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Él asiente con la cabeza sin que ella pueda verlo y coge su gorra azul de la repisa de los sombreros, junto a la puerta. En la gorra está escondida su petaca de latón, llena de coñac. La guarda en la mochila.

– Bueno, ya es la hora -dice en voz baja.

En la mochila lleva un monedero con dinero para el viaje, y además, veinte billetes grandes de su madre fuertemente enrollados al fondo del bolsillo trasero del pantalón.

Al llegar a la puerta se da media vuelta. Ve a su madre de perfil en la cocina, pero sigue sin mirarle. Quizá no pueda. Tiene las manos juntas sobre el vientre, clava las largas uñas blancas en la palma de sus manos, le tiembla el mentón.

– Te quiero, mamá -dice Nils-. Volveré.

Sale rápidamente por la puerta, baja los escalones de piedra hasta el jardín. Se detiene junto a la leñera para recoger la escopeta antes de rodear la casa y adentrarse entre los fresnos.

Nils sabe cómo abandonar la aldea sin ser visto, y es lo que hace. Camina agachado por los senderos de vacas, por las espesas breñas alejadas del camino vecinal, trepa por encima de muros cubiertos de liquen y de vez en cuando se detiene a escuchar voces susurrantes tras el zumbido de los insectos que revolotean sobre la hierba.

Sale a la luz del sol en el lapiaz del sudoeste de la aldea sin ser visto.

Allí ya no corre ningún peligro; Nils se orienta mejor que cualquiera; por la hierba se mueve con rapidez y facilidad. Divisa cualquier ser vivo antes de que éste le vea. Camina en dirección al sol, dando un amplio rodeo para no pasar por el lugar donde encontró a los alemanes. No quiere ver si los cuerpos aún están allí o si ya se los han llevado. No quiere pensar en ellos, pues son ellos los que le obligan a abandonar a su madre.

Los soldados muertos le obligan a alejarse, durante un tiempo.

«Tienes que ocultarte -le dijo su madre la noche anterior-. Tomarás el tren a Borgholm en Marnäs, y después pasarás con el transbordador Svea a Småland. El tío August se encontrará contigo en Kalmar, y allí harás lo que él diga; y te quitarás la gorra cuando le des las gracias. No hables con nadie, y no vuelvas a Öland hasta que las cosas se hayan calmado. Pues acabarán calmándose, Nils, si sabemos esperar.»

De pronto le parece oír un grito apagado a su espalda y se detiene. Pero no percibe nada más. Nils se mueve con cuidado entre los enebros, pero no puede retrasarse. El tren no espera.

Después de un par de kilómetros llega al camino cubierto de grava. Del sur se acerca una carreta y Nils se apresura a cruzar y bajar a la cuneta. Pero del carro tira un solo caballo con la cabeza encorvada, y antes de que llegue Nils ya está lejos.

Ahora se halla más o menos en el centro de la isla y piensa en lo que ha leído en el periódico: se supone que los soldados alemanes siguieron esa carretera hace una semana, después de que el motor de su barca fallara y la corriente les arrastrara hasta el sur de Marnäs.

No quiere pensar en ellos, pero por un momento recuerda el estuche con las piedras preciosas que arrebató a los soldados y se recuerda enterrándolo bien hondo bajo el mojón. Estos últimos días, en los que su madre y él apenas han salido de casa, ha estado a punto de hablar de su botín de guerra varias veces, pero algo le ha hecho callar. Acabará contándoselo; desenterrará y le enseñará a su madre el tesoro, pero esperará a estar de regreso.

Veinte minutos más de caminata y se encuentra con el terraplén de la vía férrea. Es la vía estrecha que une Boda y Borgholm; Nils echa a andar hacia el norte y la sigue hasta la estación de Marnäs. El caserón de madera de la estación se alza solitario al sur del pueblo. Es estación de tren y oficina de correos al mismo tiempo, y Nils divisa el edifico en el momento en que los dos raíles se dividen y se convierten en cuatro.

La vía férrea está vacía. Su tren aún no ha llegado.

Nils ha ido y ha vuelto tres veces de Borgholm y sabe cómo se comporta un viajero. Entra en la estación, donde reina la tranquilidad y el silencio, se acerca a la ventanilla y compra un billete de ida a la ciudad.

