– Seguramente -replicó él, y cerró la puerta-. Vamos -le dijo a Julia, deseando que no comentara lo mal que le veía esa mañana.
– Parece que se preocupa por ti -comentó su hija al abandonar la residencia de ancianos-. Me refiero a Boel.
– Es la responsable, no quiere que me ocurra nada -dijo Gerlof, y añadió-: No sé si lo sabes, pero un jubilado ha desaparecido en el sur de Öland. La policía lo anda buscando.
– Algo han dicho por la radio cuando venía en coche -recordó Julia-. Pero hoy no iremos al lapiaz, ¿verdad?
Gerlof negó con la cabeza.
– Vamos a Borgholm, como te dije -respondió-. Veremos a tres hombres, pero no al mismo tiempo, sino a uno después de otro. Y uno de ellos es quien me envió la sandalia de Jens. Querrás hablar con él, ¿verdad?
Julia asintió con la cabeza en silencio mientras conducía.
– ¿Y los otros?
– Uno es amigo mío -explicó Gerlof-. Se llama Gösta Engström.
– ¿Y el tercero?
– Ése es un poco especial.
Julia frenó al acercarse a la señal de stop antes del cruce de la carretera nacional.
– ¿Siempre tienes que ser tan reservado, Gerlof? -se quejó ella-. Así te creces, ¿no?
– No, qué va -respondió él al punto.
– Pues a mí me parece que sí -insistió Julia, y giró por la carretera nacional hacia Borgholm.
«Quizá su hija tuviera razón», pensó Gerlof. Aunque nunca se había visto así.
– No me crezco -explicó-. Sólo creo que es mejor contar las historias a su ritmo. Antes la gente se tomaba tiempo para narrar historias, ahora todo tiene que ser deprisa y corriendo.
Julia guardaba silencio. Se dirigían hacia el sur y pasaron de largo el desvío a Stenvik. Un centenar de metros más allá Gerlof vio la silueta del edificio de la estación recortándose contra el horizonte al oeste. Por allí había pasado Nils Kant aquel día de verano al final de la guerra, cuando mató de un disparo en el tren a Henriksson, el policía provincial.
Gerlof aún recordaba el escándalo que se había armado. Primero dos soldados alemanes muertos de un tiro en el lapiaz, a continuación un policía asesinado y un asesino fugado: la conmoción había acaparado las noticias aun durante los dramáticos últimos meses de la Segunda Guerra Mundial.
Llegaron reporteros de todas partes del país para escribir sobre los espantosos y violentos sucesos acaecidos en Öland. Entonces Gerlof se encontraba en Estocolmo, donde pretendía reiniciar su carrera en la marina mercante, y sólo pudo leer lo que el Dagens Nyheter publicó sobre el drama ölandés. La policía reunió refuerzos llegados de todo el sur de Suecia para registrar la isla entera en busca de Nils Kant, pero tras saltar del tren, éste se había esfumado.
Ahora ya no circulaban trenes por Öland; incluso habían desaparecido las vías, y el edificio de la estación de Marnäs se había reconvertido en vivienda. Vivienda de verano, claro.
Gerlof apartó la vista del edificio y se reclinó en el asiento; unos minutos más tarde le sorprendió un persistente pitido procedente de algún lugar del coche. Enseguida se dio la vuelta, pero Julia no se inmutó: sacó tranquilamente el teléfono móvil del bolso sin dejar de conducir. Descolgó y habló en voz baja y concisa durante unos minutos, y luego se apresuró a apagar el teléfono.
– Nunca he entendido cómo funcionan esas cosas -dijo Gerlof.
– ¿Qué cosas?
– Los teléfonos inalámbricos. Los móviles, como los llamen.
– Sólo hay que apretar una tecla y llamar -explicó Julia. Luego añadió-: Era Lena. Te manda saludos.
– Vaya, qué bien. ¿Qué quería?
– Creo que sobre todo le interesa que le devuelva el coche -repuso Julia, lacónica-. Éste. Se pasa el día llamando y preguntando por él. -Sujetó con más fuerza el volante-. Es de las dos, pero le trae sin cuidado.
– Vaya -dijo Gerlof.
Desconocía los evidentes conflictos que había entre sus hijas. Seguro que, de haber estado viva, su mujer habría hecho algo al respecto, pero por desgracia él no tenía ni idea de cómo actuar.
