posible, al menos deseaba saber qué le había ocurrido. Ésa era la razón de su viaje a Öland.
Las lágrimas se secaron con el viento. Después de un rato, Julia se sentó en el sillín de la bicicleta y reanudó su marcha.
Encontró a Astrid, que paseaba el perro junto a la cantera. La mujer invitó a Julia a cenar, y no dijo nada de sus ojos enrojecidos por el llanto.
Le ofreció chuletas de cerdo, patatas cocidas y vino tinto. Julia comió mucho y bebió aún más, más de lo que debería. Pero tras el tercer vaso de vino ya no le resultaba tan duro asumir que Jens llevaba muerto mucho tiempo; sólo sentía un apagado dolor en el pecho. En realidad, después de que pasaran los primeros días sin que el niño diera señales de vida, nunca había habido ninguna esperanza. Ninguna esperanza…
– ¿Así que hoy has estado en Långvik? -preguntó Astrid.
Las reflexiones de Julia se interrumpieron y asintió con la cabeza.
– Sí. Y ayer estuve en Marnäs -dijo rápidamente para evitar pensar en Långvik y en los infalibles sueños de Lambert Nilsson.
– ¿Ocurrió algo allí? -preguntó Astrid, y rellenó el vaso de Julia.
– No mucho -respondió ella-. Estuve en el cementerio; visité la tumba de Nils Kant. Gerlof creía que debería verla.
– Esa tumba, vaya -dijo Astrid, y levantó su vaso de vino.
– Un pregunta… -empezó Julia-. Quizá no puedas responderme, pero esos soldados que Nils Kant mató en el lapiaz… ¿Llegaron muchos a Öland?
– No, que yo sepa -dijo Astrid-. Quizá fueran un centenar los que consiguieron llegar a Suecia por el Báltico, pero la mayoría desembarcó en la costa de Småland. Deseaban volver a casa, claro, o viajar a Alemania. Pero Suecia tenía miedo a Stalin y los devolvieron a la Unión Soviética. Fue una cobardía. Pero seguro que ya has leído todo esto.
– Sí, algo…, pero hace mucho tiempo.
Recordaba vagamente haber estudiado en la escuela algo sobre los refugiados de guerra en Rusia, pero en aquella época a ella no le interesaba especialmente la historia de Suecia o de Öland.
– ¿Qué más hiciste en Marnäs? -quiso saber Astrid.
– Bueno… Almorcé con el policía de allí -explicó Julia-. Lennart Henriksson.
– Vaya -dijo Astrid-. Se trata de un hombre simpático. Y bastante atractivo.
Julia asintió.
– ¿Hablaste de Nils Kant con Lennart? -preguntó Astrid.
Julia negó con la cabeza, recapacitó y dijo:
– Bueno, mencioné que había estado en la tumba de Kant. Pero no hablamos más del asunto.
– Será mejor que no se lo nombres más -aconsejó Astrid-. Se lo toma a mal.
– ¿Se lo toma a mal? -repitió Julia-. ¿Por qué?
– Es una vieja historia -respondió Astrid, y bebió un trago de vino-. Lennart es hijo de Kart Henriksson.
Echó una mirada grave a Julia, como si eso lo explicara todo.
Pero Julia no entendió nada y negó con la cabeza.
– ¿Quién?
– El jefe de policía de Marnäs -explicó Astrid-. O el policía provincial, como se llamaba entonces.
– ¿Y qué hizo?
– Él fue el responsable de detener a Nils Kant por haber disparado a los alemanes -dijo Astrid.
Öland, mayo de 1945
Nils Kant sierra su escopeta.
Se encuentra en la calurosa leñera, donde los troncos de los abedules se amontonan hasta el techo, y tiene la espalda encorvada. Parece que el montón de leña vaya a caérsele encima en cualquier momento. Su Husqvarna reposa sobre el ancho tronco de cortar, con el cañón casi recortado. Nils apoya la bota del pie izquierdo sobre la culata de la escopeta y maneja la sierra de arco con ambas manos. Lenta pero obstinadamente corta el cañón, y de vez en cuando espanta las moscas que revolotean en la leñera e intentan posarse sin cesar en su rostro sudado.
En el jardín no se oye un alma. Vera, su madre, está en la cocina y prepara su mochila. Una tensa espera llena el aire primaveral.
Nils sierra y sierra, y al fin la hoja se come los últimos milímetros de hierro y el cañón se desprende y cae al suelo de piedra de la leñera emitiendo un breve sonido metálico.
Lo recoge, lo introduce en un pequeño agujero en el fondo del montón de leña y deja la sierra sobre el tronco de cortar. Saca dos cartuchos del bolsillo y carga el arma.
Luego sale de la leñera y coloca la escopeta a la sombra, junto a la entrada.
Está preparado.
Han pasado cuatro días desde que disparó en el lapiaz, y todo Stenvik ya sabe lo ocurrido. «SOLDADOS ALEMANES ENCONTRADOS MUERTOS – EJECUTADOS CON UNA ESCOPETA», rezaba la primera página del Ölands-Posten del día anterior. Los titulares eran tan grandes como cuando hace tres años el bosque costero de las afueras de Borgholm fue bombardeado por aviones.
Los titulares mienten: Nils no ha ejecutado a nadie. Hubo un intercambio de disparos con dos soldados y, al final, él resultó vencedor.
Pero quizá no todos lo vean de esa forma. Por una vez Nils ha bajado a la aldea por la tarde, ha pasado por el molino y se ha encontrado con la mirada silenciosa del molinero. No les ha contado nada, pero sabe que hablan de él a sus espaldas. Los rumores corren. Y las historias sobre lo que ocurrió en el lapiaz se esparcen como las ondas en el agua.
Entra en la casa.
Vera, su madre, está de pie inmóvil y en silencio; de espaldas a él, mira el lapiaz por la ventana. Él advierte la rigidez de sus hombros bajo la blusa gris, su inquietud y su pena.
Lo temores de Nils son también mudos.
– Tengo que irme -anuncia él.
Ella apenas asiente con la cabeza y no se da la vuelta. Sobre la mesa, junto a ella, están la mochila y la pequeña maleta preparadas, y Nils se acerca y las coge. Es casi insoportable; si intenta decir algo más la voz se le ahogará: así que simplemente se va.
– Volverás, Nils -dice su madre con voz afónica tras él.