La adusta mujer con gafas sentada detrás de la ventanilla enrejada levanta la vista y acto seguido la baja a la mesa para extender el billete. Su pluma de acero araña el papel.

Nils espera tenso, se siente observado y mira alrededor. Hay media docena de viajeros, en su mayoría hombres trajeados, sentados en los bancos de madera de la sala de espera. Aguardan solos o en grupos y unos cuantos tienen maletines de cuero negro a su lado. Nils es el único que lleva mochila y maleta.

– Aquí lo tiene. Último vagón, número tres.

Nils toma el billete, paga y sale al andén con la mochila colgada del hombro y la maleta en la mano. Tras unos minutos se oye el estridente silbato del tren, y a continuación la máquina aparece resoplando mientras arrastra tres vagones de madera pintados de rojo.

La negra y humeante locomotora de vapor transmite un enorme poderío al aminorar la marcha ante el edificio de la estación; los frenos chirrían.

Nils se sube al último vagón. Detrás de él, un revisor grita algo, las puertas de la estación se abren y salen los otros viajeros.

Al llegar al último peldaño, Nils se vuelve y los mira fijamente en silencio; los viajeros optan por dirigirse a los otros vagones.

El suyo está oscuro y vacío. Nils coloca la maleta en el portaequipajes y se sienta con la mochila a su lado en el asiento de piel junto a la ventana que da al lapiaz. El tren da una sacudida y empieza a moverse pesada y firmemente. Nils cierra los ojos y respira hondo.

El tren vuelve a detenerse con un estridente chirrido. Los vagones permanecen quietos.

Nils abre los ojos, espera. Aún está solo en el vagón.

Pasa un minuto, dos. ¿Qué ocurre?

Fuera alguien da un grito y por fin Nils siente cómo el tren se pone de nuevo en marcha. Toma velocidad poco a poco, y Nils ve pasar la estación y desaparecer tras él. En el vagón hay una corriente de aire frío que le recuerda a la brisa marina de la playa de Stenvik.

Deja caer los hombros lentamente. Apoya la mano sobre la mochila, la abre y se recuesta en el asiento. La velocidad aumenta sin cesar. Se oye el pitido del tren.

La puerta de su compartimento se abre de repente.

Nils vuelve la cabeza.

Entra un hombre corpulento con gorra y abrigo negro de policía con los botones relucientes. Mira a Nils a los ojos.

– Nils Kant de Stenvik -dice el hombre con expresión grave.

No es una pregunta, pero Nils asiente automáticamente.

Se siente clavado al asiento mientras el tren cobra velocidad a través del lapiaz. Un paisaje ocre por la ventanilla, cielo azul. Nils desea detener el tren y saltar, quiere regresar al lapiaz. Pero ahora va muy rápido, los raíles traquetean y el viento silba.

– Bien.

El hombre de uniforme se sienta pesadamente en el asiento de delante en diagonal a Nils, tan cerca que sus rodillas casi se tocan. Alisa los pliegues de su abrigo, abotonado de arriba abajo a pesar del calor. Su frente reluce de sudor bajo el ala de la gorra. Nils lo reconoce, vagamente. Henriksson. Es el policía provincial de Mamas.

– Nils -empieza Henriksson con naturalidad-, ¿vas de viaje a Borgholm?

El otro asiente con la cabeza.

– ¿Vas a visitar a alguien? -pregunta Henriksson.

Nils mueve la cabeza negativamente.

– Entonces, ¿qué vas a hacer?

Nils no responde.

El policía provincial vuelve la cabeza y mira por la ventanilla.

– Bueno, podemos viajar juntos -dice-, así mientras tanto tendremos una pequeña conversación.

Nils no dice nada.

El policía continúa:

– Cuando me han llamado y me han dicho que estabas aquí les he pedido que retrasaran un poco la salida, para que me diera tiempo a llegar a la estación y coger el tren. -Dirige de nuevo la mirada a Nils-. Tenía ganas de hablar contigo, ¿sabes?, sobre tus largos paseos por el lapiaz…

El tren comienza a reducir la marcha de nuevo; están entrando en una de las estaciones entre Marnäs y Borgholm. Tras la ventanilla de Nils pasa una pequeña casa de madera rodeada de manzanos. Le parece oler el aroma de crepes; su madre, la noche anterior, le ofreció crepes recién hechas con azúcar molido.