Después de la llamada telefónica Julia siguió conduciendo sin decir una palabra y Gerlof no supo cómo romper el silencio.
Tras un cuarto de hora ella giró hacia la entrada norte de Borgholm.
– Y ahora, ¿hacia dónde? -preguntó.
– Primero tomaremos un café -decidió Gerlof.
El piso de los Engström, situado en las afueras, al sur de Borgholm, era agradable y cálido. Desde el balcón del achaparrado edificio de apartamentos de alquiler, Gösta y Margit disfrutaban de una imponente vista de las ruinas del castillo. Al otro lado de un prado abandonado y angosto ascendía una abrupta ladera, a la que se aferraban inmensos árboles de hoja caduca, coronada por una planicie sobre la que se erguía el castillo medieval. Uno de los innumerables y misteriosos incendios que asolaban Borgholm cada cierto tiempo lo había devastado a principios del siglo XIX, y tanto el tejado como el mobiliario de madera habían desaparecido. En el lugar donde una vez estuvieron las ventanas del castillo se abrían ahora grandes oquedades negras.
A Gerlof, esas ventanas quemadas en lo alto del castillo siempre le recordaban una calavera con la cuenca de los ojos vacía. Sabía que a algunos habitantes de Borgholm no les gustaba el castillo, al menos hasta que el antiguo y destartalado edificio no se transformó en ruinas de interés histórico y atrajo a los turistas. Los habitantes de Öland habían sido forzados a construirlo, una orden real que sólo les había aportado sangre, sudor y lágrimas. La gente del continente siempre había intentado exprimir la isla.
Julia contemplaba las ruinas en silencio desde el balcón. Gerlof se volvió hacia ella.
– En la edad de piedra solían arrojar a los viejos enfermos desde ese peñasco -murmuró, y señaló las ruinas-. Al menos eso dicen. Fue mucho antes de que edificaran el castillo, claro. Y muchísimo antes de que las autoridades comenzaran a construir residencias de ancianos.
Margit Engström se acercó a ellos. Llevaba las tazas de café en una bandeja y se había puesto un delantal amarillo con el lema: «LA MEJOR ABUELA DEL MUNDO».
– Durante el verano se organizan conciertos en las ruinas -les informó-, y entonces tenemos un poco de ruido. Aparte de eso, es muy agradable vivir a los pies de un castillo.
Dejó la bandeja sobre la mesa delante del televisor y sirvió café a todos; a continuación volvió a la cocina en busca de la cesta de los bollos y los platos.
Gösta, su marido, vestía un traje gris, camisa blanca y tirantes, y sonreía todo el rato. Gerlof recordó que ya era un hombre alegre cuando trabajaba de capitán, al menos siempre que la tripulación obedeciera sus órdenes.
– Me encanta recibir visitas -dijo Gösta, y bebió un poco del humeante café-. Mañana iremos a Marnäs, claro. Vosotros también, ¿verdad?
Se refería al entierro de Ernst. Gerlof asintió con la cabeza.
– Yo iré seguro. Julia quizá tenga que regresar a Gotemburgo.
– ¿Qué pasará con su casa? -preguntó Gösta-. ¿Se sabe algo?
– No, aún es demasiado pronto -repuso Gerlof-. Pero casi seguro la usarán sus parientes de Småland como casa de veraneo. Como si al norte de Öland no le sobraran ya casas de verano…, pero lo más probable es que acabe así.
– Sí, mucho tendrían que cambiar las cosas para que alguien se mudara allí todo el año -observó Gösta antes de beber otro sorbo de café.
– Aquí estamos tan a gusto; en la ciudad lo tenemos todo a mano -explicó Margit, al tiempo que colocaba los platos sobre la mesa-. Pero seguimos perteneciendo a la Asociación Comarcal de Marnäs.
Su marido le sonreía con cara de enamorado.
No se quedaron mucho tiempo en casa de los Engström, apenas media hora.
– Bueno -anunció Gerlof cuando volvieron a subir al coche, que habían dejado aparcado en la calle, frente a la hilera de casas-, ahora dirijámonos a Badhusgatan. Nos detendremos en Automóviles Blomberg y haremos unas compras antes de ir al puerto.